sábado, 13 de mayo de 2017

La sensatez de la locura

Comentario: ‘Piedra Fundamental’ como cauce de la poesía de Alejandra Pizarnik

“No puedo hablar con mi voz sino con mis voces. Sus ojos eran la entrada del templo, para mí, que soy errante, que amo y muero. Y hubiese cantado hasta hacerme una con la noche, hasta deshacerme desnuda en la entrada del tiempo. Un canto que atravieso como un túnel. Presencias inquietantes, gestos de figuras que se aparecen vivientes por obra de un lenguaje activo que las alude, signos que insinúan terrores insolubles. Una vibración de los cimientos, un trepidar de los fundamentos, drenan y barrenan, y he sabido dónde se aposenta aquello tan otro que es yo, que espera que me calle para tomar posesión de mí y drenar y barrenar los cimientos, los fundamentos, aquello que me es adverso desde mí, conspira, toma posesión de mi terreno baldío, no, he de hacer algo, no, no he de hacer nada, algo en mí no se abandona a la cascada de cenizas que me arrasa dentro de mí con ella que es yo, conmigo que soy ella y que soy yo, indeciblemente distinta de ella.” De este modo comienza el poema Piedra Fundamental de Alejandra Pizarnik, un texto que se encuentra en el último libro que la autora publicó antes de morir: El infierno musical, como revela el estudio de Josefa Fuentes Gómez, El surrealismo en Alejandra Pizarnik, publicado en la revista electrónica de estudios filológicos TONOS
       Podría hablar de algún escritor más cercano, más estudiado en centros educativos y facultades, con unas características más perfiladas que permitiesen realizar un comentario objetivo en base a informaciones de terceras personas. Quizá podría haber escogido a algún autor de los que ocupan altos puestos en el canon literario y así trabajar sus escritos como un mero trámite. Sin embargo, he de decir que conocí la libertad de la escritura, por azar o por suerte, gracias a Alejandra Pizarnik, y he ahí la razón de estas palabras.
       Como expresa Ivonne Bordelois: “Sus escritos críticos deberían ser un modelo para quienes hoy aprenden o enseñan literatura, porque son un antídoto eficaz contra la jerga académica impenetrable que muchas veces impide el acceso a los textos que más pueden interesarnos”.
Alejandra Pizarnik es una poeta argentina que vivió entre los años 1936 y 1972. Su biografía nos insta desde el comienzo a la reflexión literaria. Podemos encontrar información sobre ella en numerosas webs y libros, muchas de las cuales exponen la baja autoestima que comenzó teniendo en su infancia debido a temas físicos y comparaciones con su hermana. Razón por la cual achacan que empezase a ingerir anfetaminas.
La formación académica de la autora fue relativamente indecisa al comenzar cursos de literatura, periodismo, filosofía y pintura sin llegar a finalizar sus estudios en ninguna de estas áreas. Sus creencias políticas se limitaban a la aversión, como se puede constatar con la información que ofrece de la poeta el Centro Virtual Cervantes. Pizarnik era apolítica debido al sufrimiento causado por el estalinismo y el fascismo que padeció su familia.
Los temas de los que tratan sus poemas son en gran medida la infancia y la muerte. Sus textos quedan impregnados del principio y del final de la vida y, en el transcurso de esos dos puntos aparentemente opuestos, surge la soledad, el dolor y el tratamiento de lo cotidiano para darle valor. Aunque permanentemente se encuentra el tema del lenguaje en sus versos: una eterna reflexión acerca de la forma adecuada de expresarse y, más aún, de los límites de ese lenguaje. Es verdaderamente asombroso como utilizando a la perfección el lenguaje duda del mismo.
       Piedra Fundamental son los cimientos sobre los que se articulan estas palabras. En realidad solo es el cauce para confirmar una temática y unas características que se extienden a toda su producción literaria. Unas particularidades, como veremos a continuación, que muchos autores intentan concretar en ciertos movimientos o corrientes. Pero que, sobre todo con los últimos textos de Pizarnik como el que he nombrado, se puede observar que la poesía de esta autora no tiene acotaciones ni límites: no se gesta concreta y exactamente a partir de ningún lugar determinado.
       De ahí mi interés por esta autora, causa de lo cual han surgido poemas dedicados a ella como Un pañuelo de pasados, presente en Las estaciones desnudas, un libro de poesía que publiqué hace unos años con la editorial Ediciones Carena. “Huir es el verbo que divide mis pupilas y las esconde tras tus párpados. El lugar ya está lejos, ya no me espera el edén del viento. Recuerdo cuando viniste a mí, el estremecimiento asustó los rieles y las sombras. Aún te siento latir.”
       También es la inspiración por la que han nacido otras obras como Tres poemas de mujer, una obra de teatro escrita por Fernando Alonso Barahona y publicada por Ediciones Irreverentes, cuya historia gira alrededor de la muerte de Alejandra Pizarnik por una sobredosis de barbitúricos, junto a las de Alfonsina Storni, al suicidarse en el mar, y Delmira Agustini, asesinada por su marido.
       Por lo dicho hasta ahora, se podría resumir que Alejandra Pizarnik fue una mujer que hablaba de la muerte en sus poemas y murió de forma trágica. Por ello, es necesario citar a Becciú, mencionado de la misma forma por Inés Martín Rodrigo en un artículo del diario ABC llamado Alejandra Pizarnik: la última poeta maldita: “Es curioso que se siga insistiendo en la poesía de Pizarnik como una especie de autobiografía o del relato de una mártir, una dolorosa, como la de las estampitas que los curas entregaban después de misa. Cuando se trata de poetas hombres, los medios se ocupan menos de sus problemáticas personales; no hurgan en sus versos para explicar que escribía así porque era alcohólico, mujeriego, depresivo o fumador. No, no, el poeta hombre es ante todo un gran poeta. Y Alejandra Pizarnik fue una gran poeta, quien, por otra parte, en el trato personal se mataba de risa. Su muerte prematura, voluntaria o casual, no debe tomarse como ángulo de visión a la hora de encarar su proceso de escritura”.
       En este punto cabe mencionar la diferencia existente entre la literatura, en este caso la poesía, escrita por hombres y por mujeres. Dejando aún lado el hecho de que los textos escritos por mujeres son menos estudiados, menos numerosos y más tardíos en el tiempo por causas que afectan a cualquier mujer debido a la sociedad patriarcal, es necesario exponer la importancia de ese ‘rumor’ que indica que las mujeres generalmente hablan de sí mismas en sus textos. Sinceramente creo que no es exactamente así, sino que la figura de la mujer como escritora trata numerosas temáticas en sus textos pero haciéndolas suyas, mientras que el hombre escritor de alguna forma las expropia. Una rutina literaria que poco a poco se va deteriorando gracias, a su vez, a que en el resto de los ámbitos de la sociedad también se van diluyendo las diferencias entre hombres y mujeres.
       La teoría de la literatura es muy dificultosa en tanto que se intenta encontrar el lugar exacto de cierto texto o autor continuamente y deja escapar que hay muchos más escritores que no tienen un estilo de los concretados como comunes. Por ejemplo, el hecho de la referencia a una segunda persona del singular en un texto no siempre significa la exposición de un enamoramiento, sino que puede simbolizar otras muchas realidades a las que se alude. Como es el caso de Alejandra Pizarnik al dirigirse expresamente a un tú que encarna el propio lenguaje.
       En Argentina habitaban los movimientos poéticos del postperonismo como la vanguardia cuando Pizarnik comenzaba su andadura como escritora. Como explica Patricia Venti en un artículo publicado en Espéculo, revista de estudios literarios de la Universidad Complutense de Madrid, mientras se iban gestando nuevas corrientes literarias en el país Pizarnik se desligaba de cada una de ellas.
Como se explica en este último artículo, haciendo un recorrido por la literatura del canon, la obra de juventud de la poeta se podría adscribir a la corriente neorromántica por la melancolía de los textos, la referencia a la infancia, la subjetividad… Sin embargo, Pizarnik no comparte las formas poéticas tradicionales que conlleva este movimiento, no se relacionaba con los autores que pertenecían a esta corriente y, además, la neorromántica declinaba a finales de los años 50.
       Por otro lado, se podría vincular a la autora al movimiento surrealista, en el que nos encontramos a Enrique Molina y Olga Orozco. Un movimiento que se contrapone al neorromanticismo al igual que el invencionismo: la referencia al lenguaje y la relación de los textos con la propia realidad del autor. Aunque Pizarnik no termina de concretar su poesía en dirección a esta corriente. Como explica F. Lasarte: “Pizarnik  muestra una profunda incomodidad ante su propio discurso poético, y esto la diferencia radicalmente de los poetas surrealistas”.
También se podría ligar a la poeta argentina a alguno de los movimientos nacionalistas que aparecieron durante el peronismo, pero el tono de Pizarnik es, en cierto modo, más europeo. Y, otra de las corrientes con las que la autora podría haberse relacionado sería el realismo romántico, en contraposición a las vanguardias: más coloquial y dirigido especialmente al lector.
       La poesía de Alejandra Pizarnik va naciendo como una extraordinaria oposición. Los versos que se gestan en su juventud son textos más breves que acarician numerosas corrientes existentes en la época, pero sin llegar a introducirse en ellas. Más tarde, sus prosas más extensas dan fe de ese distanciamiento. La autora dialoga con el lenguaje y le expresa su insatisfacción y mientras, a la misma vez, lo aleja de las formas comunes que lo acotan y clasifican. Mantiene ciertas influencias, como la surrealista de Artaud en Infierno Musical, pero solo la roza sin pedirle permiso ni dejarle prestado. Como jugar al despiste con los versos.
       La poesía y la vida de la autora parecen hacerse uno y formar parte de la misma realidad. Pero, como expresa Ana Nuño: “La melancolía, la soledad y el aislamiento, cuando se ponen de manifiesto en la vida de una mujer son rasgos que admiten ser interpretados como la prueba de un desequilibrio psíquico de tal naturaleza, que puede conducir a su autora al suicidio o la locura. Si es varón el escritor, en cambio, y su obra o vida o ambas manifiestan parecida contextura —la lista es larga, de Hölderlin y Rimbaud a Kafka y Beckett—, ésta suele recibirse como una confirmación del talante visionario del hacedor”, “Pizarnik escribe aunque sin ninguna disciplina, ya que rechaza esta opción de vida”.
       Como comenta Ivonne Bordelois, es complicado encontrar el lugar exacto para la poesía de Pizarnik, “ella aparece como un meteoro solitario en la poesía argentina; Alejandra no vino a ubicarse dentro de la poesía argentina sino a desubicarla”. También es verdad que tenía más relación con los escritores surrealistas e, incluso, en sus escritos de juventud influyen los románticos y los neorrománticos.
La obra completa de Alejandra Pizarnik fue publicada en el año 2000 con poemas editados y poemas inéditos. Se dice en el inicio de libro que Pizarnik “es una de las figuras más emblemáticas de las literaturas hispánicas, controvertida, polémica, que se convirtió en un mito entre los jóvenes de los años ochenta y noventa. Su poesía se caracteriza por un hondo intimismo y una severa sensualidad”. Y Octavio Paz describe su poesía como “una cristalización verbal por amalgama de insomnio pasional y lucidez meridiana en una disolución de realidad sometida a las más altas temperaturas”.
Pizarnik, como resultado de mi propia interpretación de sus escritos, representa la libertad de los versos, que aunque libres nunca lo llegan a ser completamente. Su poesía, para mí, es adelantada a su tiempo: un susurro que al mismo tiempo que demuestra la inteligencia de la palabra al llamar a la puerta de canon literario sin llegar a formar parte de él concretamente. Sus versos dan fe del verdadero impulso de la poesía a la vez que demuestran la ironía de hacer y deshacer, de conocer a la perfección los límites de la poesía y jugar con ellos de la forma más elegante posible, de hablar de la imposibilidad del lenguaje para mostrarse y al mismo tiempo descubrirse a sí misma completamente.
Piedra Fundamental es el poema elegido, además de por ser un texto extraordinario, para demostrar el hilo que guía  la poesía de Pizarnik, ese maravilloso ‘no lugar’ que de forma inteligente en realidad lo muestra todo. Por ello, es necesario para terminar citar el final de este poema: “Estaba abrazada al suelo, diciendo un nombre. Creí que me había muerto y que la muerte era decir un nombre sin cesar. No es esto, tal vez, lo que quiero decir. Este decir y decirse no es grato. No puedo hablar con mi voz sino con mis voces. También este poema es posible que sea una trampa, un escenario más. Cuando el baco alternó su ritmo y vaciló en el agua violenta, me erguí como la amazona que domina solamente con sus ojos azules al caballo que se encabrita (¿o fue con sus ojos azules?). El agua verde en mi cara, he de beber de ti hasta que la noche se abra. Nadie puede salvarme pues soy invisible aun para mí que me llamo con tu voz. ¿En dónde estoy? Estoy en un jardín. Hay un jardín”.


jueves, 13 de abril de 2017

“Huelma es por su pasado una fuente literaria inconmensurable”

Las raíces del escritor Juan de Dios Villanueva Roa 

Existe un pequeño pueblo al sur de la provincia de Jaén que recoge en sí todos los versos susceptibles de ser vividos. No deja a un lado lo antiguo: todos los resquicios del pasado mantienen su compostura dibujando recuerdos.  Tampoco lo nuevo: cada gota de futuro salpica sobre sus tierras. Huelma es ese abrazo de tiempos, antagónicos y sin embargo enlazados, que destila literatura.
            Juan de Dios Villanueva Roa es uno de los escritores a los que este municipio vio crecer. Actualmente profesor de la Universidad de Granada, colaborador de varios medios de comunicación y autor de diversos libros, Villanueva Roa pasó su infancia en este lugar del Parque Natural de Sierra Mágina. Una localidad en la que se apoya constantemente para sus escritos: “En la cultura de su pasado, en el contraste de sus gentes, en su suma social…”.
Huelma es por su pasado una fuente literaria inconmensurable”, afirma el profesor tan sólo un año después de la publicación de su último libro: Candela. No hay más que leer una breve estrofa suya para dar fe de ello:
Cada mañana el sol desgarra la madrugada.
Se rompen las calles.
El aliento comprime el pecho.
Las aceras de ayer se estrechan un día más
al pisarlas tus pasos sin rumbo definido.
El escritor cuenta que siendo apenas un preadolescente ya dedicaba su tiempo a leer en la biblioteca libros sobre mitología o de aventuras. “Aunque antes los Tebeos me habían abierto la puerta de la literatura siendo un niño, porque son una de las llaves magistrales que conducen al niño al mundo de la imaginación, de la fantasía a través del color, de la imagen y de la palabra”.

      A Villanueva Roa le asusta la palabra escritor aunque desde su infancia se interesó por esta área: “Es una palabra demasiado grande para apropiársela. Creo que es la sociedad la que debe darla, porque lo contrario sería presuntuoso”. Escribe desde siempre, asegura, mientras rememora uno de los premios para el que fue seleccionado con tan solo trece años. “Cuando pensé que tenía algo que decir a los demás decidí escribirlo, y casi siempre tuve la suerte de que se publicara”, constata.
Esa necesidad de expresarse fue la que lo llevó al mundo literario: “La disconformidad, la necesidad de protestar, el impulso de transmitir algo, algo pequeño, una cosa apenas insignificante, alguna idea, una alternativa, la memoria, o sencillamente desahogarme de algo que me oprimiese en mi interior”.            
Todo escritor conserva en su memoria a alguna persona especial que le despierta de alguna forma el amor por la literatura, un docente que le inculca el sabor de las palabras. En el caso de Juan de Dios Villanueva Roa es Mº Luz Escribano, una gran escritora que fue profesora de la Escuela de Magisterio de Granada “allá a finales de los años 70, cuando la policía nos visitaba en la institución universitaria con cierta frecuencia”, recuerda el escritor. “Ella me hizo percibir cierta sensibilidad en las líneas literarias que hasta ese momento no había descubierto”.
Aunque Villanueva Roa se define como “un lector voraz de los literatos en castellano”, por lo que afirma: “a veces surgen en mis poemas o en párrafos de algún relato semejanzas con alguno del medievo o de los años ochenta, de Colombia o, incluso, de Fuentevaqueros”.
Escribió su primer libro, Atardecer, en el año 1999, el cual surgió “como necesidad de dar respuesta a la necesidad de leer de las personas mayores”.  Atardecer es un reflejo de las vidas de los hombres y mujeres que pudieron ser mis antepasados y mis primeros años. Fue la necesidad de que ellos se viesen reflejados en el papel, sus vidas, sus experiencias, sus aportaciones enormes a esta sociedad que hoy es del bienestar gracias a sus sacrificios; contar cómo era mi pueblo cuando yo era un niño, sus calles, sus costumbres, sus casas, qué pasaba cuando aparecieron las primeras televisiones, cuando sus habitantes, mis paisanos, se marchaban como emigrantes a Alemania, Cataluña, Suiza…”, explica.
Otro de sus libros, El otoño de Lucía, publicado en 2002,  también ha tenido gran acogida. “La mayor satisfacción que he recibido desde que escribo y publico ha sido reciente, cuando una psicóloga se puso en contacto conmigo para decirme que utilizaba mi novela El otoño de Lucía como instrumento terapéutico contra el Alzheimer con una señora de 91 años, pues al ir leyéndola iba recordando su vida. Fue maravilloso ver la fotografía de esta mujer con mi libro en sus manos, arrugadas, finas, casi transparentes ya, con sus gafas, con las que casi quería robar las palabras para recuperarlas en su memoria”.
El huelmense asegura que procura leer todo lo que cae en sus manos, aunque afirma que le atrapa fundamentalmente la literatura del alma. Al mismo tiempo, también escribe sobre múltiples y diversos temas como la desigualdad, la violencia de género, las costumbres sociales, la denuncia… “El hecho de escribir en el Diario IDEAL desde hace veinte años me ha condicionado en la forma de ver la realidad, escribir columnas de forma sistemática te hace analizar la realidad, desmenuzarla para encontrar la esencia, y luego plasmar tu opinión en apenas 500 palabras. Eso te hace especialmente crítico y, si se me permite, irónico”.
Escribe sobre maltrato o caciquismo, pero a su vez también sobre adopciones, amor o comprensión.  “Relatos sobre aspectos cotidianos, que por serlo nos pueden pasar desapercibidos; sobre aspectos lacerantes y disimulados, porque socialmente desde el silencio son aceptados, pero si salen a la luz son repudiados como el alcoholismo”.
Concretamente, su poesía, comenta: “Denuncia la sentimentalidad que sufre el parado, el violado en sus derechos, los silencios culpables de quienes siempre callan, el amor equivocado, la vejez, la soledad, la muerte o el tiempo”. Así podemos observar en sus versos:
Cambiamos un ‘te quiero’
por un ‘te debo’,
tú vales
lo que tus pagos pendientes,
grotescos bulos de muerte.
Pero atestigua que actualmente no se lee poesía, muy pocas personas le dedican su tiempo, “y eso que la poesía es el culmen de la literatura, pero el tiempo se emplea en otras cosas, que desde luego ocupan menos espacio en el alma. Cada cual llena su espíritu como quiere, si sabe o si puede”.

Aun así, el profesor sigue escribiendo. Actualmente está terminando un libro de relatos que se llamará Mariposa Liá. Además, también está finalizando una novela sobre las caras de Bélmez, “una novela que en partes está utilizándose en una universidad de Atlanta, en EEUU, como libro de lectura para aprender español, y en la que juego con la fantasía, con la historia, estableciendo alternativamente relaciones del pasado árabe de la zona, la guerra civil española y el presente, y a partir de ahí surge la novela, con las caras como elemento unificador de la trama”. Asimismo, trabaja en su siguiente poemario “en el que la línea directa entre la palabra y el lector es fundamental, rompiendo con las tradicionales estrofas y dejando al lector su apropiación del mensaje en exclusiva”.
Villanueva Roa centra gran parte de su tiempo, además de al oficio de escritor, en la docencia, en la cual está muy presente la literatura. Un área que se gesta inicialmente en las aulas de centros educativos en los que, comenta, se enseña su historia. Pero “enseñar verdaderamente literatura es aprender a partir de la propia literatura, buscar el rezumo de su esencia, es paladear la palabra y a la sociedad que la ha generado. Y después nos explicaremos al autor y sus intenciones”.
Por ello, expone: “La literatura hay que enseñarla a partir de la literatura, y ahí se explica todo y  sucumbirían todos los lectores. Pero si pretendemos que se llegue a la literatura a partir de nombres, fechas, estrofas y figuras de nombres impronunciables estamos abocando el amor a la literatura y a la lectura en un objeto extraño de deseo. Al alumno hay que hacerlo encontrarse en la literatura, para crecer como persona, para conocerse a sí mismo, para gozar intelectualmente, para provocar la necesidad de pasar de un libro a otro, e incluso de tomar el lápiz”.
El escritor y profesor navega en las dos vertientes, pero entre ambas opciones defiende que es escritor ante todo. “Enseñar es transmitir en directo, ante tus alumnos, escribir es transmitir en diferido. Me retirarán de la enseñanza, donde he ejercido en todos los niveles, desde los niños más pequeños, hasta las personas mayores, pasando por los niveles intermedios hasta llegar a la Universidad; pero no podrán retirarme de escribir, ahí no hay jubilación que valga, es una forma de estar vivo”.
Aunque Granada es la ciudad en la que Villanueva Roa se encuentra actualmente, recuerda con cariño al pueblo en el que pasó sus primeros años: “las escuelas de los carriles, los grupos, donde Don Prisco imponía su norma…” Un lugar en el que continúa presentando sus obras y participando en mesas redondas en las que si bien “algunos de los asistentes  no me conocen, buscan por mi físico las referencias ancestrales en mis abuelos y mis padres. Y siempre atinan”.
El autor afirma que “tiene todas las ventajas el escritor que nace en el medio rural, porque a la ciudad puede ir cualquiera. Ser de pueblo te otorga una ventaja intelectual que jamás adquirirán los que no han vivido en el entorno rural. Las experiencias vitales de la infancia marcan de forma definitiva a la persona, y nada como el pueblo y el campo para definir a alguien. Luego la ciudad puede aportar otras vivencias, pero después, cuando la base humana está ya construida”.
Villanueva Roa explica que hay escritores de Jaén que le han influenciado, “Es evidente que Muñoz Molina es referencia obligada en la literatura actual, pero no olvidemos que se es de donde se pace, y ahí Machado tiene algo que decir, y hasta en San Juan de la Cruz se pueden encontrar imágenes de este territorio. Actualmente hay un grupo de escritores de la zona, un poco dispersos por distintas ciudades, que llevan estos paisajes, estas culturas, esta gastronomía y medios de vida en las venas, y que asoma entre sus líneas de cuando en cuando”.
El escritor cree que literariamente hoy por hoy Sierra Mágina es un esfuerzo para el futuro desde un pasado silencioso, que es un territorio que podrá ser literario porque reúne las características para serlo, porque la fantasía, las imágenes, las gentes, su situación geográfica pueden facilitar que así sea. “Pero algo habrá que hacer para que se consiga, y los elementos culturales y políticos deberán esforzarse en ese camino”.





miércoles, 20 de abril de 2016

David Jiménez o la cordura de lo cotidiano




Kapuscinski decía que para ser un buen periodista hay que ser una buena persona, una frase que cita David Jiménez al recordar su etapa como corresponsal. El periodista comenzó trabajando en el periódico El Mundo en 1994, cuatro años más tarde pasó a ser corresponsal de Asia y Oriente Próximo.


David Jiménez decidió ser corresponsal porque, según afirma: “el periodismo que hacía en la redacción no me gustaba, era un periodismo de funcionario, pasaba muchas horas en la redacción e iba a ruedas de prensa que eran aburridas”. “Yo había soñado en la facultad con otro tipo de periodismo y allí no lo estaba haciendo. Quería vivir aventuras, descubrir cosas nuevas, conocer gente fascinante y cubrir eventos importantes”, comenta.


La primera historia que cubrió David Jiménez como corresponsal fue la revolución en Indonesia en el año 1998, cuando el general  Suharto estaba cayendo en Indonesia y los estudiantes se habían alzado contra él después de más de tres décadas de dictadura. “Y allí vi el primer muerto de bala que he visto en mi vida, un estudiante que había sido abatido por los soldados”, recuerda.


Esta transformación de ser redactor a ser corresponsal, “pasar de cubrir manifestaciones de vecinos, el tráfico y el temporal a cubrir revoluciones, guerras y desastres naturales fue un cambio muy fuerte”. David Jiménez asegura que profesionalmente como periodista se sentía muy vivo pero, por otra parte, ver esas cosas le producían desazón: “porque te expones a las miserias y las zonas oscuras de la condición humana más de lo que querrías”.


El periodista asume que ha sentido miedo en su etapa como corresponsal. Al poco tiempo de llegar a Asia en el año 1999, David Jiménez estaba cubriendo el conflicto en Timor Oriental y el hotel donde se hospedaba fue rodeado por milicianos timorenses que con machetes, arcos, flechas y armas que amenazaban con matarle. “Si el ejército hubiese llegado un poco más tarde probablemente me habrían degollado, porque era el único extranjero que se encontraba en aquel momento en Atambua, un pueblo de allí”, cuenta. Pero cuando se hizo corresponsal, comenta, “ya asumí que este trabajo tenía unos riesgos”.


Para el periodista es necesaria la vocación para hacer bien el trabajo: “No vocación de hacer televisión sino de dar voz a gente que no la tiene y de intentar cambiar las cosas que están mal”. Y, además, el periodismo ha de ser digno: “la precariedad del periodismo afecta mucho al deterioro de la calidad, por lo indignamente que se paga muchas veces el trabajo, incluso por la intención de algunos medios de que los periodistas trabajen gratis. Todo eso provoca que lo que hacen los periodistas sea de peor calidad porque tienen que hacer mucho más para llegar a final de mes. Tienen que hacer mucho más y más rápido”.


Esta precariedad del periodismo afecta negativamente a los lectores: “El conocimiento que obtienen los lectores es menor, están peor informados y al final terminan no comprando los medios de comunicación. Así casi todas las empresas de comunicación de España están en medio de una grave crisis”, cuenta.


David Jiménez también es escritor: en 2007 publicó el libro Hijos del Monzón, en 2010 El botones de Kabul y en 2013 El lugar más feliz del mundo. Aún recuerda la primera historia de Hijos del Monzón con tristeza: una historia que habla de una niña camboyana de 5 años que conoció, la cual tenía Sida. “Y cuando volví a verla tras unos años tenía la esperanza de que las medicinas, que ya llegaban y salvaban a muchas personas, hubieran salvado a esa niña. Pero cuando llegué descubrí que había muerto.”


El periodista explica que no le gustaría haberse involucrado con las personas, pero que no lo podía evitar: “El periodista no es un robot, tiene sentimientos. Ser periodista no te quita de ser persona”. El objetivo principal del periodista es hacer su trabajo, pero “cuando cuentas una historia, si lo haces bien ya te estás implicando”. ”La persona siempre está por encima del trabajo”.


Ser corresponsal requiere un alto grado de responsabilidad: “Hay víctimas de un desastre natural que a veces no están en condiciones ni de hablar y otras para las que es un alivio relatar su historia.” “Me he encontrado situaciones dramáticas de pobreza. Familias que tienen un hijo enfermo y no tienen dinero para llevarlo al hospital por lo que intentas ayudar en lo que puedes”, afirma.


Para David Jiménez ayudar a la gente es “una cuestión de humanidad más que de periodismo, la mayoría de los periodistas que me encuentro sienten empatía y les importa la gente de la que escribe”. Aunque, afirma: “Sí hay otros periodistas que después de estar cubriendo muchas noticias la piel se les ha hecho mucho más dura, no tienen tanta sensibilidad. Sí he visto periodistas para los que la exclusiva era prioritaria y estaba por encima de las demás cosas. Pero yo creo que son minoría”.


“Cuando volvía de una cobertura larga en la guerra una parte de mí se quedaba en el lugar en el que había estado y luego era difícil adaptarme a la vida normal”. David Jiménez comenta que cuando volvía le costaba escuchar a las personas cuando le hablaban de cosas normales porque necesitaba un tiempo de adaptación. “Pero poco a poco entraba en la cordura de lo cotidiano”, sostiene. “Hay periodistas que no lo consiguen y  lo que hacen es ir a más desastres y conflictos, necesitan constantemente vivir en esas situaciones porque ya no se adaptan a la normalidad”.

Por último, el periodista insiste en que “ni la facultad, ni ningún jefe o medio van a conseguir dotarte de la ética periodística, porque la moral no es periodística es simplemente moral. Si eres una persona honesta harás periodismo honesto, si eres una persona manipuladora harás periodismo manipulador”. Concluye que todos estos valores radican en la educación: “En la facultad puedes aprender la técnica, el resto depende del tipo de persona que seas”.


Tras muchos años cubriendo conflictos en Afganistán, Cachemira o Timor Oriental David Jiménez recibió la Beca Nieman de la Universidad de Harvard lo que le permitió trabajar en el Media Lab del Instituto Tecnológico de Massachusetts. Y, actualmente, es el director del periódico El Mundo desde mayo de 2015.


Basado en una entrevista realizada en la Universidad de Málaga durante el curso 2013-2014 por José Jiménez, Adrián Medina y Maribel Marín.

martes, 8 de marzo de 2016

Punto de partida





Cuando abrió el tablero, no encontró a la dama blanca. Solo pensó en su desdicha en ese instante. Pretendía ahogar su furia y demostrar su audacia. Quizá no podía ganar a su contrincante en otros aspectos en los que la suerte le había sonreído, pero al ajedrez podría derrotarlo con una venda en los ojos. Sin embargo, aquellas dieciséis piezas, de las cuales disponía a sus anchas sobre los escaques en cada partida, lo hubiesen alzado a la gloria. Solo quince eran las que yacían ahora en la entropía de un blanco y negro deteriorado. Tal vez, ya era tarde para reconciliaciones. Ella se había fugado dejando al azar como evidencia y su reloj como muestra de estrategia. 

El malabarista de recuerdos


Mi vida yacía tendida a falta de respiración asistida. Despojado de sensaciones rutinarias  y acunando pretenciosas verdades absolutas, me disponía a decir adiós de nuevo. Tanto afán de independencia había hecho de mí un hombre solitario que, como habitualmente, se apresuraba a averiguar con prisa la dársena que le correspondía.

Ya me había acostumbrado a viajar de un lado a otro, por una causa precisa o buscando alguna en otro lugar. Como Unamuno me afirmó en uno de mis traslados: “Se viaja no para buscar el destino, sino para huir de donde se parte”.

Poco a poco me sumergí en aquel mundo de cruces de miradas y asentimientos con la cabeza. Al principio, me encontraba nervioso por desconocer paradas y trayectos. Pero asimilé la belleza de esa sensación de incertidumbre.

Siempre con música, algún libro y una libreta de notas para recordar historias fruto de mi imaginación y de mis impulsos. Me sentaba en el asiento del autobús que me había sido asignado y colocaba todas las cosas que portaba en el asiento de al lado. Siempre elegía asiento con ventanilla para mirar hacia el exterior pretendiendo acoger todo el paisaje en mi mente.

Concretamente prefería los asientos que se encuentran justo en medio de una ventana, separados de los marcos para tener una visión más amplia. A su vez, también los escogía deliberadamente para estar alejado de las cortinas. Incluso cuando el sol penetraba por el cristal, optaba por permanecer observando por el ventanal.

A veces, cuando alguien se sentaba a mi lado, quedaba sorprendido por las historias que sin conocerme me contaba. Algunas señoras mayores lograban asombrarme. Diversas situaciones muy peculiares se amontonaban en cada viaje en mi libreta de notas.

Con el tiempo, fui haciendo mía aquella sensación. Exceptuando muy pocas ocasiones, siempre viajaba solo y lo prefería así. Cada vez que tenía que hacer un viaje lo organizaba al milímetro y esperaba con afán que llegase ese momento.

Los trayectos los vivía como un cambio de dimensión, pero despacio para asimilarlo. Rutinariamente tenía que cambiar de lugar y consiguientemente de forma de actuar. Pasaba de un ámbito de mi vida a otro totalmente diferente: del familiar al universitario, del de pareja al laboral, del de ocio al de obligación… Estos cambios entrañaban un cambio de registro que se me hacía más fácil y llevadero al pasar por el placer de descansar mis preocupaciones e inquietudes de parada en parada del autobús.

La mayoría de las veces que me trasladaba a algún lugar nadie me acompañaba para decirme adiós y nadie me esperaba para darme la bienvenida. Pero me gustaba así, dejando atrás de forma brusca un mundo para adentrarme en otro. De hecho, en los momentos en los que por alguna razón alguien me acompañaba a las estaciones me sentía incómodo.

Pero si recuerdo algún momento con precisión es, sin lugar a dudas, cuando Andrea me acompañó a la estación. No me sentí incómodo, al contrario. Previamente el día anterior me comentó que iría a la estación de Atocha a despedirse de mí. Un acto que me pareció demasiado bondadoso viniendo de ella.

Consecuentemente ese día organicé la maleta milimétricamente, como si incluso al despedirse fuera a ver lo que había en su interior. En mi monótono estilo de vestir me las ingenié para parecer más compensado. Inclusive pensé meticulosamente en el resultado final de mi aspecto. Conocía a Andrea desde hacía varios años y sabía perfectamente lo que le gustaba. Por lo que me procuré una presencia que no suscitara ni elogios ni destacara defectos. Me propuse ser, para la última vez que nos íbamos a ver, alguien con apariencia elegante pero desenfadada.

Respiré profundamente. Pensé comprar algo para dejárselo como recuerdo, pero lo creí inoportuno porque denotaría mi tristeza. Irónicamente, ella y yo sabíamos que volvería a Madrid, pero por alguna extraña razón conocíamos que ese era el momento indicado para separarnos, el momento clave que dejaba abiertas las despedidas solitarias.

Llegué pronto a la estación, tanto que no sabía qué hacer, cómo comportarme, dónde quería que me encontrase. Quizá haciéndome el desinteresado en un bar, hojeando libros para dejarle la impresión de ser un intelectual o simplemente sentado a la espera para que supiese que era a ella a la única que quería ver.

Pasaba el tiempo e incluso llegué a pensar que se había olvidado de mí. Compré el billete y, cuando me dirigía a buscar la dársena, una mano congelada tocó mi espalda. Me di la vuelta, estoy seguro de que notó como se ruborizaban mis mejillas pero adopté un comportamiento cruel. Una pose fría que había copiado de ella: como si no me importase nada, como si las cosas no tuviesen valor, simplemente sucedieran.

Andrea siempre tenía prisa y miles de cosas por hacer, así me lo hizo saber una última vez. En realidad nos despedimos: ni un abrazo, ni un beso, ni una palabra de las típicas que se suelen decir en estos momentos. Solamente me dijo que así estaba mejor, refiriéndose a mi aspecto y a mi forma de actuar. No se daba cuenta de que poco a poco había ido copiando su comportamiento. Yo era una copia deliberada de Andrea.

Me dirigí a bajar las escaleras mecánicas. Siguiendo mi instinto respecto de lo que creí que ella haría: no miré hacia atrás. Siempre me quedó la duda si ella pensó lo mismo o incluso volvió la mirada. Pero yo no lo hice. No sé cómo bajé las escaleras sosteniendo un libro en mis manos. Estuve tan concentrado en cómo debía comportarme que no me había dado cuenta cuándo ella lo depositó allí. Era un libro sin importancia, como todo lo que ella solía hacer: sin importancia, sin objeto alguno, sin intenciones. Un libro sin más, que seguramente alguien le habría regalado a ella.

Andrea tenía la filosofía de que si no le das importancia a algo no la tendrá. Por eso no guardaba nada con aprecio. Así que coloqué el libro al lado de mí, muy cerca del hueco entre los dos asientos, lo dejé adrede en una posición de caída segura o de olvido si esto no llegaba a suceder.

Sentado ya en el autobús a punto de salir de la estación, centré mi mirada en la gente que se despedía desde fuera del autobús. Nunca había tenido envidia de esa sensación, pero me pareció curioso. Andrea se fue incluso antes de que hubiese bajado las escaleras para encontrar la dársena. Nunca nadie que acompaña a alguien a la estación se queda a unos pasos del límite. Siempre el acompañante es aquella persona que llega hasta el momento final, inclusive están los que hacen señales desde fuera del autobús como si no hubiesen tenido tiempo de hablar o los que suben al autobús para ofrecer un último beso.

Recliné el asiento y me dispuse a leer el libro que había preparado para este nuevo viaje. Aún quedaba impreso en mis ropajes el olor a tabaco barato de Andrea. A veces era vomitivo; otras, delicioso.
“Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos”. Fernando Pessoa ocupaba ahora todos mis sentidos. Me parecía un ser maravilloso. ¿Por qué no podía estar loco si es lo que pretendía? Me di cuenta de que la gente no nos conoce como verdaderamente somos. Podemos parecer personas correctas y sencillas y esconder en un baúl más de 25000 escritos en los que utilizamos 72 heterónimos.


Yo solo había tenido compañía en mitad del trayecto y ahora ya llevaba más de media hora en el autobús.  Había tenido una despedida sin despedida. Un gesto que si no fuese por el libro que me había regalado parecería un sueño. Pero el libro ya no estaba.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Recursos y herramientas básicas para un Community Manager

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