Cuando abrió el tablero, no encontró a la dama blanca. Solo pensó
en su desdicha en ese instante. Pretendía ahogar su furia y demostrar su
audacia. Quizá no podía ganar a su contrincante en otros aspectos en los que la
suerte le había sonreído, pero al ajedrez podría derrotarlo con una venda en
los ojos. Sin embargo, aquellas dieciséis piezas, de las cuales disponía a sus
anchas sobre los escaques en cada partida, lo hubiesen alzado a la gloria. Solo
quince eran las que yacían ahora en la entropía de un blanco y negro deteriorado.
Tal vez, ya era tarde para reconciliaciones. Ella se había fugado dejando al
azar como evidencia y su reloj como muestra de estrategia.
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martes, 8 de marzo de 2016
El malabarista de recuerdos
Mi vida yacía tendida a falta de respiración
asistida. Despojado de sensaciones rutinarias
y acunando pretenciosas verdades absolutas, me disponía a decir adiós de
nuevo. Tanto afán de independencia había hecho de mí un hombre solitario que,
como habitualmente, se apresuraba a averiguar con prisa la dársena que le
correspondía.
Ya me había acostumbrado a
viajar de un lado a otro, por una causa precisa o buscando alguna en otro
lugar. Como Unamuno me afirmó en uno de mis traslados: “Se viaja no para buscar
el destino, sino para huir de donde se parte”.
Poco a poco me sumergí en aquel
mundo de cruces de miradas y asentimientos con la cabeza. Al principio, me
encontraba nervioso por desconocer paradas y trayectos. Pero asimilé la belleza
de esa sensación de incertidumbre.
Siempre con música, algún libro
y una libreta de notas para recordar historias fruto de mi imaginación y de mis
impulsos. Me sentaba en el asiento del autobús que me había sido asignado y
colocaba todas las cosas que portaba en el asiento de al lado. Siempre elegía
asiento con ventanilla para mirar hacia el exterior pretendiendo acoger todo el
paisaje en mi mente.
Concretamente prefería los
asientos que se encuentran justo en medio de una ventana, separados de los
marcos para tener una visión más amplia. A su vez, también los escogía
deliberadamente para estar alejado de las cortinas. Incluso cuando el sol
penetraba por el cristal, optaba por permanecer observando por el ventanal.
A veces, cuando alguien se
sentaba a mi lado, quedaba sorprendido por las historias que sin conocerme me
contaba. Algunas señoras mayores lograban asombrarme. Diversas situaciones muy
peculiares se amontonaban en cada viaje en mi libreta de notas.
Con el tiempo, fui haciendo mía
aquella sensación. Exceptuando muy pocas ocasiones, siempre viajaba solo y lo
prefería así. Cada vez que tenía que hacer un viaje lo organizaba al milímetro
y esperaba con afán que llegase ese momento.
Los trayectos los vivía como un
cambio de dimensión, pero despacio para asimilarlo. Rutinariamente tenía que
cambiar de lugar y consiguientemente de forma de actuar. Pasaba de un ámbito de
mi vida a otro totalmente diferente: del familiar al universitario, del de
pareja al laboral, del de ocio al de obligación… Estos cambios entrañaban un cambio
de registro que se me hacía más fácil y llevadero al pasar por el placer de
descansar mis preocupaciones e inquietudes de parada en parada del autobús.
La mayoría de las veces que me
trasladaba a algún lugar nadie me acompañaba para decirme adiós y nadie me
esperaba para darme la bienvenida. Pero me gustaba así, dejando atrás de forma
brusca un mundo para adentrarme en otro. De hecho, en los momentos en los que
por alguna razón alguien me acompañaba a las estaciones me sentía incómodo.
Pero si recuerdo algún momento
con precisión es, sin lugar a dudas, cuando Andrea me acompañó a la estación.
No me sentí incómodo, al contrario. Previamente el día anterior me comentó que
iría a la estación de Atocha a despedirse de mí. Un acto que me pareció
demasiado bondadoso viniendo de ella.
Consecuentemente ese día
organicé la maleta milimétricamente, como si incluso al despedirse fuera a ver
lo que había en su interior. En mi monótono estilo de vestir me las ingenié
para parecer más compensado. Inclusive pensé meticulosamente en el resultado
final de mi aspecto. Conocía a Andrea desde hacía varios años y sabía
perfectamente lo que le gustaba. Por lo que me procuré una presencia que no
suscitara ni elogios ni destacara defectos. Me propuse ser, para la última vez
que nos íbamos a ver, alguien con apariencia elegante pero desenfadada.
Respiré profundamente. Pensé
comprar algo para dejárselo como recuerdo, pero lo creí inoportuno porque
denotaría mi tristeza. Irónicamente, ella y yo sabíamos que volvería a Madrid,
pero por alguna extraña razón conocíamos que ese era el momento indicado para
separarnos, el momento clave que dejaba abiertas las despedidas solitarias.
Llegué pronto a la estación,
tanto que no sabía qué hacer, cómo comportarme, dónde quería que me encontrase.
Quizá haciéndome el desinteresado en un bar, hojeando libros para dejarle la
impresión de ser un intelectual o simplemente sentado a la espera para que
supiese que era a ella a la única que quería ver.
Pasaba el tiempo e incluso
llegué a pensar que se había olvidado de mí. Compré el billete y, cuando me
dirigía a buscar la dársena, una mano congelada tocó mi espalda. Me di la
vuelta, estoy seguro de que notó como se ruborizaban mis mejillas pero adopté un
comportamiento cruel. Una pose fría que había copiado de ella: como si no me
importase nada, como si las cosas no tuviesen valor, simplemente sucedieran.
Andrea siempre tenía prisa y
miles de cosas por hacer, así me lo hizo saber una última vez. En realidad nos
despedimos: ni un abrazo, ni un beso, ni una palabra de las típicas que se
suelen decir en estos momentos. Solamente me dijo que así estaba mejor,
refiriéndose a mi aspecto y a mi forma de actuar. No se daba cuenta de que poco
a poco había ido copiando su comportamiento. Yo era una copia deliberada de
Andrea.
Me dirigí a bajar las escaleras
mecánicas. Siguiendo mi instinto respecto de lo que creí que ella haría: no
miré hacia atrás. Siempre me quedó la duda si ella pensó lo mismo o incluso
volvió la mirada. Pero yo no lo hice. No sé cómo bajé las escaleras sosteniendo
un libro en mis manos. Estuve tan concentrado en cómo debía comportarme que no
me había dado cuenta cuándo ella lo depositó allí. Era un libro sin
importancia, como todo lo que ella solía hacer: sin importancia, sin objeto
alguno, sin intenciones. Un libro sin más, que seguramente alguien le habría
regalado a ella.
Andrea tenía la filosofía de
que si no le das importancia a algo no la tendrá. Por eso no guardaba nada con
aprecio. Así que coloqué el libro al lado de mí, muy cerca del hueco entre los
dos asientos, lo dejé adrede en una posición de caída segura o de olvido si
esto no llegaba a suceder.
Sentado ya en el autobús a
punto de salir de la estación, centré mi mirada en la gente que se despedía
desde fuera del autobús. Nunca había tenido envidia de esa sensación, pero me
pareció curioso. Andrea se fue incluso antes de que hubiese bajado las
escaleras para encontrar la dársena. Nunca nadie que acompaña a alguien a la
estación se queda a unos pasos del límite. Siempre el acompañante es aquella
persona que llega hasta el momento final, inclusive están los que hacen señales
desde fuera del autobús como si no hubiesen tenido tiempo de hablar o los que
suben al autobús para ofrecer un último beso.
Recliné el asiento y me dispuse
a leer el libro que había preparado para este nuevo viaje. Aún quedaba impreso
en mis ropajes el olor a tabaco barato de Andrea. A veces era vomitivo; otras,
delicioso.
“Los viajes son los viajeros.
Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos”. Fernando Pessoa ocupaba
ahora todos mis sentidos. Me parecía un ser maravilloso. ¿Por qué no podía
estar loco si es lo que pretendía? Me di cuenta de que la gente no nos conoce
como verdaderamente somos. Podemos parecer personas correctas y sencillas y
esconder en un baúl más de 25000 escritos en los que utilizamos 72 heterónimos.
Yo solo había tenido compañía
en mitad del trayecto y ahora ya llevaba más de media hora en el autobús. Había tenido una despedida sin despedida. Un
gesto que si no fuese por el libro que me había regalado parecería un sueño.
Pero el libro ya no estaba.
sábado, 31 de octubre de 2015
El día en que me robaron el alma
Llovía en Madrid. Llovía mucho. Como si la ciudad
llorase la llegada del otoño. ¡Qué ironía! Miraba hacia el suelo mientras la
gente se chocaba contra ella. Contaba los zapatos coloridos que esperaban ansiosos
el sol en mayo pero se ahogaban a cada paso. Los charcos mostraban la nostalgia
y la transformaban en una especie de ira con miedo escénico.
También contaba las gotas de agua que caían dónde no debían: una en una
fuente aplastada por estridentes deseos, otra en un gran charco manchado de
sombras que ya no sobrevivirían. Gotas de agua descendiendo por sus mejillas.
En un hipotético caso, podrían ser lágrimas pero no se notaría.
Subió la mirada después de un buen rato navegando entre pequeñas
tormentas y se sentó en la esquina de una librería. Le gustaba imaginar -
con la lluvia era más fácil – que su nombre aparecía en todos los libros. No
como autora, eso sería demasiado fácil, sino como protagonista o, mejor aún, como
musa.
Las gotas de agua acariciaban los cristales de aquella librería. Era
sorprendente cómo un sitio tan pequeño podía encerrar tantas historias. Tantos
lamentos y momentos felices, tantos suicidios y formas de hacer el amor, tantos
asesinatos, tantos te quieros.
- ¡Que se pare el mundo! ¡Parad! ¿No
veis que en realidad afuera no llueve? ¡Es dentro (en las librerías) dónde se
desgarran los llantos y las lágrimas rebotan en vuestra indiferencia!
Pero el
mundo no contestó. Paró de llover como paran los coches en el arcén cuando se
estremecen los motores. Al menos lo había intentado. Había gritado hasta
quedarse sin voz, hasta detener el tiempo en aquel momento, hasta llorar por la
lluvia. Algunos paseantes se quedaron asombrados reflejando en su cara la
definición de locura más locuaz y furiosa. Otros rieron simplemente, como si
ella formara parte de una actuación, de una forma de teatro en la calle. Pero
al final todos se fueron, como se alejan los niños al moverse un mimo con alevosía.
domingo, 23 de marzo de 2014
El ruido doloroso del silencio a media noche
Me había estado persiguiendo durante mucho tiempo y yo
había estado esquivando desde el principio mis propios deseos. Pero ya era
tarde. Fingí que ya nadie me vigilaba ni me escuchaba tras la puerta. Escondí
las respiraciones que caminaban tras de mí dibujando una silueta insoluble.
Dejé que me encontrara sin oponer resistencia.
Durante días, aparenté haberme
olvidado de él, como si no estuviera, como si aún tuviera derecho a
desaparecer. Y elegí una noche para que acabase todo esto. Miré el reloj, me
apetecía decidir sobre la propia suerte de mi asesino. Reconozco que me vestí
de color rojo a consciencia, me puse aquellos pendientes con los que le vi por
primera vez. Los zapatos eran de charol, de esos tacones que dejan tras de sí
un eco inmune. La chaqueta me iba a estorbar, así que la coloqué en la percha
para que cuando te llamaran para recoger mis cosas de la habitación no
estuviera arrugada. A parte de eso, solo llevaba rímel deseoso de acariciar mis
mejillas paralelo a diluidos salinos.
Salí a la calle hasta
encontrarme con sus pasos. Él ya no se escondía. Manteníamos la misma distancia
que separaba las esquinas de nuestra cama de matrimonio. Adoraba el olor a
césped recién cortado, el ruido doloroso del silencio a media noche, las farolas
que se acuestan porque sí. Me dirigí hacia el lugar donde me di cuenta de que
me perseguían por primera vez. Detuve mis pasos, me giré hacia atrás y le miré
a los ojos. Me sonrió y le rocé los labios con mis dedos fríos y temblorosos.
Con la mano izquierda me acarició el pelo, con la derecha me dibujó un río de
delirio que se desbordaba desde mi pecho. Sentí calor, mis mejillas empezaron a
tornarse cálidas a la vez que tiritaban. Notaba cómo mis costillas se iban
despedazando hasta que, por fin, una punzada rozó tan dentro de mí que me hizo
esbozar una sonrisa. Un nudo en la garganta pudo detener mi forma cruel de
darle las gracias.
No sentí nada más, creo que me
duele ahora más que aquella noche. Sólo recuerdo que se volvió tembloroso y me
puso su mano en el pecho para frenar el río que se me desbordaba. Introdujo su
mano en mi pecho hasta hacer que formara parte de mi cuerpo. Aún siento sus
dedos enlazados en la incoherencia.
martes, 14 de enero de 2014
El afán perdido de un proverbio
Algún día yacerán los compromisos blindados por las
azoteas, el grito del viento acunará las almas perdidas y el destino será sólo
el afán perdido de un proverbio. Algún día no muy lejano, espero, se
arrastrarán por el suelo las cordiales distancias. Alguien hablará de la
soledad y todo aquel suspiro inocente le dará una bofetada en ese victimismo
cruel. Llegará el tiempo en el que se partirán las esquinas de las horas y el
vestido de las manecillas del reloj arropará los futuros.
Alguien me dijo que las promesas son las formas
encubiertas de decir `no´, a ese alguien le debo mis principios, mi bufanda
contra el frío, mis maneras sin formas. Escribir es lo único que no le debo a
nadie. Escribo por necesidad, por escribir, por la tozudez absurda de buscar el punto y final en un
título que denota los delirios de un teorema de Silvio Rodríguez. El punto que
es la bisagra que intenta unir un impulso barato de nostalgias y gritos de
impotencia. El planeta está lleno de puntos finales perdidos.
Sin embargo, nadie me habló de compañía. Nadie
canalizó los roces inconscientes de la cobardía. Parece que la temperatura de
las sonrisas ajenas se mide en monedas de misericordia. Y un niño llora en la
calle. Parece que las reuniones de similares se cuentan con la literatura innecesaria
de los desvanes de temor. Y las lágrimas del niño desnudan la verdad de un mundo
que necesita grupos de afines para no desentonar, conjuntos de iguales que sólo
están ahí para los puntos en común.
Algún día, cada cual tiene el suyo, se dará cuenta
de que no hay que preguntar para recibir un ``sí´ o un `no´, no hay que buscar
para encontrar ese algo que se destila en el lugar de los objetos perdidos, no
hay que pedir para obtener o perder definitivamente. No hay que derivar en
testigos para subsanar la incertidumbre. Sólo hay que escribir para que, al
menos, ese día exista un momento.
domingo, 1 de septiembre de 2013
El último lector
Me surge un dilema, un conflicto, casi una batalla
de tantas que se desencadenan en mi guerra particular cuando mis sentidos se
enervan. El silencio es mi fiel aliado, cuando él no está finjo ser una persona
más de esas que caminan cabizbajas para sí mismas. Pero inconscientemente lo
busco, lo necesito cada vez más. En realidad no sabría explicarlo. Quizá no lo
entienda ni yo. Fuera todo son voces y a veces consigo sumergirme en ellas sin
que nadie averigüe mi camuflaje. Pero otras veces no puedo esconderme. Dentro
de mí las voces se escuchan más fuerte y entonces debo de silenciar las voces
de fuera para expulsar las de dentro. Es algo así como un límite que debo
controlar, el hilo de seda mental de un equilibrista.
Existen dos formas de controlar
esa locura: una es intentar hablar con esas voces interiores, contradecir todo
lo que digan, negarlas y esperar. Otra es escribir, comercialmente a esta
locura se le llama inspiración pero el que escriba por necesidad sabe que en
realidad es la única medicación que contrarresta esas voces. Lo demás es sólo
dinero.
lunes, 29 de abril de 2013
Ira con miedo escénico
Llovía en Madrid. Llovía mucho. Como si la ciudad
llorase la llegada de la primavera. ¡Qué ironía! Miraba hacia el suelo mientras
la gente se chocaba contra ella. Contaba los zapatos coloridos que esperaban
ansiosos el sol en mayo pero se ahogaban a cada paso. Los charcos mostraban la
nostalgia y la transformaban en una especie de ira con miedo escénico.
También
contaba las gotas de agua que caían dónde no debían: una en una fuente
aplastada por estridentes deseos, otra en un gran charco manchado de sombras
que ya no sobrevivirían. Gotas de agua descendiendo por sus mejillas. En un
hipotético caso, podrían ser lágrimas pero no se notaría.
Subió la mirada después de un buen rato
navegando entre pequeñas tormentas y se sentó en la esquina de una librería. Le
gustaba imaginar - con la lluvia era más
fácil - que su nombre aparecía en todos los libros. No como autora, eso sería
demasiado fácil, sino como protagonista o, mejor aún, como musa.
Las
gotas de agua acariciaban los cristales de aquella librería. Era sorprendente
cómo un sitio tan pequeño podía encerrar tantas historias. Tantos lamentos y
momentos felices, tantos suicidios y formas de hacer el amor, tantos
asesinatos, tantos te quieros.
-
¡Que
se pare el mundo! ¡Parad! ¿No veis que en realidad afuera no llueve? ¡Es dentro
(en las librerías) dónde se desgarran los llantos y las lágrimas rebotan en
vuestra indiferencia!
viernes, 16 de noviembre de 2012
1. Señales de tráfico de inocencias
Vivía en un pequeño piso en Madrid, la ciudad que no
es nada sin papel de liar. Era un piso a las afueras, quizá en otro universo.
Escocían los pasillos, las fotografías, los portazos. Todo era un vaivén de
suicidios que alarmaba la pereza.
El piso era un pack de
supervivencia, con sus lamentos y bisagras. Recóndito el poblado, aquel puzle
de habitaciones sin más se constituía como inocencia emergente. Las ventanas
eran solo eso, ventanas. Poca decoración, pocos libros y miradas. Había una
cocina que casi nadie usaba, simplemente guardaba estantes de vino en oferta y,
no sabía por qué, una colección de tazas de café utilizadas para los últimos
tragos de vodka.
Dos habitaciones. Bueno, tres,
más la suya. Porque su cuarto era un infierno. Las teclas del ordenador se
derretían en el parqué a balazos. Había posters, escogidos a dedo, los que le
habían regalado por casualidad. Una cama con un mísero desaire y una entropía
desgarradora.
Luego estaba ella. Sentada en
la ventana. Era un segundo piso, sabía que si se tiraba no le valdría de nada.
Quizá un par de costillas rotas y el bofetón de su tía en el alma. Impotente,
quemaba cigarrillos en la persiana. Los pies le colgaban hacia el vacío
indefenso de un jardín sin flores. La imagen sería perfecta en un poema de Alfonsina
Storni: vestía de negro, ella, pelo largo también del color de la oscuridad más
sublime con ligeras ondas que despeinaba. La silueta era un verso en el más
patriótico resquicio.
Se bajó de la ventana
sosteniendo en su mano derecha el llanto y salió del piso sin hacer ruido. De
un portazo quebró a llorar. Lloraban los pomos de las puertas, las farolas, los
pasos de cebra. Derramaban lágrimas los bancos del parque, los columpios. Las hojas del otoño sollozaban a la deriva.
viernes, 26 de octubre de 2012
Poesía en la bañera
Furiosa pero tranquila. Amaneció así, entre las orillas de una poesía que se desbordaba por los costados. Sumergida, en el
interior, pero sin estar totalmente dentro. Tumbada en una bañera.
Los dedos de sus pies parecían
dulces pasas, salvo por el sabor de la cal del agua algo templada que seguía cayendo.
Los dedos de las manos eran cutículas perversas que aguantaban todo su peso
para que no flotara en la superficie. Doloridas, las manos, casi dormidas en su
intento de ser mayor. El resto de su cuerpo era como un vaivén de
contradicciones. Un pez, tal vez, con aletas sumisas y respiración asistida.
Tenía en una mano el anillo que
le había regalado su madre, quizá el único que le habían regalado, que se
reflejaba en forma de cinismo. Y un vestido rojo, muy rojo. (No recordaba la
razón por la que se había metido en la bañera vestida, pero allí estada.) Aquel
atuendo tan colorido llevada un lazo a la espalda, con la misma función que las
cuchillas de afeitar que utilizaba R.
Bonito lazo, preciosa usura.
Debajo del agua todo le parecía
eterno, más sofisticado por las fisuras. Todo se veía con destellos de sutileza
y traición, de pasión y descaro. Eran las gotas de agua, las que seguían, haciendo
alarde de la fuerza de la gravedad, susurrando cosquillas entre su meñique del
pie izquierdo. Eran suaves y calmadas, pero sus oídos le decían lo contrario.
Inmerso su rostro en un mar de hipocresía, el eco agregado de aquellas gotas de
agua rozaba sus tímpanos con la delicadeza de una aguja oxidada. Pero eran los círculos,
el efecto de las gotas en la superficie, lo que la mantenía en el fondo de
aquella bañera.
Dirigió su mirada hacia la
superficie esquivando tales círculos y, con el más puro sosiego, observó cómo,
paralelas a sus pupilas de luciérnaga, flotaban un par de miopías cansadas de
estar en cautividad. Estaban allí, justo encima de sus ojos acaramelados pero
cansados del sabor a sal. Dos lentillas conservando su dosis de falta de
enfoque hacia lo lejos y más de lo mismo de astigmatismo. Las veía tan frágiles
y solitarias, pero valientes. Tras un largo viaje, más bien unos minutos, las
lentillas habían decidido liberarse de su cordura.
No veía ni oía nada más en ese cuarto de baño
que había decidido adueñarse de ella. Solo las gotas de agua y las miopías flotando.
En un intento por mantener las gotas de agua encarceladas, movió el pie
izquierdo, cansado de cosquillas, para cortar el grifo. Desorientada en su devenir,
por la penetración exquisita del agua tibia en su cuerpo, decidió que la
derecha era la izquierda. El agua comenzó a caer a borbotones con una
temperatura más acorde a su piel, haciendo que involuntariamente (o eso creía)
introdujera rápidamente el pie en el sitio en el que había estado hasta hace un
momento. En ese balanceo de regreso, algo cayó en la bañera.
De repente los ojos le escocían
y el agua se volvió roja por momentos. Un suspiro la despertó del infierno. Así
comenzó todo.
domingo, 23 de septiembre de 2012
Sólo verbos: En las sandalias de Madrid
Creo que borré mi libro antes
de escribirlo y por eso ahora leo en voz muy bajita…
1. En
las sandalias de Madrid
El período lectivo siempre acontece de un modo
inconsciente, casi inhóspito. Desolador lleno de vagos recuerdos. Proporcional
a la cantidad de rencor que se iba acumulando en una parte de mi pequeño
infierno.
Se había acabado el verano, en realidad nunca lo
había inaugurado oficialmente. Mi alma, o lo que quedaba de ella, yacía en un
piso sin nostalgias ni te quieros que bordeaba las sandalias de Madrid.
Todo había ocurrido muy rápido, justo ese día se
había ido la persona que más tiempo había estado a mi lado; sola en la ciudad
había emprendido el arriesgado proyecto dejar de fumar. ¡Justo ese día! Y me di
cuenta de que siempre necesitamos algo que nos vaya matando lentamente, pero
sobre el que tengamos el poder de modificar sus dosis dependiendo de las ganas
de incrementar el sentido agonizante de la supervivencia.
La adolescencia iba pasando a la vez que me
resignaba a pensar que yo nunca tendría de eso. Nunca en el hipotético caso de
que tuviera algo.
Madrid, la
ciudad de tus deseos, y un poco de septiembre o algo así.
sábado, 1 de septiembre de 2012
Algodón de azúcar
Y entonces todo se
resume en un algodón de azúcar. La forma en la que un mordisco parece ser
inestable en la dulzura, pero todo se derrite. Se dilata en la inmensidad de un niño hambriento de
locura. Un niño relativamente…
Pintarse los labios
con permanente rojo y desayunar Bob Dylan con café…
Me gustan los amaneceres
a las tres de la tarde y acostar por discriminación a la luna a las seis de la
mañana. Enamorar tu egoísmo y poner nerviosa tu forma de andar. La independencia
sobre todas las cosas, porque nací así. Creo…
Me gustan los
puntos suspensivos porque resguardan la mejor definición de mi misma. Una
película de suspense, palomitas con chocolate y vodka caramelo. Siempre en los
asientos de atrás un miércoles por la noche…
Recordar lo que no
pudo ser porque dio paso a otras cosas que debían serlo. Pasar páginas de mi
biblia personal. Nunca leerlas. Sólo reconocer su olor a pasados inéditos y
reír.
También enfadarte.
No puedes hacer nada para que deje de ser así. Es inevitable. Eres inevitable.
Lo nuestro es inevitable. Has de aceptar mis locuras, vienen por defecto. Hasta
escribir con el cigarrillo en la mano, pantallazos de humo, teclado de ceniza;
la vida es un borrador.
Post 110, 1 de
septiembre, hora de despertarse
Knockin' On Heaven's Door
;-)
miércoles, 25 de julio de 2012
Anticuentos para no dormir
Me pides que escriba un `algo´, una historia quizá,
nuestra historia tal vez. Y es difícil. Mucho. Porque cancelas mis metáforas,
que son como mi forma de ser. Entonces ¿qué debo hacer sin mis formas?
Creo, firmemente, que el diseño de mi personalidad no
admite remodelaciones. Es como una reliquia que he de guardar, la única, si no
cuento contigo.
Por eso, la palabrería de `había una vez´ no me
sirve en la distancia. Empezaré con `Supuse que habría alguna vez…´
Por suponer, desperté de un sueño en el que nunca
había utilizado peluches. Tú ya sabes, ositos para no dormir.
Y es que una vez existió una niña que nunca dejará
de serlo, pero le gustaba ser así. Sonreía siempre, creo. Esa niña nunca había
dormido con peluches, de hecho nunca le habían llamado la atención. Aún así
alguien había llenado su habitación de miles de ellos. Pero huyó y se creó su
independencia infantil.
Caminaba sobre su literatura imperfecta a la vez que
saboreaba el humo que la tranquilizaba y la mantenía en su imperfección.
Un día, o una noche, llego un peluche llamado `Osito´
que le llamó la atención. Él, seguro (en teoría) de sí mismo, pensaba que la
había atraído por eso, pero no. La seguridad es banal en un mundo en el que
nada es seguro.
Ella deambuló a su lado durante un tiempo porque se dio
cuenta de que el osito era sólo una apariencia creada por un hombre que no
sabía destapar su romanticismo innato. Osito se consideraba a sí mismo alguien
con `un gran interior´ pero no sabía que
le faltaba lo esencial: esa locura de niño.
Él se encariño con la niña perenne. Quería cuidarla,
mimarla, aconsejarla… Pero no se daba cuenta de que la agobiaba con tanto
concepto innecesario.
De repente,
ella descubrió por qué Osito la mantenía a su lado, él pedía ayuda a voces.
Dentro de ese peluche controlador y calculador existía alguien que necesitaba
libertad. Necesitaba sentir, Necesitaba un anticuento.
sábado, 14 de julio de 2012
Té con canela
Siempre he sabido que soy mortal. Cicerón tenía razón. Bueno, tenía razón
en casi todo. Por eso ella había regresado a su pueblo, simplemente para
saludar y confirmar una existencia evasiva. Estaba ahí. Colocada encima de su
cama, entre sábanas deshechas y cojines por doquier. Estaba en el centro de un
tumulto de inquietudes que la gente normal no podía descifrar.
Se concentraba en algo que surgía por ciencia infusa
a la vez que intentaba diluir en su taza de té los sonidos (o, mejor dicho, los
ruidos) que ese juego de pelota tan sobrevalorado despedía por la televisión de
papá. Porque era suya. También recolocaba en el lugar de los conocimientos
rotos el crujir de los platos de mamá. Siempre tan servicial, demasiado. Luego
coches y conversaciones ajenas que desataban un dolor de cabeza muy de pueblo.
El té con canela. Normalmente té rojo.
Ella se proporcionaba a sí misma su dosis diaria de
nicotina visual y sumergía por completo sus pupilas en ella. Sabía que sus ojos
no eran verdes o azules, como el mundo esperaba de una secretaría de lo
imperfecto, eran mejores. También conocía el secreto de su inestimado perfume a
sal. Un mar que apestaba en el centro.
Por otro lado, se podía decir que sus manos
despedían caricias falsas. Le molestaba cualquier anillo u ornamentación de
pegamento. Toda decoración exterior era símbolo de compromiso, un compromiso
que le asustaba. En base al resto de sus cualidades, hay que anotar, como en un
diario secreto, que empezaba a valorar sus feminismos perversos y la agonía de
sus recuerdos. Era como aceptar la finitud del orbe sabiendo que en la
imaginación todo puede cambiar. De hecho, lo cambió.
martes, 3 de julio de 2012
Madrid o literatura a balazos
Sólo eran `pequeñas semillas de romance floreciendo
en la Sabana´. Lo decía El Rey León.
Porque siempre son pequeñas…
Madrid con el sutil aleteo de unos zapatos descalzos
y un olor sin mar. El estrecho ser de algo que parece intermedio, intermediario
de poesías urbanas. Justo en el centro del astro, lo que llaman Sol. Creo. Luz
tenue de media noche y su forma. La silueta de aquello que, en un imaginario
perfecto, suaviza el tacto de lo sublime. También osos y madroños.
Restos de bocatas de calamares y paseos. Desencadenantes
caminatas de compases, esos momentos en los que no sientes los pies al pisar
Cibeles plagadas de `eses´. Sólo andar. O correr. Visitar de un vistazo los
rincones de una literatura a balazos y combatir en la guerra de los versos.
Madrid es cubrir de pedacitos de bromuro el tumulto
inconsciente. Acento accidental delicatessen y otras cenas. No respirar, porque
es inútil, superfluo; innecesario manchar de suspiros un atuendo nublado.
Bochorno en la sabiduría o la ciencia imperfecta de tu saber.
El Julio por la mitad y agosto con prepotencia. En el
corresponsal por excelencia de guerra. Y más bromuro.
lunes, 21 de mayo de 2012
Microrrelato III: Bostezo autodidacta
Hace sol y mayo bosteza en mi barrio. Se acuesta.
Lleva una chaqueta de las rebajas, aprovechó la pasada cuesta de enero. Las monedas que despide a balazos su chaqueta bucean entre sus dedos anhelando cervezas frías, tan frías que consigan congelar los deseos de verano, o no.
Fue una siesta repentina la que volcó aquel `preciado´ mes de exámenes sobre la tapa recalentada que yacía entre los restos de su corbata y las migajas de cansancio, y resaca.
No llegó a cerrar los ojos cuando el bar se convirtió en su utopía. Y, apoyando los restos del café, que no había tomado, en la esquina de una mesa con heridas de borracheras vacías, viajó en el tiempo.
Estaba cansado de planes, de Bolonia y tal. Fatigado de nostalgias en forma de apuntes prestados y power point disfrazados de Señorita Rotenmeyer. Asustado por los tipo test sin tipo. Harto de recortes sin anestesia general.
Por aquello de soñar despierto, o más bien por aquello de soñar (simplemente), destrozó un rayo de sol. Imaginó un mayo sin charol ni camisa, un mayo que flotara en el pasado para no ahogarse en el futuro. Que guardara lo mejor de los buenos tiempos pasados para los venideros `bonitos´ y `baratos´.
Dejó, entre cabezadas, los libros de `teorías´ justo en la orilla. Olas de doctorados que ya no concluían en arrogancia post matriculas de honor en empollar. Lo dejó todo. El embarazo (septiembre - junio) había pasado.
Cayó en el sueño profundo de un mundo, autodidacta por excelencia, en el que los chiringuitos de playa regalaran un poema por cerveza, un relato por tapa, una historia por sólo tomar el sol en la playa.
Imaginaba que la educación ya no era adiestramiento y/o pedagogía de descuento; era un fluir de experiencias sin ornamentos ni políticas populares. Además, justo a las 24:00h, cual Cenicienta sin zapato, las hogueras iluminaban la noche. Todos se reunían, como un San Juan sin el `Don´ alrededor de un calor sin florituras, en torno al fuego. Era algo así como “El club de los poetas muertos”. Toda cultura era experiencia frente al mar.
Las facultades dejaron espacio a grandes bibliotecas de conocimiento (véase la Biblioteca de Alejandría o la de Pérgamo) 24 horas, en la que sacar un libro no tenía fecha de caducidad.
Dice que en aquel sueño había aparecido un niño, un pequeño entusiasta de la lírica que no podía haber estudiado sin esa fantasía. De clase baja, impaciente en el hervor de la impotencia que le causaba la injusticia. Menor de edad en el amanecer de las letras pero anciano en la voluntad. Cualquier joven, llámese pijo o cursi con IPad 3, hubiera quedado por los suelos a su lado.
Y su utopía sirvió para eso, para que las becas se convirtieran en oportunidades (lo que deberían ser), no en luchas enmascaradas de no sé cuantos mil euros canjeados por viajes.
El sueño duró poco, la cerveza empezaba a recalentarse y el sol comenzaba a deshacerse. Rozó sus ojos encontrándose entre sus pestañas para despedirse de aquel niño. Lo saludó desde lo lejos y sonrió mirando las forros de plástico con contenido inflamable que parecían sostenerse en sus piernas. Se burlo de la tecnología, de los ministros (sociólogos a la vez), de los títulos de domesticados…
Por supuesto, ahora se va a la playa.
jueves, 10 de mayo de 2012
Había una vez…
Había una vez… Precioso comienzo para terminar asustando perdices. Un principio tan comercial como convencional y adverso. Palabrería a precio de ganga.
Así, de ese modo tan monótono en una infancia de uniformes creados, surgen los minúsculos sorbos de vino, vino embotellado por restricciones. Obligaciones y cosidos presentes que necesitan un minuto de silencio, o más, para respirar, suspirar escondida de todo cuanto rodea lo que por defecto es ya fingido.
Había una vez, y creo que no se volverá a repetir. Fue puntual, silenciosa y mimada en el
extremo de malcriada con Chupa chups de inocencia. Irreal hasta en los sueños, o pesadillas. Creo que, en realidad, fue una pesadilla. Entre sábanas blancas de amor a primera vista y cojines para apoyar desmayos a causa de fumar ideologías; almohadas con dolor de cabeza y pastillas entre colchones a punto de la depresión. Delirios propios de una musa aficionada a matar la inspiración ajena.
Una vez, una pesadilla, que despertó sudada por un verano imaginario. El rojo de las uñas de los pies se me deshacía por tus rodillas al recoger abrazos desde el miedo. Y la luz, el reflejo de tus ojos con marca de agua, acuchilló la noche.
Pero me conformo con que haya existido esa vez, aunque sólo una. Ya me he resignado a desgastar bostezos al alba. Ya me he acostumbrado a eliminar retóricas en las prácticas matinales para parecer correcta, a imaginar cantautores como presidentes y democracias literarias. Me he acomodado a lo `real´ que no por ello menos ficticio que lo imaginario. He adiestrado, quizá sin éxito, los versos que desprenden mi rímel en tu mirada. Metáforas para subsistir.
Había, y tal vez todavía está sentado en aquel sillón del cine, en el que sólo secuestraba el olor de las palomitas para ralentizar el paso de los fotogramas. Puede, que aún guarde el ticket de teatro o el dolor de los impuestos del tabaco. Que se queje de los sollozos de la habitación de al lado y sonría al besar despacio. Quizá el calentamiento global descongele los polos de sus labios.
miércoles, 25 de abril de 2012
Microrrelato II: El trayecto del café
Da igual que el viento anhele sustancias químicas, que las distancias acorten miradas en milímetros de parpadeos inestables, que las hojas ya no caigan. Da igual que la lluvia moje, empape caricias, roce abrazos… Da igual, que el café, sólo, comparta ojeras. No importa, da igual. Las puertas se cierran cada mañana.
En ese lujurioso vehículo cosido de excentricidades. En ese hospital de enfermedades raras, incurables, domesticadas. En el autobús, que transporta material defectuoso a las 8:00h de la mañana, justo cuando el sol se quita las legañas, perezoso de la monotonía desvirtuada. En ese lugar.
Siempre las mochilas y bolsos mezclan sus edades en paradas de autobús, a partir de ese líquido miscible todo comienza. Historias, sueños, amores. Y sí, justo en ese momento en el que las puertas pliegan sus manantiales metálicos y las bocinas y monedas imitan el sonido de la tragedia, la calle se paraliza.
Dentro de ese transporte de miradas, entre una metáfora de clases sociales (que en el fondo son la misma) y la tormenta perfecta, las paradas se deshacen. Se destruyen ráfagas inmensas de planes imprevistos y, luego, todo vuelve a caminar cuando el carruaje doméstico recorre la ciudad.
La gente aprieta sus mejillas contra cristales construidos a base de vaho mitificado. Los niños se arropan en la falda de su mamá. Los ancianos pelean frustradamente contra las ironías de los canallas de barrio. Mientras, todo se resume en un suspiro, solitario impacientado, que se encuentra en la esquina de aquél habitáculo.
Y sigue pasando gente, canjeando sonrisas por paradas. Se prolonga el ruido de una mañana inconsciente. Como todas, o no. Persiguen las hojas de periódico, descolgadas ya del diario, junto a un trajeado señor con aritmética mirada persuasiva.
Continúan las paradas solicitadas resaltando un rojo fervoroso. También los balanceos de maletas. Los lloros de los niños con baberos de codicia. Todo permanece intacto ante el giro continuado de las ruedas. De pronto las puertas se abren.
lunes, 16 de abril de 2012
Mis primeros 80 años
` ¿Qué quieres ser de mayor?´ Me preguntaron una vez. Miento. Una vez, no. Son preguntas que se hacen constantes con el paso del tiempo y atormentan, sobre todo, los dieciocho libertarios. Son palabras que se hacen irónicas cuando el contorno de la edad se hace perenne.
Ya desde el patio de colegio, entre falditas inocentes y piropos desfasados, se desprende un ` ¿qué quieres ser de mayor?´ Desde ahí y para siempre.
Con la mirada ingenua, inexperiencia, pero con el control imaginario de una veteranía sobrada, las respuestas a esta pregunta se hacían monótonas, se me hacen monótonas. Mis contestaciones, me acuerdo perfectamente, se remontaban al ingenio de lo inesperado. Siempre dando pasitos atrasados hacia un futuro incierto de infantilismos políticos provocados para ello. Risas por no saber qué decir.
Recuerdo rizos, alboroto ondulado impaciente, alboroto también en las mejillas. Y mi respuesta utópica camuflada en una imagen. Una alegoría en forma de olor a mar, con una mesita de madera rasgada de literatura imaginaria, o no. Y mareas subiendo con la luna en unas pupilas jubiladas. Y sabor a sal. Y sillas vacías, menos dos hamacas: la que ocupaba una melena nívea manchada de pequeños reflejos perfumados y la que una niña pequeña destrozaba a sonrisas.
Eso era lo que quería ser de mayor, sólo eso ¿para qué más? Simplemente eso y sin mayores pretensiones.
Quería ser esa mujer, con los ochenta en las arrugas de la sabiduría, que se conformaba con pequeñas caladas de cigarrillos con parkinson, con beber pequeños sorbos de Bailey templado y atardecer poemas al alba. Lo deseaba, lo soñaba. Imaginaba que el viento mecía lágrimas secas y pasaba las páginas del libro que tenía en mi regazo, en las manos de la anciana. Las pasaba saboreando mis letras en él, mis palabras chapoteando sobre ese lienzo literario…
miércoles, 28 de marzo de 2012
Nuestra primera vez, o una de ellas
No había nada más, y no era necesario. Ni barrocos testamentos de inseguridades machistas ni, mucho menos, la capacidad de ensimismar masas a puñaladas de columnas inefables, las que siempre precedían.
Sólo estaba él y yo, o una parte de mí que desearía formar parte de la lluvia. No recuerdo la hora exacta, la memoria bloquea lo superfluo cuando la oscuridad de la noche comienza a rozar pestañas.
Los sentidos se ponían de acuerdo y se deshacían ante el agobio, la impotencia, una barra libre de caricias al alba. Anochecía en su mirada cuando los dedos de mis pies comenzaron a rozar la arena de la playa. Y sumergían entre pequeñas huellas inestables la debilidad del placer. Hasta lo más profundo, mis dedos, que acompañaban pisadas desnudas inconscientes, insultaban prostíbulos baratos de barrio.
Caía, cada vez más, desde el infierno, el resplandor de los susurros al oído, y gritaban. Ensordecían chapoteos en la orilla despertando un fervor incandescente en las miradas ajenas. El olor era a sal. El mejor aroma, la mejor fragancia, tu mejor perfume.
Sal, también, era a lo que sabía el amanecer acorralado. Y justo en ese momento, en el que mis labios robaron un trozo de mar, la espuma del agua cubrió nuestro cuerpo del frío. Las huellas se borraban al mismo tiempo que envolvíamos en sal nuestras mejillas. Las sonrisas…
Destapamos las olas entre trópicos, a lo que Henry Miller soltó una carcajada al aire. Empapados de caricias y jugando con ellas a la vez. Subió la marea.
Gracias, Dani, por el mejor cumpleaños de mi vida.
martes, 13 de marzo de 2012
Personalizando primaveras
Si el invierno fuera real no existiría. Si los preliminares de los que gozan las hojas secas antes de abandonar las altitudes celestes estuvieran solo en la imaginación junto a tus apasionados recuerdos.
Pregúntale a Anaïs Nin. No existiría.
El ayer derramaría futuros inciertos y los haría naufragar por sutiles alegorías en forma de arquitectura perfecta. Sería como caer desde tus lágrimas inmateriales a un charco cuyo reflejo no te reconoce.
El invierno era esa mezcla de temperaturas presumiblemente estéticas y el inicio de alergias domesticadas. Era como una extraña sensación. Prueba de ello era la silueta invernal que iba dejando, conscientemente, muestra de falso altruismo.
De repente, el invierno, decidía paralizar termómetros o agitarlos por caprichos. Era un adolescente mimado que consumía drogas sin quererlo, solo para formar parte de una sociedad de la que en realidad huía. Era esa estación, fría, que por dentro temblaba a cada paso por inseguridad en sí misma. Se escondía entre bufandas de algodón por el simple hecho de rozar labios ajenos.
No sabía reír, solo simular orgías de muecas sin sentido y criticar el resto de sonrisas. El invierno lo tenía todo, todo para llegar a ser alguien, pero se empeñaba en afirmarse en un don nadie incomprendido.
El tiempo pasa y el invierno también pasó. En el fondo era triste ver como se acercaba al suicidio cada vez que el peligro primaveral lo acechaba. Era triste, muy triste. También él daba pena.
Pero llegó la primavera. Y, en realidad, no sé si el invierno fue real, sigo pensando que si lo fuera no existiría.
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