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miércoles, 20 de abril de 2016
David Jiménez o la cordura de lo cotidiano
Kapuscinski decía que para ser un buen periodista hay que ser una buena persona, una frase que cita David Jiménez al recordar su etapa como corresponsal. El periodista comenzó trabajando en el periódico El Mundo en 1994, cuatro años más tarde pasó a ser corresponsal de Asia y Oriente Próximo.
David Jiménez decidió ser corresponsal porque, según afirma: “el periodismo que hacía en la redacción no me gustaba, era un periodismo de funcionario, pasaba muchas horas en la redacción e iba a ruedas de prensa que eran aburridas”. “Yo había soñado en la facultad con otro tipo de periodismo y allí no lo estaba haciendo. Quería vivir aventuras, descubrir cosas nuevas, conocer gente fascinante y cubrir eventos importantes”, comenta.
La primera historia que cubrió David Jiménez como corresponsal fue la revolución en Indonesia en el año 1998, cuando el general Suharto estaba cayendo en Indonesia y los estudiantes se habían alzado contra él después de más de tres décadas de dictadura. “Y allí vi el primer muerto de bala que he visto en mi vida, un estudiante que había sido abatido por los soldados”, recuerda.
Esta transformación de ser redactor a ser corresponsal, “pasar de cubrir manifestaciones de vecinos, el tráfico y el temporal a cubrir revoluciones, guerras y desastres naturales fue un cambio muy fuerte”. David Jiménez asegura que profesionalmente como periodista se sentía muy vivo pero, por otra parte, ver esas cosas le producían desazón: “porque te expones a las miserias y las zonas oscuras de la condición humana más de lo que querrías”.
El periodista asume que ha sentido miedo en su etapa como corresponsal. Al poco tiempo de llegar a Asia en el año 1999, David Jiménez estaba cubriendo el conflicto en Timor Oriental y el hotel donde se hospedaba fue rodeado por milicianos timorenses que con machetes, arcos, flechas y armas que amenazaban con matarle. “Si el ejército hubiese llegado un poco más tarde probablemente me habrían degollado, porque era el único extranjero que se encontraba en aquel momento en Atambua, un pueblo de allí”, cuenta. Pero cuando se hizo corresponsal, comenta, “ya asumí que este trabajo tenía unos riesgos”.
Para el periodista es necesaria la vocación para hacer bien el trabajo: “No vocación de hacer televisión sino de dar voz a gente que no la tiene y de intentar cambiar las cosas que están mal”. Y, además, el periodismo ha de ser digno: “la precariedad del periodismo afecta mucho al deterioro de la calidad, por lo indignamente que se paga muchas veces el trabajo, incluso por la intención de algunos medios de que los periodistas trabajen gratis. Todo eso provoca que lo que hacen los periodistas sea de peor calidad porque tienen que hacer mucho más para llegar a final de mes. Tienen que hacer mucho más y más rápido”.
Esta precariedad del periodismo afecta negativamente a los lectores: “El conocimiento que obtienen los lectores es menor, están peor informados y al final terminan no comprando los medios de comunicación. Así casi todas las empresas de comunicación de España están en medio de una grave crisis”, cuenta.
David Jiménez también es escritor: en 2007 publicó el libro Hijos del Monzón, en 2010 El botones de Kabul y en 2013 El lugar más feliz del mundo. Aún recuerda la primera historia de Hijos del Monzón con tristeza: una historia que habla de una niña camboyana de 5 años que conoció, la cual tenía Sida. “Y cuando volví a verla tras unos años tenía la esperanza de que las medicinas, que ya llegaban y salvaban a muchas personas, hubieran salvado a esa niña. Pero cuando llegué descubrí que había muerto.”
El periodista explica que no le gustaría haberse involucrado con las personas, pero que no lo podía evitar: “El periodista no es un robot, tiene sentimientos. Ser periodista no te quita de ser persona”. El objetivo principal del periodista es hacer su trabajo, pero “cuando cuentas una historia, si lo haces bien ya te estás implicando”. ”La persona siempre está por encima del trabajo”.
Ser corresponsal requiere un alto grado de responsabilidad: “Hay víctimas de un desastre natural que a veces no están en condiciones ni de hablar y otras para las que es un alivio relatar su historia.” “Me he encontrado situaciones dramáticas de pobreza. Familias que tienen un hijo enfermo y no tienen dinero para llevarlo al hospital por lo que intentas ayudar en lo que puedes”, afirma.
Para David Jiménez ayudar a la gente es “una cuestión de humanidad más que de periodismo, la mayoría de los periodistas que me encuentro sienten empatía y les importa la gente de la que escribe”. Aunque, afirma: “Sí hay otros periodistas que después de estar cubriendo muchas noticias la piel se les ha hecho mucho más dura, no tienen tanta sensibilidad. Sí he visto periodistas para los que la exclusiva era prioritaria y estaba por encima de las demás cosas. Pero yo creo que son minoría”.
“Cuando volvía de una cobertura larga en la guerra una parte de mí se quedaba en el lugar en el que había estado y luego era difícil adaptarme a la vida normal”. David Jiménez comenta que cuando volvía le costaba escuchar a las personas cuando le hablaban de cosas normales porque necesitaba un tiempo de adaptación. “Pero poco a poco entraba en la cordura de lo cotidiano”, sostiene. “Hay periodistas que no lo consiguen y lo que hacen es ir a más desastres y conflictos, necesitan constantemente vivir en esas situaciones porque ya no se adaptan a la normalidad”.
Por último, el periodista insiste en que “ni la facultad, ni ningún jefe o medio van a conseguir dotarte de la ética periodística, porque la moral no es periodística es simplemente moral. Si eres una persona honesta harás periodismo honesto, si eres una persona manipuladora harás periodismo manipulador”. Concluye que todos estos valores radican en la educación: “En la facultad puedes aprender la técnica, el resto depende del tipo de persona que seas”.
Tras muchos años cubriendo conflictos en Afganistán, Cachemira o Timor Oriental David Jiménez recibió la Beca Nieman de la Universidad de Harvard lo que le permitió trabajar en el Media Lab del Instituto Tecnológico de Massachusetts. Y, actualmente, es el director del periódico El Mundo desde mayo de 2015.
Basado en una entrevista realizada en la Universidad de Málaga durante el curso 2013-2014 por José Jiménez, Adrián Medina y Maribel Marín.
jueves, 9 de julio de 2015
Rincón de prejuicios
El blog Discapacidad en Andalucía de la Consejería de Igualdad y Políticas Sociales publica una reflexión que escribí: 'Rincón de prejuicios'
La sociedad vive acorralada entre
juicios de valor predeterminados y comportamientos recurrentes que se asimilan
por rutina. Los prejuicios se gestan en nuestro interior a una edad muy
temprana y se arrastran durante toda la vida.
La opinión de la gente con respecto a
las personas con discapacidad habita en uno de esos rincones de prejuicios. Una
esquina en la que todo se debate entre defender a las personas enfermas, la
mayor parte de las veces a causa de que existe algún ejemplo de ellas en la
familia, y la búsqueda de justificaciones absurdas por las que las personas con
discapacidad quedan cuestionados ante numerosas áreas. He aquí la discusión
itinerante pero para mí opinión: confusa, indeterminada y eterna.
La cuestión reside en la capacidad de
cada persona, independientemente de la enfermedad que pueda padecer o no, de la
condición de vida que marque sus pasos. El resto de ángulos y puntos de vista
alrededor del ser humano son meros argumentos utilizados con alguna intención.
Las personas con discapacidad son
personas ante todo, tienen una condición que les impide realizar ciertas
actividades o desarrollarse en determinados ámbitos pero, ¿no tenemos cada uno
de nosotros algún impedimento u obstáculo para ciertos campos? Quizá no
tengamos discapacidad pero, con toda seguridad, tenemos limitaciones. Aunque
esas barreras, al no estar acotadas por el término discapacidad, no se hacen
públicas, no quedan patentes allá por dónde vayamos y no determina nuestro
principal calificativo posible.
Es decir, existen numerosas
características, tanto psicológicas como físicas, externas e internas, que nos
marcan en el progreso de nuestra vida, pero no por ello debemos tachar ciertas
condiciones y establecerlas como principales en una persona.
Por ello el tratamiento de las
personas con discapcidad, tanto en los medios de comunicación como en otras
áreas no menos importantes, es constantemente criticado o aplaudido,
dependiendo del receptor; porque no existen parámetros justos o una forma
concreta para tratar temas como el que abarcamos. No existe un manual generalizado
para hacer las cosas bien ante este aspecto, solo supuestos, conjeturas,
opiniones… Y no existe porque cada persona puede interpretarlo de una forma
distinta.
La única manera que se debería
generalizar, tanto para personas con discapacidad como para otro tipo de
enfermedades o colectivos, es el optimismo. Con esto me refiero a que no se
pueden centrar todas las miradas en destacar lo negativo de la enfermedad o de
la condición de vida de las personas, sobre todo en los medios de comunicación.
El optimismo ante cualquier tema, realzando los progresos y los logros
generaría más confianza en las personas discapacitadas y más aceptación con
respecto a ellas en las personas que las rodean. La positividad genera
positividad.
viernes, 25 de abril de 2014
Educar en los medios en el siglo XXI
Nuestra niñez y adolescencia se deslizan entre las paredes del colegio. Después, la juventud resbala por los pasillos de alguna universidad. Por lo general es así: al principio recibimos clases de asignaturas obligatorias que se definen como básicas, más tarde elegimos una aproximación de lo que queremos que nos enseñen. Pero, ¿dónde se encuentra la perspectiva educomunicativa?, ¿cuándo nos enseñan a tener pensamiento crítico?
Al reflexionar sobre este aspecto,
mis pasos se dirigen directamente al instituto donde pasé mis primeros años. Es
un instituto público de un pueblo pequeño: IES Sierra Mágina en Huelma (Jaén).
Recuerdo que no tuve ninguna asignatura especializada en medios de comunicación
como en la mayoría de los colegios de las localidades de España. La única
materia desde la que alguna vez me explicaban algunos aspectos de la comunicación
fue en Lengua Castellana. Lola Rodríguez López era la maestra que impartía esa
asignatura. El punto de vista de esta maestra de primer ciclo de ESO nos puede
acercar un poco a la opinión general que tienen los maestros de los distintos
colegios.
Rodríguez López entiende como
alfabetización mediática la capacidad de las personas para acceder, comprender
e interpretar la información que llega a través de los medios de comunicación
que tienen que ver con las tecnologías de la información y la comunicación.
Piensa que la familia, la escuela y los propios medios son los que deberían, en
conjunto, alfabetizar, pero con una serie de criterios éticos establecidos para
todos.
Santiago
Tejedor Calvo, profesor de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la
Universidad Autónoma de Barcelona, nos da su visión sobre el tema como experto
en alfabetización mediática. Tejedor Calvo se interesó por este tema tras
conocer los trabajos de José Manuel Pérez Tornero, catedrático de Periodismo y
director del Gabinete de Comunicación y Educación de la UAB. Santiago Tejedor
Calvo define la expresión alfabetización mediática como la capacidad para
acceder, decodificar, comparar, sintetizar y crear mensajes vinculados con la
Sociedad de la Información. Y piensa que toda la sociedad debería asumir la
responsabilidad de alfabetizar.
Lola Rodríguez López y Santiago
Tejedor Calvo coinciden en los puntos básicos del tema que aquí se trata.
Rodríguez López, por su parte, representa la visión de las personas que imparten
clase en colegios formando así una primera perspectiva educomunicativa en los
alumnos, con el factor variable de que en esa escuela existan o no asignaturas
especializadas en medios de comunicación. Tejedor Calvo, simboliza a las
personas que, desde fuera de los colegios, estudian e investigan sobre
alfabetización mediática. Ambas partes son necesarias para explicar la
situación de la educación en los medios del siglo XXI.
Rodríguez López comenta que en las
clases que ella imparte tienen mucha importancia los medios de comunicación,
que disponen de pizarra digital y de ordenadores. Además, explica que hacen bastante uso de los
ordenadores para acceder a diferentes informaciones. Aunque el centro docente
en el que trabaja, IES Sierra Mágina, no cuenta con una asignatura específica
sobre medios de comunicación, dice que la comunicación se trabaja desde
asignaturas como Lengua Castellana y Literatura. Además, cuenta que en el
centro tienen una revista anual que trata de reflejar la situación del curso
escolar y expresar las vivencias y experiencias que van sucediendo durante el
mismo.
Santiago
Tejedor Calvo opina que sería necesaria una asignatura en el ámbito de la
educación obligatoria que abarque de forma más amplia a los medios de
comunicación; explica que es necesaria para tomar conciencia y conocer el
impacto de lo que sucede y las maneras de enfrentarse a ello. Lola Rodríguez
López piensa que hay que tratar los medios de comunicación en la enseñanza
obligatoria, pero que no es necesaria una asignatura específica para ello, lo
necesario es que se trate dentro del currículum de las distintas materias para
facilitar al alumnado instrumentos para saber acceder a los medios de
comunicación con capacidad crítica.
La
maestra de Lengua Castellana piensa que sería necesario incluir más espacio a
los medios de comunicación en la materia que imparte, comenta que habría que
incluirlo en los programas de forma expresa. Ella piensa que sus alumnos no
hacen un uso responsable de los medios de comunicación y que no están lo
suficientemente informados de la actualidad. “Creo que se quedan en lo
superficial y quizá en lo amarillo”, señala. Santiago Tejedor Calvo apoya estas
palabras ya que piensa que estamos en una sociedad infoxificada y que vivimos
en el ruido digital
Lola
Rodríguez López comenta que el alumnado tiene un fácil acceso a los medios pero
que no tienen la formación necesaria para saber seleccionar y tener un punto de
vista crítico y personal. Este mal consumo de los medios de comunicación les
influye negativamente, explica, la mayoría de los contenidos a los que acceden
son sexistas, machistas, clasistas y, en general, transmiten muchos
estereotipos. “Asumen que todo se consigue de manera inmediata y sin esfuerzo,
por lo que después les cuesta esforzarse por algo, o saber “esperar”, pareciera
que todo consiste en darle al “botón” del mando para conseguir algo de forma
instantánea”, comenta Rodríguez López.
Si nos centramos en la
alfabetización mediática en general, ambos piensan que la parte de la sociedad que
está menos alfabetizada son las personas más desfavorecidas, las que no
tienen garantizado el acceso a las
tecnologías y a los medios de comunicación, por cuestiones económicas y de
interés (aunque se va democratizando poco a poco). Lola Rodríguez López señala
también que los ancianos tampoco están alfabetizados mediáticamente ya que todo
les ha llegado de pronto y sin muchas posibilidades de acceso y quizá les
producen cierto rechazo. Santiago Tejedor Calvo añade que no es posible
determinar quiénes son las personas menos alfabetizadas mediáticamente a causa
de que el simple hecho de no poder acceder a las tecnologías no garantiza que
ese acceso sea cualitativo.
Por su parte, ambos comparten que el
colectivo más joven por su exposición debe ser objeto de un seguimiento más
especial y detallado. En los colegios, institutos y universidades hay una
fuerte apuesta por lo instrumental y técnico pero se deja en segundo plano la
mirada crítica. También, las personas
que se encuentran en una edad de inserción laboral. Aunque la urgencia es
global pues afecta y repercute a toda la sociedad: infancia, juventud,
profesorado, padres… No sólo se trata de manejar mecánicamente a los medios
sino de saber abordarlos desde un punto de vista crítico.
El profesor cuenta que la
alfabetización debe estar presente de forma autónoma y específica en los planes
de estudio de todos los niveles educativos. De ese modo, mejoraría el nivel de
alfabetización de la población. Piensa que no es posible afirmar que en la
sociedad se intenta que exista el menor número de personas alfabetizadas,
aunque muchos han tomado conciencia de su alcance real.
Relacionando el pasado con el presente, Lola
Rodríguez López explica que, comparando las actuales relaciones entre profesor
y alumno con las antiguas, nota cierta falta de respeto y mucho pasotismo. Algo
que piensa que es causado por los modelos que tiene los alumnos en la calle, en
los medios y en la familia. Santiago Tejedor Calvo hace hincapié en que la
diferencia en el trato profesor – alumno con otras generaciones pasadas se
centra en las nuevas tecnologías y la adicción a las redes sociales, lo que
conlleva al desarrollo de importantes cambios en los hábitos y las actitudes. A
su vez, explica que no todos los profesores se adaptan del mismo modo a las
nuevas tecnologías, existen notables diferencias en los contextos, las
voluntades y las políticas. Rodríguez López sí señala que es importante la
formación para la labor pedagógica y didáctica adaptada a la actualidad.
En términos generales, la educación
y el sistema educativo se puede mejorar. La maestra de Lengua Castellana
apuesta por “la mejora de las condiciones de trabajo, más profesorado, atención
más personalizada (menos ratio), acercamiento de la escuela a la vida (a veces
parece que la institución escolar está años por detrás), más medios en las
aulas, más importancia a los valores, más coeducación, más integración. Y más
implicación de la familia en coordinación con la escuela.” El profesor de
Ciencias de la Comunicación concentra cualquier mejora en la educación
recordando el sentido etimológico de la palabra Educar: educere: sacar de dentro
Santiago
Tejedor Calvo, profesor de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la
Universidad Autónoma de Barcelona, concluye que se está intentando que esta
materia reciba la importancia que merece. Y comprende que, por ejemplo, en los
periódicos no se le dé el espacio suficiente a los temas educativos debido a
que los periodistas deben afrontar día a día cientos de obstáculos.
martes, 17 de septiembre de 2013
“El hombre que sabe escribir es superior a los demás”
Entrevista
a Raúl del Pozo en el Café Gijón
¿Qué les aconsejaría a los
estudiantes de periodismo?
Los consejos no valen para nada. Siempre
cuento lo que dijo Hemingway a una señora que tenía un hijo periodista. Dijo la
señora: “¿qué hago con mi hijo que quiere ser periodista?” y le contestó Hemingway:
“dele cien dólares y que se vaya al infierno”
El único consejo es que si no aman la profesión
endemoniadamente es mejor que no la sigan. Que tengan una vocación
irresistible, porque es una profesión bella pero difícil.
¿Les diría que se quedaran en
España o les aconsejaría que se fueran a
otro país?
Hay mucha gente que se va al Aeropuerto de Barajas
buscándose la vida porque vivimos en una recesión salvaje y sobre todo para los
jóvenes. Sin embargo yo creo que el periodismo, como vivimos en la era de la
comunicación, tiene mucho futuro. Yo sé que estamos pasándolo muy mal en este
momento los periodistas, los que trabajan y los que van a trabajar, pero lo
importante no es internet o el papel, no son los soportes. Lo importante es la
imaginación y el talento. Hace falta meter en las tripas de los medios tanta
imaginación, talento, noticias e ideas que al final va a ser una profesión
posible.
La mayoría de los jóvenes se
están quejando, están acudiendo a manifestaciones y están indignados. ¿Usted
está indignado?
Sí, por supuesto. Y tienen razón. Lo que tienen que
hacer es tomar el poder. Echarnos a patadas a los que estamos sentados en una
silla dando doctrina.
¿Qué
opina de la situación actual de España?
Vivimos en uno de los peores momentos de la Historia.
España tiene momentos fulgurantes, como los tuvo entre 1570 y 1616 cuando unos
cabreros, unos gañanes, se metieron en unas barcas y conquistaron el mundo.
Atravesaron los océanos, las líneas equinocciales y crearon la mejor literatura
del mundo. Luego hubo dos o tres siglos muy malos y llegó la última democracia
y fue muy hermosa. Hicimos un milagro. España llegó con la democracia a
codearse con las grandes naciones. Y en un momento se cayó todo como si le
pegaran una pedrada a un helicóptero de la última generación. Todo lo que
habíamos levantado en quince años se cayó en quince horas.
¿Qué
transformaciones ha notado desde que usted empezó en el periodismo hasta los
actuales estudiantes de periodismo?
Cuando empecé en el periodismo era diferente,
también era muy difícil. Siempre ha sido difícil. Creo que entonces el
periodismo aún era una pasión pura, era como la legión, una pasión romántica.
Nos matábamos porque nos firmaran un reportaje en primera página. Yo creo que
en este momento la profesión ha ganado en ilustración pero ha perdido en coraje
y en romanticismo.
¿Cómo
vivió sus inicios en el periodismo?
Empecé en el diario de Cuenca porque intuía (me he
equivocado en todo pero tenía una intuición de niño) que el hombre que sabe
escribir es superior a los demás, es el que más se parece a Dios, el que es
capaz de crear mundos, paisajes, historias, aventuras. Después me lo han
confirmado Galván y otros, el escriba es el oficio superior siempre, el que se
sentaba al lado del faraón. Yo consideraba que la profesión de escribir era la
más hermosa de todas y me lo ha confirmado la vida. Es un oficio apasionante,
hermoso, en el que es muy difícil abrirse camino, rodeado de envidia, miseria y
mediocridad, pero es una profesión que vale la pena.
¿Recuerda
alguna anécdota, algo que le haya marcado en sus comienzos?
Yo trabajaba en la Agencia Eurofoto con un fotógrafo haciendo cosas del corazón, lo que hacía es poner pies. Recuerdo que
hicimos un reportaje que se titulaba “La reina Fabiola abandona sus perros”, y
fue porque la reina cuando se casó dejó unos perros y ladraban mucho. El
fotógrafo se coló e hizo una foto de los perros desesperados y con esa historia
vivimos tres o cuatro meses. Umbral fue el que me colocó en Eurofoto, dónde él
había trabajado antes.
Otra cosa que me ocurrió fue que hablé con los poceros,
unos eran de Cuenca, y me dijeron que Madrid estaba rodeado de ratas, que si quería
verlas por la mañana me fuera con uno de ellos. Así que nos pusimos máscaras y
botas y entramos a las cloacas de la ciudad y estuvimos viendo las ratas todo
el día con un fotógrafo que era cojo. Después llamé al periódico y se publicó
en el diario Pueblo. Y de esa forma entré en el diario, por el reportaje que se
llamaba “Madrid amenazado por las ratas” y por José María García que habló de
mí. Cuando todo parece imposible en este oficio surgen milagros, y el milagro
es la idea, la noticia, algo que ocurre y tú estás allí para contarlo.
¿Cómo
eran las tertulias del Café Gijón?
En los años 60 y 70 cuando empezábamos esto era como
nuestro cuarto de estar. Igual que a la calle Victoria iban los toreros, aquí
veníamos los `maletillas´ de la gloria del periodismo. Entrábamos al Café Gijón
y aunque no teníamos ni para pagar la pensión pero nos codeábamos con Fernando
Fernán Gómez, Gerardo Diego, Paco Rabal, Antonio Gades, con todas las estrellas
que en ese momento iban al Café. Era el momento de la gloria literaria e íbamos
porque aunque no tuviéramos dinero siempre había alguien que nos invitaba a un
café.
Me
comentaron desde el Café que ya no suele venir mucho ¿Por qué?
En la mesa en la que yo estaba han `palmado´ todos.
Venía porque teníamos una partida en la que estaba José Luis Coll, Tola, El
Estudiante (Sancho Gracia), pero han ido
`palmando´ y al final… No quedamos más que Álvaro de Luna y yo. Por eso no
vengo al Café Gijón, porque sólo veo espectros. También el Café ha cambiado, se
vive en otra época, los jóvenes escritores ya no son de tertulia como antes
(seguramente es porque ya tienen apartamento para vivir).
¿El
Café Gijón tal vez es un lugar para inspirarse al escribir las columnas?
No. Yo al Café iba para dar sablazos, para calentarme cuando tenía frío y para
encontrarme a escritores como Umbral que una vez me dijo (lo cuenta en el libro
Travesía de Madrid) que me dio mi primer abrigo, mi primera amante y mi primer
trabajo. De las tres cosas la única que me dio de verdad fue mi primer trabajo.
¿Cómo
encuentra los temas apropiados para hacer las columnas?
Para mí la columna es un reportaje de 460 palabras.
Lo importante es no desconectarte nunca de la realidad, no vivir como un
español sentado con mala leche aprovechando la columna para meterte con la
gente, sino contar lo que pasa. El periodismo no creo ni que sea contrapoder,
que ahonde las libertades, que es bueno para la democracia… Yo creo que es algo
más simple, más sencillo: es contar lo que pasa joda o moleste a quien joda o
moleste. Pero los periodistas a veces se creen que tienen una misión en la vida
que es salvar la democracia, salvar el país. Creo que es un trabajo más
modesto. En mi caso es contar algo al lector que le interese, que le apasione,
si es posible que le ilustre, que no le aburra, que ocurra de verdad y cobre
todo que sea actual.
¿Cuánto
tiempo tarda en escribir sus columnas?
A Ruano le preguntaron: “¿es verdad, don César que
tarda sólo diez minutos en escribir una columna?” y contestó:”no, tardo sesenta
años”. En hacer una columna se puede tardar media hora, pero realmente la lleva
uno pensando y viviendo la edad que tenga.
¿Escribe
para el público o escribe para sí mismo?
Escribo para que me paguen. Alguien dijo
cínicamente:”no escribo para que me lean, escribo para que me paguen”. La
profesión esta es muy hermosa y uno necesita saber que hay alguien detrás. A
veces, cuando se escribe de una forma oscura, críptica, la gente no lo
entiende. A mí me han criticado a veces porque soy demasiado barroco, por eso
cada vez escribo más sencillo. Escribo para la gente. Es emocionante cuando vas
por la calle y encuentras a alguien que te ha leído y se acuerda de artículos o
pasajes de libros de los que tú ya no te acuerdas.
¿Qué
le es más fácil: escribir novelas o columnas?
Para mí es el mismo oficio. Un periodista le llevo
un reportaje al redactor jefe y no se lo aceptó porque era demasiado largo y le
dijo el periodista: “aquí traen el Quijote y no te lo publican” y le dijo el
redactor jefe:”te lo publicamos si dices el lugar exacto de la Mancha donde
nació Don Quijote y lo haces en folio y medio”.
¿Escribir
es interpretar a un personaje?
En la novela sí. El periodismo es contar lo que
pasa, estar sentado delante de la linotipia y contar cómo están atracando el
banco de en frente.
¿Influye
la vida periodística en la vida personal?
Yo creo que es lo mismo. Los periodistas hemos sido
trasnochadores, bohemios, bebedores… porque lo lleva la profesión. Ahora hay
gente más ordenadita. Pero en aquella época eran unos canallas, para ser
periodista no había que ser caballero como ahora.
¿Qué
opina de las redes sociales?
Son apasionantes. Por eso cuando veo a los jóvenes
asustados digo: “si es que ahora para hacer el New York Times no hay que montar
una empresa, se puede hacer un periódico entre dos”. Son tantos los soportes,
hay tanto para escribir que yo no sé cómo se está parado. Lo difícil es cobrar,
pero trabajar no.
¿Twitter
es periodismo?
Claro que lo es. Es una nueva forma de periodismo,
una nueva retorica, lenguaje. Lo que pasa es que está destruyendo al periodismo
de papel, igual que la imprenta destruyó a la literatura anterior. Los
periódicos se están hundiendo por falta de publicidad y por la crisis
económica. Pero, por otro lado, el gusano dará una mariposa. Asistiremos a la
metamorfosis. Está naciendo un nuevo mundo, un periodismo nuevo, una nueva
literatura, una nueva manera de contar las cosas. Y en medio de eso hay mucho
gilipollas que aprovecha las redes en vez de para hacer poemas o contar
noticias las emplean para insultar a la gente.
¿Qué
ha cambiado con las redes sociales?
Ya no son los sacerdotes, los escribas, los enviados
del poder los intermediarios para que haya relación entre el poder y el pueblo.
Ahora es el pueblo el que escribe. Es un cambio extraordinario que todo el
mundo pueda ser periodista. Una democratización total de la información.
También tiene sus desventajas porque puede ser utilizado por sectas, por
terroristas, pero es muy bueno porque todo el mundo tiene acceso a la
información.
¿Qué
opina sobre los jóvenes estudiantes de periodismo?
Pienso que el periodismo es una pasión como el amor.
No valen los consejos, ni la técnica, ni ir a la universidad. Se aprende en las
esquinas como la prostitución, en las autovías, en las casas de socorro. La
universidad del periodista es la calle, es la comisaría, es tomar whisky con el
hielo de los cadáveres de Primera plana.
sábado, 29 de junio de 2013
Entre jóvenes y excusas
Alguien habló de edad y acarició, espero que
inconscientemente, esa bisagra de mi paciencia que hace de ella un desgarro
intranquilo. Justificar algo por la edad deja el argumento, bajo mi punto de
vista, a la altura de una simple excusa barata. Tanto para lo bueno como para
lo malo. He escuchado mil veces esa expresión: “Claro, es joven”. Es la
coartada perfecta para hacer cualquier cosa mal, total, eres joven ¿no? Y lo
peor es cuando la palabra joven tiene que soportar la dura carga de la
coletilla `sin experiencia´.
Por el contrario, tener un montón de años menos
también sirve para aplaudir aún más los méritos: alguien que empieza a rozar
los 20 años y defiende mejor sus derechos en público que cualquier acomodado
cincuentón, así como un `joven´ que escribe, compone, consigue la máxima nota
en no sé qué bobada. ¿Qué tendrá que ver? La edad es un número, unos días que
constan como sobrevividos pero quizá no como vividos realmente, un tiempo que
puede que se haya pasado en la barra de un bar desde 1970 o en una biblioteca
desde 1995. La edad es un dato sin más que no debe influir en nada. Al igual
que no sirve de nada acumular créditos de libre configuración o no. “Yo no soy
cuarenta asignaturas aprobadas”, ¡ya ves!, como me recuerda siempre Antonio Brocal Beltrán. ¿Se supone que
un título o varias matriculas de honor demuestran que sabes más? Al contrario,
diría yo, demuestran que memorizar cosas no tiene una utilidad más allá de los `intereses
personales´; además de que nos encanta entrar en ese círculo que marcan los de
arriba que en realidad están por los suelos.
La madurez es lo que debería tenerse en
cuenta. ¡Qué ilusa soy! Puedes escribir un libro con 16 años y no por ello se
deben echar más o menos flores, la cuestión es el libro y punto. ¿O hay que
preguntarle a Charles Baudelaire
cuando empezó a escribir Las flores del mal al apenas darse cuenta que había
cruzado los 20 años por unos meses?
Columna publicada en La Opinión de Málaga el 29 de junio de 2013
jueves, 20 de junio de 2013
Calificativos absurdos
Vivimos de las críticas, de hablar por hablar, de
valorar, de calificar. De afirmar para nosotros mismos y decir no de cara a los
demás. De recriminar y desprestigiar. De encontrar los blancos perfectos para
debilitarlos y hacerlos caer, aunque resbalen en nuestra inercia. Sobrevivimos
reclinados en ese derecho, libre y/o gratis; un deber a veces absurdo. Respiramos
destrozando elogios y derrumbando lo que, quizá, supuso esfuerzo y trabajo algún
día. Haciendo suturas con los dientes y los filos cortantes de los contratos.
Con parsimonia y mesura, calibrando las fracturas y magulladuras del objeto a
calificar. (Se me saltan las lágrimas al escuchar a Paco Ibáñez.) A lo malo
porque es malo, a lo bueno porque es bueno. Esas formas de reprochar sin
sentido y vituperar sin cordura ostensible sólo cesan cuando la cuestión que
nos ocupa le da tanto la razón a nuestros términos ofensivos que desequilibra
nuestros propósitos. Ya decían que más es menos, y viceversa para los sumisos en
la fe. (Justo ahora flotan en mi cabeza ciertos vocablos propios de Federico
Jiménez Losantos. Tampoco se quedan atrás algunas locuciones del adulador de
fachada Arturo Pérez-Reverte). Entonces los calificativos absurdos se vuelven
muy gratificantes, casi como una imagen de marca, pero si el `como´. La otra
forma de que se interrumpan las palabras malsonantes dignas de una trinchera
sin armas son los finales, lo muestran las necrológicas. Éstas últimas, aparte
de hacer día a día de un periódico un diario de difuntos, con sus
correspondientes recordatorios, aniversarios, homenajes y demás, reducen las
críticas a un respeto demasiado extremo. Recordando a Rosa Montero en aquellas Necrológicas detestables, todo se
vuelven alabanzas cuando el objeto que ocupaba la diana de nuestra retórica
basada en el desprestigio ya no está. Eso sí, todo lo dicho centrado en España.
En otros países tienen menos pelos en la lengua, acuérdense del obituario que
The Economist dedicó a Robert Maxwell, “era un mentiroso” decía.
Columna publicada en La Opinión de Málaga el 22 de junio de 2013
domingo, 9 de junio de 2013
Incoherencia aprehendida
Ojalá
fuésemos capaces de ser coherentes. Ojalá ese autor que imaginamos al leer un
libro no fuese el mismo que desgarra la tinta de una pluma desangrada al firmar
con adornos su propia obra en una caseta de la Feria del Libro. Ojalá que ese
escritor cuyo comportamiento creamos en nuestra mente al pasar con delicadeza
las páginas de un libro no fuese el mismo que presenta su obra en un evento
fetichista y politizado. Ojalá que esa cuenta de Twitter que lanza versos entre
un Time Line de contradicciones no fuese aquel literato de presencia aduladora.
Me atrevería a decir que usted
también ha tenido esta sensación. Un escritor es simplemente un ejemplo. Pero
hay numerosos momentos en los que se
espera mucho de algo, se idealiza, y al final sólo quede decepción. Un
cantautor, un poeta o un periodista tal vez. Y es que hay un trecho muy grande
entre la individualidad y la globalidad, tanto que estos dos conceptos cambian
la forma de ser de las personas, en la práctica. Para bien o para mal,
generalmente inclinado hacia el adjetivo negativo, nos comportamos de forma
distinta dependiendo del contexto. Habría que pararse a pensar con que `forma
de ser´ La Pardo Bazán quería cubrirse cuando empezó a arrojar papelitos con
versos patrióticos a los soldados que volvían de África. Contextos. Parpados
hinchados por orillas de razones. Ahora, las redes sociales potencian esa
divergencia de personalidades, es una mezcla turbia y homogénea de
individualidad y globalidad en cantidades parecidas.
Que aquellas 12000 palabras que
Cervantes utilizaba en sus obras no fuesen las 500 o 600 que un estudiante use
para describir toda su biografía. Que aquel contenido que tanto importaba a
Azorín no fuera el mismo fondo desesperado que le interesa a Pérez Reverte. Que
aquella figura que derrite los inviernos en primaveras no fuese la misma que no
diferencia las estaciones. Que aquella manera de describir el trayecto de una
lágrima no fuera la forma con la que se provoca.
Pero
sí son las mismas. Somos así de incoherentes.
Columna publicada en La Opinión de Málaga el 7 de junio de 2013
sábado, 27 de abril de 2013
“Un poeta en un periódico es un personaje muy sospechoso"
Antonio Lucas es uno de los máximos exponentes de la nueva poesía
española. Columnista y redactor de cultura de El Mundo. Ha escrito varios
libros por los que ha recibido diversos premios.
¿Cómo prefiere que le llamen: poeta o periodista?
Un poeta dentro de un periódico es un personaje muy sospechoso. Es más
fácil aceptar a un economista escribiendo de sucesos o a un historiador del
arte escribiendo de economía que a un poeta. Pero yo cuando estoy entre
vosotras que sois compañeras de profesión soy periodista. Ni más ni menos. En
mi casa no soy nada y para mis amigos soy Luqui.
Un poema o una columna, ¿qué le es más satisfactorio?
Son satisfacciones distintas. El poema tiene una demora, un reposo, es
otro lenguaje completamente distinto. Es otra forma de mirar la vida, de
descifrar el mundo, de descifrarte en él. Y la columna es una cosa más
inmediata, más nerviosa, probablemente más urgida por la actualidad. Dónde uno
viene a manifestar un acuerdo o un desacuerdo de manera muy clara, sin
demasiados ambages aunque utilices un lenguaje, como es el mío, de voluntad más
estilística, barroca. Pero, en cualquier caso, son territorios muy distintos y
deben ser distintos. Es decir, se puede aprovechar el ejercicio de la columna
del lenguaje más poético, más lírico, puntualmente, en algún destello. Pero
creo que son caminos que deben andar en paralelo, sin rozarse y cada uno está
bien dónde está.
¿Influye
la vida periodística y literaria en la vida personal?
Sí,
influye en todo. Salgo con escritores y periodistas a tomar copas. Nos juntamos
todos en ciertos bares. Y al fin y al cabo es mi vida. Es decir, no tengo otra
vida detrás de esas cosas que me gustan tanto, de esas herramientas que utilizo
cotidianamente como es la literatura por un lado y el periodismo por otro.
Literatura y periodismo, que no poesía y periodismo, sí se juntan y determina
mi vida. La gente con la que me junto de algún modo también confecciona mi
identidad, me hacen ver cosas nuevas y me hacen entender ciertos aspectos del
hoy que es inevitable que tú reconozcas cuando hablas con gente que tiene o
maneja distintas ideas a las tuyas. Entonces sí, todo el mundo de la literatura
y del periodismo al fin y al cabo es mi vida, mi mundo, es mi gente.
¿Para
escribir columnas tiene que separarse un poco de su vida personal? Mucha gente
escribe interpretando un personaje, una vida que no se tiene, sentimientos que
no se sienten…
Me
seduce mucho la idea de interpretar a cierto personaje. Umbral lo hizo muy
bien, por ejemplo, era un hombre con mil máscaras a la hora de escribir sus
columnas, su periodismo. Pero, de algún modo, debajo de todas esas máscaras
había una raíz esencial que era la de él, la de sus daños, la de sus
entusiasmos, la de su percepción de las cosas. Yo no me alejo ni me acerco. Hay
días que escribo una columna más íntima porque me lo piden las manos y otros
días en que es una cuestión más aséptica respecto a mi vida, que tiene que ver
a lo mejor con la política, con la actualidad más inmediata. Entonces va en
distintos registros. Es cierto que inevitablemente cuando uno escribe no es el
mismo tío que habla, cuando escribes racionalizas. Pero yo no me enmascaro
demasiado, probablemente las mismas impertinencias que digo hablando las digo
escribiendo.
¿Cree
que las redes sociales ayudan a crear esos personajes que derivan de una
profesión como la que usted tiene e incluso cambian la vida personal?
Es
verdad que hemos entrado en muy pocos años en un vértigo muy excepcional respecto
a la recepción que tiene el periodista de su propio trabajo de manera muy
inmediata, porque hace diez años aquí en el periódico era imposible calcular
quién estaba leyendo el periódico tus columnas, tus reportajes o tus crónicas.
Y hoy en cuanto sueltas una columna inmediatamente tienes un feedback y eso
genera inevitablemente una atención en ti y una cierta vanidad que es lo que
tiene de patético en todos nosotros la atención a las herramientas digitales o
a las redes sociales como un espejo. Y eso puede crearte a veces el despiste de
pensar que cómo este tipo de columnas o de ideas me las aplauden más, voy a
tirar por aquí que es lo fácil en vez de arriesgar y probar otro redoble de
tambor por otro lado que no ha gustado dos días antes, que nadie ha encontrado
esa necesidad de retuitearlo. Es peligroso, hay que tener mucho cuidado con
porque genera egos como cepelines y no hay cosa más ridícula que estar un tipo
viendo permanentemente cuantos `me gusta´ o retuits tiene para saber si
está gustando su trabajo o no. Genera en el periodista a veces una sensación de
`pecho palomo´.
¿Las
redes influyen también en la literatura?
Puede
influir del mismo modo. Lo que pasa es que la literatura se hace más lenta, es
decir, generalmente el escritor no lanza todos los días una novedad. No hay
escritores que escriban a diario en un periódico, excepto Umbral y ahora Raúl
del Pozo. Pero los periodistas que ejercen la literatura no escriben a diario.
Puede influir, pero es distinto. Creo que el novelista de éxito sabe que tiene
éxito y llueve sobre mojado. Piensa en Javier Marías que no tiene Twitter, que
es un novelista de enorme éxito además de ser un excelente columnista. Yo creo
que esa gente ya tiene su ego acondicionado a su estatura. Twitter no da más ni
menos.
¿Cómo
definiría el periodismo literario?
La
esencia de lo que es el periodismo literario no ha cambiado. El periodismo
literario es una forma de hacer periodismo. Lo que hay de troncal es el
periodismo en sí. Luego hay un periodismo más analítico, de investigación y uno
que tiene en su posibilidad de registros la literatura bien infiltrada e
injertada. Los grandes maestros del periodismo español, desde Larra pasando por
César González Ruano, Ramón Gómez de la Serna, Eugenio Montes hasta Manuel
Vicent, Raúl del Pozo o Carmen Rigalt, todos han ejercido de algún modo, Maruja
Torres o Rosa Montero, un periodismo literario.
El
periodismo literario es que sepas a qué huele el cuerpo de una mujer dolida, el
cuerpo de un inmigrante puteado, a qué huele la patera en la que esa gente
cruza el estrecho para ser aquí maltratados, a qué huelen Las Barranquillas en
el antiguo poblado chabolista de Madrid cuando estaban todos los yonquis allí
tirados. Todo eso se hace con palabras, con la argamasa de la literatura.
¿Cómo
ve el futuro de los jóvenes periodistas que quieren dedicarse al periodismo
literario?
Bien.
Ahora mismo Latinoamérica nos está dando una lección estupenda, han nacido un
montón de páginas webs fantásticas muy impetuosas a la hora de recuperar la crónica,
el reportaje de largo recorrido. Pequeñas publicaciones como The Clinic en
Chile o The Soho en Colombia, si no me equivoco. Pequeñas revistas que han ido
creciendo a golpe de recuperar eso que se había perdido que eran las grandes
crónicas.
Para la
gente que ahora sale de las facultades, y que en un momento dado sale con una
riqueza mayor con respecto a los que salían hace veinticinco años, hay una
senda abierta para reporteros extraordinaria. Tenéis mucha competencia y el
enorme problema de que aquí en España no sucede como en el otro lado del
Atlántico. Aquí en España las cosas están en un proceso al revés, de
contrición. Se tendrán que romper de alguna forma las costuras y empezar
de nuevo.
Tal
vez, si usted fuera uno de esos futuros periodistas que aún están en las aulas
¿vería su futuro profesional saliendo del país u optaría por quedarse en España?
¡Ni
loco! Me habría ido, este es un país despreciable en ese sentido. España está
humillando a la gente joven como no se merece nadie que la humille. Está
lapidando a tres generaciones: la generación de la gente que tiene cincuenta y
cinco años y que por los EREs se ha ido a la calle que ya no va a encontrar
trabajo probablemente en su vida, la generación de los treinta y tantos a los
cuarenta y cinco que está en una incertidumbre absoluta y cómo pierdas el
compás de este momento es muy difícil que vuelvas a encontrar el estribo y la
generación vuestra que es la de las becas y sin embargo no os van a llegar a
estrenar. Que le den por culo a este país, es en ese sentido uno de los
territorios más siniestros que hay en Europa. Hay que huir de aquí.
La
mayoría de los jóvenes están indignados. ¿Usted está indignado?
Ya
indignado no estoy porque, además, creo que el concepto de indignado se ha
modulado tanto que forma parte de lo que el sistema ha querido hacer de él. Yo
estoy completamente decepcionado, muy activamente, con esto que hay. Desde las
columnas suelo hablar de lo que el ciudadano no debe aceptar cuando está en un
estado de derecho presuntamente. Si se pueden rescatar los bancos se pueden
rescatar las universidades. Todo eso que nos están vendiendo que es la
alternativa única para salir de la crisis es una trampa montada y fingida por
poderes absolutamente neoliberales establecidos con una perfectísima hoja de
ruta sobre lo que es la crisis, gente para la que la crisis está siendo un
verdadero éxito porque están ganando más dinero que nunca. No es un problema de
estar indignado, lo que me parece es que, con la responsabilidad compartida
entre todos (unos más que otros) hay que luchar contra ellos. Han hecho de este
país una porquera. Han estafado a gente analfabeta para firmar preferentes, han
estafado a deficientes mentales, están echando a familias enteras por no pagar
una deuda de tres mil euros de una casa. Eso es un crimen, un país que hace eso
no merece nada. La gente joven tiene que salir, porque vuestra vida es un
capital y un patrimonio tan incalculable para países que sí tiene opciones para
vosotros que vendérsela a esta panda de mantas que os van a tener de becarios
hasta los cuarenta y tres y os van a impedir desarrollaros como ciudadanos… Que
les den por el culo.
¿Qué
transformaciones ha notado desde que usted estudiaba a los jóvenes que ahora
cursan periodismo?
Me
invitan a universidades con bastante frecuencia. La gente dice que tienen menos
interés, pero no, hay gente con interés y otra que no lo tiene. El problema no
está en los estudiantes, está en la propia carrera que es una estupidez.
Estudiar una carrera de periodismo a día de hoy tal y como están confeccionadas
las facultades de periodismo es una pérdida de tiempo. Tú sales de la facultad
y no tienes ni idea de escribir una noticia porque no te han enseñado. Te han
enseñado a lo que puede ser leer un periódico, si es que han llegado a eso.
Pero no te han enseñado a cómo se hace un periódico de principio a fin. Saber
diseñar una página está muy bien pero cuando llegues a un periódico no vas a
tener que diseñar una página, o si lo vas a hacer no va a ser con las
herramientas con las que te han enseñado en la facultad porque hay editores
nuevos. La fractura no está entre estudiantes, está en esa cosa primitiva que
es la universidad española establecida como está establecida. Que es un nido de
corrupciones también.
¿Cómo
vivió sus inicios en el periodismo? ¿fue fácil encontrar un lugar?
Fue muy
fácil. Si dijera lo contrario sería un desagradecido. Empecé a trabajar en el
diario El Mundo, que es en el único sitio en el que he trabajado, en tercero de
carrera como becario y llevo diecisiete años aquí. Era una época distinta:
había ingresos, dinero, se expandían las empresas. Fue sencillo. Había que
trabajar mucho, como ahora. Pero ahora se trabaja el doble y por menos
dinero. Entonces se trabajaba bien y se ganaba muy bien. Yo he echado muchas
horas en este periódico y muy contento de haberlo hecho. Ha habido veces que he
estado veinte horas aquí metido, he salido a las seis de la mañana, pero éramos
jóvenes y éramos felices. Éramos muy pobres pero muy felices como decía
Hemingway.
¿Cuál
es el lugar habitual desde dónde escribe su columna o desde dónde se inspira?
En un
despacho que es en el que Custodio Pastor hace los encuentros digitales del
periódico. Han ampliado su despacho, han quitado uno pequeñito que había que
era territorio de nadie, yo lo llamaba aula de alto rendimiento, porque me
encerraba ahí y escribía las columnas. Ahora las escribiré en un despacho que
le han puesto a Custodio en el que me han reservado una mesita. Siempre las
escribo a la misma hora, a la hora de comer. De dos y media a tres menos cuarto
siempre me meto ahí con un sándwich y a las cuatro y media salgo y ya me voy a
mi sitio.
¿Cómo
encuentra el tema perfecto para escribir la columna?
A
veces lo encuentras muy claramente viendo los periódicos y de repente ¡pum! O
has escuchado la radio por la mañana, la televisión. El tema de algún
modo va macerando en tu cabeza. Otras veces vienes a tientas, vienes aquí, que
es una tremenda ansiedad, escribes con los huevos en la garganta porque no
tienes tema. Se hace con bastante miedo, es una responsabilidad. Yo no conozco
a nadie que se haya sentado a escribir la columna así, a la remanguillé, como
si fuera un breve de sección. Te lo piensas, recalculas cada frase. Es un
ejercicio de relojería, son dos mil quinientos caracteres y las palabras tienen
que ajustar porque con una de más o de menos patina todo y haces el ridículo.
Mi madre me llamaría muy enfadada si hiciera eso. Hay que buscar los temas
aunque algunas veces haces el ejercicio del vuelo sin motor.
¿Cuánto
puede tardar normalmente en escribir su columna?
Yo
tardo una hora y media entre que me siento, veo un poco el tema y lanzo la
primera frase a ver cómo cae en el folio. Depende de lo cómodo que me sienta
hablando del asunto, si tengo que calcular mucho dónde tengo que frenar o no
tengo que frenar. Hay temas que son delicados. Hay que pensar que uno escribe
para la gente y no puedes faltar el respeto a ciertas ideas y sabes que hay
gente que puede sentirse ofendida con ciertas ideas tuyas. Temas como la
religión. La política ya da igual porque está en un descrédito tan absoluto que
lo más suave que puedes llamar a un político es corrupto. En otros temas hay
que ser muy cauto, porque uno tiene que saber el medio en el que escribe, los
lectores que tú tienes los heredas del medio en el que escribes y es gente que
merece siempre un respeto.
¿Le
influencia ese público?
Los
lectores que uno tiene son los amigos y gente que te conoce. Generalmente a tus
lectores les pones cara: conocidos, alguien que se te acerca en un bar o en el
metro. Les pones nombres y apellido porque los tienes cerca.
¿Algún
consejo para los actuales estudiantes de periodismo?
Los
consejos no valen de nada. Que a por todas. Es un oficio hermoso, el mejor
oficio del mundo como decía García Márquez. Que está lleno de trampas como
todos los oficios, pero hay que echarle mucho entusiasmo, coraje, arrojo y
muchas ganas. Vosotros seréis, probablemente, los que disfrutéis del
renacimiento del periodismo.
jueves, 11 de abril de 2013
Retórica semidesnuda
“Habré
de escribir un día cómo el hombre que aprende a amar, a tientas probablemente”.
Con estos versos, Cuestiones aplazadas,
de Antonio Lucas, ese gran
periodista que no deja que pase ni un día sin poesía. Con ellos, con el humo
tenaz que perfumó alguna vez el rostro de una artista como lo fue, para muchos,
Sara Montiel, y con la eterna juventud de José Luis Sampedro tal vez se pueda
afrontar la pereza literaria que despide algún que otro rugido desde la
sumergible pero impermeable barra de un bar. Poesía y nicotina: verdad e
inspiración.
El poeta en el periodismo es
aquel Quijote eterno con psicodelias en prosa. La lírica de la sinrazón, del
despecho más recóndito; la ironía de
intentar pintar un picasso con unos
pinceles quebradizos y arcaicos. Pero los trazos son los que dirigen cada
alegoría, los versos son los que desinfectan cada desastre noticiable. Ya desde
el siglo XIV periodistas y literatos devoraban a la Real Academia Española a
través de polémicas. Entre los atisbos de Mariano
de Cavia y la imposibilidad de obstaculizar una actividad, el periodismo,
franqueada por la soberbia. Pero las noticias ya se conocen o, al menos, se
desarropan; la literatura es lo que hace de un hecho una historia, de un
desfalco un final con moraleja por el que intentar sobrevivir.
Recordando a César González Ruano se tiñen los
rugidos de la barra de aquel bar con resignación e impasibilidad como la
procedente del alcohol de las comisuras de sus labios. “Nunca me interesó mucho ni
poco el periodismo como al periodismo, y lo tomé como medio más que como fin,
procurando desde mis primeros momentos hacer literatura en periódicos, más
exactamente que periodismo literario”, decía. Y es que probablemente el mensaje
siempre esté ahí, desnivelado, acosado y adulterado con etéreas
esterilizaciones, pero se puede adornar. Se puede gesticular a través de
literatura. Aderezar con las historias de a pie, con sensaciones. Confeccionar
un periodismo de símiles y susurros, de respiraciones y formas de anhelar,
concebir una retórica con una vestidura inexorable.
Columna publicada en La Opinión de Málaga el 11 de abril de 2013
domingo, 7 de abril de 2013
Simples receptores de incoherencias
“Entre
lo popular y lo masivo” de Alonso B.
es esa reflexión constante que hace de la sociedad una masa simple y
sencillamente encasillada en no ser nada. Es la consideración estimable de
hacernos manada, parte de un todo que no se inmiscuye, que no parpadea, no
reacciona, no respira.
Nos
basamos en las afirmaciones de los grandes como Gramsci, filósofo, teórico marxista, político y periodista
italiano, para respaldar estas consideraciones. Nos apoyamos en ellas porque
nos estamos acostumbrando a no poder justificar lo que decimos por nosotros
mismos.
Desde aquel Daily Courant en 1702
hasta nuestros días con la infoxicación
más indigente y mísera. Con el boom de la prensa de masas en mitad de esas dos
columnas que se derrumban: una por ingenua e indeterminada, otra por austera y
confusa.
El primer ejemplo de acceso a la información lo podemos ver con las actas
diurnas, pero a finales del siglo XVII es cuando este acceso se empieza a
generalizar para todos los públicos. La burguesía hizo que surgieran los nuevos
lectores. Y las publicaciones aumentaron gracias a Girardin, periodista y publicista francés, que multiplicó los suscriptores aumentando la
cantidad de publicidad.
Surkel
destaca
el perfil simbólico-dramático de esta prensa popular. Puro drama ya que a la
vez que algo se constituye en sí mismo para llegar a mayor número de personas,
también disminuye su complejidad, su nivel de investigación y precisión, su
información. Lo popular se hace masivo, puede que sean dos conceptos unidos, o
que simplemente no nos veamos capaces de separarlos.
La Opinión Pública que tanto defendía Habermas, acompañado por Víctor Sampedro (uno de los mejores
profesores de la Universidad Rey Juan Carlos), juega un papel muy importante en el
planteamiento de esa diferencia de conceptos, popular y masivo. La opinión
pública destaca el papel de la sociedad, lo popular, no sólo como algo masivo,
sino como un ente crítico que participa de la democracia, o lo que queda de
ella.
“Si todos los miembros de una sociedad tuvieran
la misma cultura no haría falta una cultura popular”, decía el escritor y
político Burke. Y es así, pero el
sistema está hecho para que todo esté segmentado en base a la información. Le
contestaría a Burke con una frase de Gramsci: “puesto que debemos construir el
país, construyamos directorios, enciclopedias, diccionarios”. Pero en la
actualidad lo popular es masivo, y lo masivo manipulación.
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