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martes, 17 de septiembre de 2013

“El hombre que sabe escribir es superior a los demás”


Entrevista a Raúl del Pozo en el Café Gijón



¿Qué les aconsejaría a los estudiantes de periodismo?
Los consejos no valen para nada. Siempre cuento lo que dijo Hemingway a una señora que tenía un hijo periodista. Dijo la señora: “¿qué hago con mi hijo que quiere ser periodista?” y le contestó Hemingway: “dele cien dólares y que se vaya al infierno”
El único consejo es que si no aman la profesión endemoniadamente es mejor que no la sigan. Que tengan una vocación irresistible, porque es una profesión bella pero difícil.

¿Les diría que se quedaran en España o  les aconsejaría que se fueran a otro país?
Hay mucha gente que se va al Aeropuerto de Barajas buscándose la vida porque vivimos en una recesión salvaje y sobre todo para los jóvenes. Sin embargo yo creo que el periodismo, como vivimos en la era de la comunicación, tiene mucho futuro. Yo sé que estamos pasándolo muy mal en este momento los periodistas, los que trabajan y los que van a trabajar, pero lo importante no es internet o el papel, no son los soportes. Lo importante es la imaginación y el talento. Hace falta meter en las tripas de los medios tanta imaginación, talento, noticias e ideas que al final va a ser una profesión posible.

La mayoría de los jóvenes se están quejando, están acudiendo a manifestaciones y están indignados. ¿Usted está indignado?
Sí, por supuesto. Y tienen razón. Lo que tienen que hacer es tomar el poder. Echarnos a patadas a los que estamos sentados en una silla dando doctrina.

¿Qué opina de la situación actual de España?
Vivimos en uno de los peores momentos de la Historia. España tiene momentos fulgurantes, como los tuvo entre 1570 y 1616 cuando unos cabreros, unos gañanes, se metieron en unas barcas y conquistaron el mundo. Atravesaron los océanos, las líneas equinocciales y crearon la mejor literatura del mundo. Luego hubo dos o tres siglos muy malos y llegó la última democracia y fue muy hermosa. Hicimos un milagro. España llegó con la democracia a codearse con las grandes naciones. Y en un momento se cayó todo como si le pegaran una pedrada a un helicóptero de la última generación. Todo lo que habíamos levantado en quince años se cayó en quince horas.

¿Qué transformaciones ha notado desde que usted empezó en el periodismo hasta los actuales estudiantes de periodismo?
Cuando empecé en el periodismo era diferente, también era muy difícil. Siempre ha sido difícil. Creo que entonces el periodismo aún era una pasión pura, era como la legión, una pasión romántica. Nos matábamos porque nos firmaran un reportaje en primera página. Yo creo que en este momento la profesión ha ganado en ilustración pero ha perdido en coraje y en romanticismo.

¿Cómo vivió sus inicios en el periodismo?
Empecé en el diario de Cuenca porque intuía (me he equivocado en todo pero tenía una intuición de niño) que el hombre que sabe escribir es superior a los demás, es el que más se parece a Dios, el que es capaz de crear mundos, paisajes, historias, aventuras. Después me lo han confirmado Galván y otros, el escriba es el oficio superior siempre, el que se sentaba al lado del faraón. Yo consideraba que la profesión de escribir era la más hermosa de todas y me lo ha confirmado la vida. Es un oficio apasionante, hermoso, en el que es muy difícil abrirse camino, rodeado de envidia, miseria y mediocridad, pero es una profesión que vale la pena.

¿Recuerda alguna anécdota, algo que le haya marcado en sus comienzos?
Yo trabajaba en la Agencia Eurofoto con un fotógrafo haciendo cosas del corazón,  lo que hacía es poner pies. Recuerdo que hicimos un reportaje que se titulaba “La reina Fabiola abandona sus perros”, y fue porque la reina cuando se casó dejó unos perros y ladraban mucho. El fotógrafo se coló e hizo una foto de los perros desesperados y con esa historia vivimos tres o cuatro meses. Umbral fue el que me colocó en Eurofoto, dónde él había trabajado antes.
Otra cosa que me ocurrió fue que hablé con los poceros, unos eran de Cuenca, y me dijeron que Madrid estaba rodeado de ratas, que si quería verlas por la mañana me fuera con uno de ellos. Así que nos pusimos máscaras y botas y entramos a las cloacas de la ciudad y estuvimos viendo las ratas todo el día con un fotógrafo que era cojo. Después llamé al periódico y se publicó en el diario Pueblo. Y de esa forma entré en el diario, por el reportaje que se llamaba “Madrid amenazado por las ratas” y por José María García que habló de mí. Cuando todo parece imposible en este oficio surgen milagros, y el milagro es la idea, la noticia, algo que ocurre y tú estás allí para contarlo.

¿Cómo eran las tertulias del Café Gijón?
En los años 60 y 70 cuando empezábamos esto era como nuestro cuarto de estar. Igual que a la calle Victoria iban los toreros, aquí veníamos los `maletillas´ de la gloria del periodismo. Entrábamos al Café Gijón y aunque no teníamos ni para pagar la pensión pero nos codeábamos con Fernando Fernán Gómez, Gerardo Diego, Paco Rabal, Antonio Gades, con todas las estrellas que en ese momento iban al Café. Era el momento de la gloria literaria e íbamos porque aunque no tuviéramos dinero siempre había alguien que nos invitaba a un café.

Me comentaron desde el Café que ya no suele venir mucho ¿Por qué?
En la mesa en la que yo estaba han `palmado´ todos. Venía porque teníamos una partida en la que estaba José Luis Coll, Tola, El Estudiante (Sancho Gracia),  pero han ido `palmando´ y al final… No quedamos más que Álvaro de Luna y yo. Por eso no vengo al Café Gijón, porque sólo veo espectros. También el Café ha cambiado, se vive en otra época, los jóvenes escritores ya no son de tertulia como antes (seguramente es porque ya tienen apartamento para vivir).

¿El Café Gijón tal vez es un lugar para inspirarse al escribir las columnas?
No. Yo al Café iba para dar sablazos,  para calentarme cuando tenía frío y para encontrarme a escritores como Umbral que una vez me dijo (lo cuenta en el libro Travesía de Madrid) que me dio mi primer abrigo, mi primera amante y mi primer trabajo. De las tres cosas la única que me dio de verdad fue mi primer trabajo.

¿Cómo encuentra los temas apropiados para hacer las columnas?
Para mí la columna es un reportaje de 460 palabras. Lo importante es no desconectarte nunca de la realidad, no vivir como un español sentado con mala leche aprovechando la columna para meterte con la gente, sino contar lo que pasa. El periodismo no creo ni que sea contrapoder, que ahonde las libertades, que es bueno para la democracia… Yo creo que es algo más simple, más sencillo: es contar lo que pasa joda o moleste a quien joda o moleste. Pero los periodistas a veces se creen que tienen una misión en la vida que es salvar la democracia, salvar el país. Creo que es un trabajo más modesto. En mi caso es contar algo al lector que le interese, que le apasione, si es posible que le ilustre, que no le aburra, que ocurra de verdad y cobre todo que sea actual.

¿Cuánto tiempo tarda en escribir sus columnas?
A Ruano le preguntaron: “¿es verdad, don César que tarda sólo diez minutos en escribir una columna?” y contestó:”no, tardo sesenta años”. En hacer una columna se puede tardar media hora, pero realmente la lleva uno pensando y viviendo la edad que tenga.

¿Escribe para el público o escribe para sí mismo?
Escribo para que me paguen. Alguien dijo cínicamente:”no escribo para que me lean, escribo para que me paguen”. La profesión esta es muy hermosa y uno necesita saber que hay alguien detrás. A veces, cuando se escribe de una forma oscura, críptica, la gente no lo entiende. A mí me han criticado a veces porque soy demasiado barroco, por eso cada vez escribo más sencillo. Escribo para la gente. Es emocionante cuando vas por la calle y encuentras a alguien que te ha leído y se acuerda de artículos o pasajes de libros de los que tú ya no te acuerdas.

¿Qué le es más fácil: escribir novelas o columnas?
Para mí es el mismo oficio. Un periodista le llevo un reportaje al redactor jefe y no se lo aceptó porque era demasiado largo y le dijo el periodista: “aquí traen el Quijote y no te lo publican” y le dijo el redactor jefe:”te lo publicamos si dices el lugar exacto de la Mancha donde nació Don Quijote y lo haces en folio y medio”.

¿Escribir es interpretar a un personaje?
En la novela sí. El periodismo es contar lo que pasa, estar sentado delante de la linotipia y contar cómo están atracando el banco de en frente.

¿Influye la vida periodística en la vida personal?
Yo creo que es lo mismo. Los periodistas hemos sido trasnochadores, bohemios, bebedores… porque lo lleva la profesión. Ahora hay gente más ordenadita. Pero en aquella época eran unos canallas, para ser periodista no había que ser caballero como ahora.

¿Qué opina de las redes sociales?
Son apasionantes. Por eso cuando veo a los jóvenes asustados digo: “si es que ahora para hacer el New York Times no hay que montar una empresa, se puede hacer un periódico entre dos”. Son tantos los soportes, hay tanto para escribir que yo no sé cómo se está parado. Lo difícil es cobrar, pero trabajar no.

¿Twitter es periodismo?
Claro que lo es. Es una nueva forma de periodismo, una nueva retorica, lenguaje. Lo que pasa es que está destruyendo al periodismo de papel, igual que la imprenta destruyó a la literatura anterior. Los periódicos se están hundiendo por falta de publicidad y por la crisis económica. Pero, por otro lado, el gusano dará una mariposa. Asistiremos a la metamorfosis. Está naciendo un nuevo mundo, un periodismo nuevo, una nueva literatura, una nueva manera de contar las cosas. Y en medio de eso hay mucho gilipollas que aprovecha las redes en vez de para hacer poemas o contar noticias las emplean para insultar a la gente.

¿Qué ha cambiado con las redes sociales?
Ya no son los sacerdotes, los escribas, los enviados del poder los intermediarios para que haya relación entre el poder y el pueblo. Ahora es el pueblo el que escribe. Es un cambio extraordinario que todo el mundo pueda ser periodista. Una democratización total de la información. También tiene sus desventajas porque puede ser utilizado por sectas, por terroristas, pero es muy bueno porque todo el mundo tiene acceso a la información.

¿Qué opina sobre los jóvenes estudiantes de periodismo?

Pienso que el periodismo es una pasión como el amor. No valen los consejos, ni la técnica, ni ir a la universidad. Se aprende en las esquinas como la prostitución, en las autovías, en las casas de socorro. La universidad del periodista es la calle, es la comisaría, es tomar whisky con el hielo de los cadáveres de Primera plana. 

domingo, 14 de julio de 2013

Simples portavoces


La televisión era ese aparatito visiblemente indefenso que decoraba el salón. Era, además, un artilugio con tantas dosis de ingenuidad que su efecto se torna malévolo e insidioso. Era, casi, un utensilio malcriado que terminaba por dejarse ver en todas las habitaciones de la casa, un objeto consentido y mimado que no cesaba de musitar entonando unos mensajes manipulados que daban la acústica perfecta con un alto grado de lloriqueos y sollozos. Era y es, no sé qué tiempo verbal es peor, el centro de atención. Un parquímetro voluntario que cuenta las horas bajas y las mentes distraídas; la pena es que no tenemos por qué echarle monedas, pero se las echamos.

 Groucho Marx era uno de los pocos que se retiraban a otra habitación a leer un libro cuando alguien encendía la televisión, puede que fuera el único. Y es que “no se percatan de que la televisión es tal vez aún peor que la escuela obligatoria”, como decía Pier Paolo Pasolini. Aunque dicen que cada vez vemos menos la televisión: La Vanguardia publicaba hace poco que el consumo de televisión había bajado según datos de Katar Media. Ahora se supone que vemos la televisión alrededor de cuatro horas al día de media por persona. Pero creo que el problema no está en el tiempo que le dedicamos a la televisión, sino en qué programa, serie, informativo o debate vemos en esas cuatro horas.

Una conversación, de esas matutinas que no llevan a ninguna parte en la mayoría de los casos, sobre la `despedida´ de Ferran Monegal de la televisión despertó mi impotencia ante esas sentencias y frasecillas acomodadas (como las referidas a lo mala que es la televisión, qué ironía) y luego de manifestarlas se olvida y vapulea su sentido. Ahí estaba Monegal calificando de falsos a los programas de opinión y debate, adjetivando al mundo de teledirigido, y atribuyéndonos a los periodistas calificativos como tambores o portavoces, “se va hacia una profesión de relaciones públicas”. Y es que en realidad, tiene toda la razón.        

sábado, 29 de junio de 2013

Entre jóvenes y excusas


Alguien habló de edad y acarició, espero que inconscientemente, esa bisagra de mi paciencia que hace de ella un desgarro intranquilo. Justificar algo por la edad deja el argumento, bajo mi punto de vista, a la altura de una simple excusa barata. Tanto para lo bueno como para lo malo. He escuchado mil veces esa expresión: “Claro, es joven”. Es la coartada perfecta para hacer cualquier cosa mal, total, eres joven ¿no? Y lo peor es cuando la palabra joven tiene que soportar la dura carga de la coletilla `sin experiencia´. 

    Por el contrario, tener un montón de años menos también sirve para aplaudir aún más los méritos: alguien que empieza a rozar los 20 años y defiende mejor sus derechos en público que cualquier acomodado cincuentón, así como un `joven´ que escribe, compone, consigue la máxima nota en no sé qué bobada. ¿Qué tendrá que ver? La edad es un número, unos días que constan como sobrevividos pero quizá no como vividos realmente, un tiempo que puede que se haya pasado en la barra de un bar desde 1970 o en una biblioteca desde 1995. La edad es un dato sin más que no debe influir en nada. Al igual que no sirve de nada acumular créditos de libre configuración o no. “Yo no soy cuarenta asignaturas aprobadas”, ¡ya ves!, como me recuerda siempre Antonio Brocal Beltrán. ¿Se supone que un título o varias matriculas de honor demuestran que sabes más? Al contrario, diría yo, demuestran que memorizar cosas no tiene una utilidad más allá de los `intereses personales´; además de que nos encanta entrar en ese círculo que marcan los de arriba que en realidad están por los suelos.  

   La madurez es lo que debería tenerse en cuenta. ¡Qué ilusa soy! Puedes escribir un libro con 16 años y no por ello se deben echar más o menos flores, la cuestión es el libro y punto. ¿O hay que preguntarle a Charles Baudelaire cuando empezó a escribir Las flores del mal al apenas darse cuenta que había cruzado los 20 años por unos meses?



Columna publicada en La Opinión de Málaga el 29 de junio de 2013

jueves, 20 de junio de 2013

Calificativos absurdos

Vivimos de las críticas, de hablar por hablar, de valorar, de calificar. De afirmar para nosotros mismos y decir no de cara a los demás. De recriminar y desprestigiar. De encontrar los blancos perfectos para debilitarlos y hacerlos caer, aunque resbalen en nuestra inercia. Sobrevivimos reclinados en ese derecho, libre y/o gratis; un deber a veces absurdo. Respiramos destrozando elogios y derrumbando lo que, quizá, supuso esfuerzo y trabajo algún día. Haciendo suturas con los dientes y los filos cortantes de los contratos. Con parsimonia y mesura, calibrando las fracturas y magulladuras del objeto a calificar. (Se me saltan las lágrimas al escuchar a Paco Ibáñez.) A lo malo porque es malo, a lo bueno porque es bueno. Esas formas de reprochar sin sentido y vituperar sin cordura ostensible sólo cesan cuando la cuestión que nos ocupa le da tanto la razón a nuestros términos ofensivos que desequilibra nuestros propósitos. Ya decían que más es menos, y viceversa para los sumisos en la fe. (Justo ahora flotan en mi cabeza ciertos vocablos propios de Federico Jiménez Losantos. Tampoco se quedan atrás algunas locuciones del adulador de fachada Arturo Pérez-Reverte). Entonces los calificativos absurdos se vuelven muy gratificantes, casi como una imagen de marca, pero si el `como´. La otra forma de que se interrumpan las palabras malsonantes dignas de una trinchera sin armas son los finales, lo muestran las necrológicas. Éstas últimas, aparte de hacer día a día de un periódico un diario de difuntos, con sus correspondientes recordatorios, aniversarios, homenajes y demás, reducen las críticas a un respeto demasiado extremo. Recordando a Rosa Montero en aquellas Necrológicas detestables, todo se vuelven alabanzas cuando el objeto que ocupaba la diana de nuestra retórica basada en el desprestigio ya no está. Eso sí, todo lo dicho centrado en España. En otros países tienen menos pelos en la lengua, acuérdense del obituario que The Economist dedicó a Robert Maxwell, “era un mentiroso” decía. 

Columna publicada en La Opinión de Málaga el 22 de junio de 2013

            

jueves, 13 de junio de 2013

Remordimientos anónimos


`Culpa´ es el concepto más bajo, más vulgar, el término que acuña la debilidad de unos reformas sin respuestas que van dejando por el camino a muchos estudiantes sin becas. Naufragar en un constante desbarajuste de sentidos y concluirlo todo nombrando a algo o alguien como responsable de lo ocurrido. Pero puede que sea el camino fácil; sí, lo es. Una manera rápida de intentar solucionar ciertos problemas. Aunque señalar a alguien como causante no enmienda nada, y más cuando la causa en realidad no es más que una consecuencia.

            Esa palabra tan vulgar, culpa, persigue el rastro cada vez más efímero de miles de jóvenes.  Incontables apuntes en sucio que no hicieron más que ahorrarse un apretón de manos con ese ministro más conocido por sus ocurrencias; un acto sencillo, directo y significativo. Después de aquella noticia y de sus consecuencias, he escuchado numerosas opiniones al respecto del gesto algunos alumnos hacia Wert: en contra, a favor y los típicos comentarios conformistas que me generan una impotencia desmesurada. Soy de las que no buscan afianzar sus ideales, no tengo que hacerlo. Al contrario, prefiero que me digan lo opuesto a lo que me gustaría oír por aquello de desarrollar una teoría de la argumentación que poco a poco se va deshaciendo en falacias. Lo único que verdaderamente me exaspera es esa posición intermedia, el conformismo, el remordimiento anónimo.


            El estudiante es el eterno acompañante de la culpa. El indefenso rosto que aprende a caminar mirando al suelo y sin gesticular. La piel del habitante de las aulas españolas es el objeto de ensayo del arrepentimiento. El austero recorte en dignidad y vergüenza. El alumno no es más que un cúmulo de paciencia aderezada con excusas y  pretextos. Una insignificancia desde Bruselas, un experimento desde España. El sujeto que se pone de rodillas, que sonríe y acepta. El receptor perfecto de un conglomerado de sandeces. El becario eterno y sumiso con la esperanza de al menos estar ahí, aunque sea así, en esas condiciones. ¿Eso, de verdad, es lo que creen?


Columna publicada en La Opinión de Málaga el 13 de junio de 2013

domingo, 9 de junio de 2013

Incoherencia aprehendida


Ojalá fuésemos capaces de ser coherentes. Ojalá ese autor que imaginamos al leer un libro no fuese el mismo que desgarra la tinta de una pluma desangrada al firmar con adornos su propia obra en una caseta de la Feria del Libro. Ojalá que ese escritor cuyo comportamiento creamos en nuestra mente al pasar con delicadeza las páginas de un libro no fuese el mismo que presenta su obra en un evento fetichista y politizado. Ojalá que esa cuenta de Twitter que lanza versos entre un Time Line de contradicciones no fuese aquel literato de presencia aduladora.

            Me atrevería a decir que usted también ha tenido esta sensación. Un escritor es simplemente un ejemplo. Pero hay numerosos momentos en los  que se espera mucho de algo, se idealiza, y al final sólo quede decepción. Un cantautor, un poeta o un periodista tal vez. Y es que hay un trecho muy grande entre la individualidad y la globalidad, tanto que estos dos conceptos cambian la forma de ser de las personas, en la práctica. Para bien o para mal, generalmente inclinado hacia el adjetivo negativo, nos comportamos de forma distinta dependiendo del contexto. Habría que pararse a pensar con que `forma de ser´ La Pardo Bazán quería cubrirse cuando empezó a arrojar papelitos con versos patrióticos a los soldados que volvían de África. Contextos. Parpados hinchados por orillas de razones. Ahora, las redes sociales potencian esa divergencia de personalidades, es una mezcla turbia y homogénea de individualidad y globalidad en cantidades parecidas.

            Que aquellas 12000 palabras que Cervantes utilizaba en sus obras no fuesen las 500 o 600 que un estudiante use para describir toda su biografía. Que aquel contenido que tanto importaba a Azorín no fuera el mismo fondo desesperado que le interesa a Pérez Reverte. Que aquella figura que derrite los inviernos en primaveras no fuese la misma que no diferencia las estaciones. Que aquella manera de describir el trayecto de una lágrima no fuera la forma con la que se provoca.


Pero sí son las mismas. Somos así de incoherentes.



Columna publicada en La Opinión de Málaga el 7 de junio de 2013

jueves, 30 de mayo de 2013

Libertad condicional


De esa forma tan sutil, rellenando recipientes con la testosterona de las calles baldías. En ese afán recurrente de sopesar vasos medio llenos o medio vacíos. Cuando se sabe perfectamente que el sayo de este mes cuarentón se prevé entre fríos, casi congelados, botellines con la espuma traumatizada entre manos temblorosas, mocasines despectivos y pañuelos vapuleados por los remordimientos disuasorios allá en Moncloa. La libertad siempre se cuestiona, hasta en los versos.

            Desde la segunda mitad del siglo XIX la poesía ha ido dejando atrás, con Walt Whitman a la cabeza y aquellas palabras de Stéphane Mallarmé, esas rejas, esas cárceles llenas de ritmos perversos y rimas estudiadas. Testaruda defensora de la libertad, bajo la cabeza con impotencia al referirme a los omnipresentes encarcelamientos: prisiones en forma de teorías, reglas a seguir a la hora de manifestar la creatividad. ¿No es contradictorio? ¿Cómo se puede acotar la tinta de una pluma hasta en los centros educativos? Juan Ramón Jiménez, ese señor con barba tozuda y obstinada, dio alas a la lírica en España y desde entonces muchos poetas se han decantado por el verso libre, generación a generación se han ido deshilachando los pespuntes de la poesía llegando a convertirse en la más exquisita inspiración a borbotones, pese al enfrentamiento con el verso libre de Antonio Machado entre otros. Ahora, quizá, es como si se quiera volver de alguna forma a aquellas métricas tan elegantes como rígidas. La escritura de Luis Alberto de Cuenca es prueba de esa necesidad recuperar algo que, en realidad, nunca se ha perdido.

            Cualquier cosa que se perfecciona demasiado acaba cayendo en la miseria de lo artificial, del deseo fingido, del culmen más inútil. Como decía Daniel Dennett en relación a la construcción del soneto: “esto nos obliga a abandonar algunas de las excelencias conseguidas con dificultades y así sucesivamente, dando vueltas y más vueltas”.

Para Sanislaw Ulam esta artificialidad sería una muestra de creatividad. Pero, ¿cuál es el límite?


Columna publicada en La Opinión de Málaga el 30 de mayo de 2013                                                                              
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jueves, 23 de mayo de 2013

Las entrañas de la fotografía



Hay días en los que la primavera no se atreve a entrar por la ventana, se resiste y tú te resistes con ella. Llora quizá desde lo más alto y las lágrimas resbalan en los cristales. Entonces te sientas y sopesas la posibilidad de revisar el pasado, en un halo de intimidad decorosa, a base de fotografías.  Al principio fue Blow up, aquella película de 1966 basada en Las Babas del diablo de Julio Cortázar. Tras aceptar que las fotografías son algo más que sencillas imágenes, se suceden los momentos de inquietud. Comienzas a abrir ese cajón, sacas un álbum de fotos y terminas con el salón repleto de recuerdos: imágenes mal encuadradas de aquella cámara que no sobrevivió a las torturas prematuras de la curiosidad y caras que habías olvidado desparramadas en el sofá. Después The Public Eye, tal vez por el simple hecho de colmar una obsesión al escuchar a Paul Simon, Nickelback, Weezer, Ryan Adams, Rod Steward o The Who recordándonos las entrañas de la fotografía en algunas de sus letras, mientras se tensan los entresijos de los Premios Príncipe de Asturias. ¡Qué delirio! También Smoke, aunque tan sólo sea porque fue co-dirigida por Paul Auster, y Retrato de una obsesión. Entretanto, las fotos se vuelven etéreas y nos descubrimos de repente delante de una pantalla. Se desatan los destellos de cómo asustar a Annie Leibovitz sin casi hacer nada, sólo con publicar indiscriminadamente esos disparos de smartphone recién estrenado. También capturas de emociones guardadas en alguno de esos aparatitos tecnológicos que se nos hacen imprescindibles y atiborran de flashes impulsivos ese mínimo de decencia fotográfica que si tuviéramos en cuenta de vez en cuando no sacaríamos a pasear tan a la ligera. The Bang Bang Club nos traslada al reporterismo de guerra, a esos retratos ya sin alma. Escampa y la esencia de la fotografía tiembla al volver a desatarse de forma inconsciente. Esos pequeños dispositivos móviles vuelven amenazar con calidad bajo cero a la vez que determinados cursos fotográficos se organizan simplemente para masticar adjetivos.



Columna publicada en La Opinión de Málaga el 23 de mayo de 2013

miércoles, 22 de mayo de 2013

Afán de protagonismo



He aquí el denso aroma del descaro: promiscuo y testarudo, con un vaho superficial y un hedor en forma de carencias. Tercera fila de la derecha, el asiento asediado por polifacéticos fotógrafos y el atrevimiento de un gran altavoz sucumbido a la agresión interminable del pataleo de los asistentes al evento. Y, la maldición de cualquier conferencia, la típica persona que se apropia de contexto para sacar a pasear su mimada oratoria. “La mayor parte de las canciones de amor están llenas de mentiras” cantaba Ismael Serrano mientras los acordes se ponían de acuerdo para modular esa letra hasta que `canciones de amor´ llegaba a poder sustituirse por cualquier expresión.

En ese concierto como en otro cualquiera. En la presentación del libro `¿Para qué servimos los periodistas?´ de José María Izquierdo o el de `Especies en extinción´ de Juan Cruz, a propósito de la tan aclamada Feria del Libro. En cualquier acto, da igual: entregas de premios, recitales de poesía, homenajes. Hasta en los pequeños grupos de carismáticos individuos que, Budweiser en mano, ingieren todos los `points´ de Eurovisión. En todos los lugares habidos y por haber despunta esa figura de arraigado desparpajo con un afán de protagonismo que alcanza niveles desmedidos. Y, entonces, el resto del auditorio se mira entre sí y respira profundamente.

            “Muchas palabras nunca indican sabiduría”, decía Tales de Mileto. Y es que la mayoría de esas espontáneas pero demasiado premeditadas intervenciones se jactan de saberes y conocimientos en los eventos sociales. Sucede entonces una encrucijada: el contenido que pretendías absorber aquel día a aquella hora desaparece y el protagonista de esa velada se convierte en otro oyente más, un simple dependiente insignificante del receptor que se predispuso a ser el centro de atención. Esta confluencia de protagonistas no tiene más mérito que llegar a desvalorizar cada vez más el sentido de la palabra `respeto´ hacia el verdadero personaje principal de la conferencia.. La demostración incesante de poder ser el centro de todas las miradas es un balbuceo tedioso. 

Columna publicada en La Opinión de Málaga el 22 de mayo de 2013

jueves, 9 de mayo de 2013

La resignación de esos locos bajitos



El culmen de la monotonía se cierne tras la conformidad extrema ante las situaciones más inútiles, entre los días ajenos y las agendas, desde las conmemoraciones más altaneras a las felicitaciones más vanas. La resignación de resumir la vida en una serie de eventos políticamente correctos, inauguraciones feroces y preventivas citas en la línea de una antología defectuosa aún sin publicar.
Esos locos bajitos de Joan Manuel Serrat, los que cargan con nuestros dioses y nuestro idioma, nuestros rencores y nuestro porvenir, se teñirán de rutinas y aniversarios y nadie podrá cambiarlo, nadie lo intentará. Siempre será así. Los minutos de esta nuestra rutina incorrecta pasan en un Hamilton Frogman Crono o un Montblanc Summit como los que sostienen las concienzudas articulaciones de nuestro querido presidente del gobierno. Aparcando en un desliz de vasos sanguíneos los segundos estrangulados por relojes de alta gama de aquel sutil pero dramático Eduardo Zaplana. Y magnificando, por oposición descifrada y eternamente traslúcida, el paso del tiempo inconcluso quizá se detenga en el Longines Evidenza ocasional del Señor Rubalcaba. Simples acotaciones, mesura inapreciable, de las rencillas acompañadas con copas de champagne.
A secas se evaporan los años y las intenciones de decir basta. Se quedan a las puertas pero sin poder parar el tiempo. O acelerarlo, estilo Rosa Díez en ese ímpetu de protocolo purista y visionario. Para los sindicatos tal vez los tempos sólo constituyan un desmesurado y devastador código morse. Y para el resto no se mueven las manecillas del reloj, ¿verdad? Hasta que todos se cruzan por las esquinas en las que Joaquín Sabina encontró sus primeros acordes. Horas y horas detenidas ante el dramatismo de un sinsentido provocado, en la sala de espera de una comisaría plastificada con vestiduras irónicas, demasiado irreales para aceptar que no lo son. Puntualidad desmedida que incinera los Pensamientos finales, tan cronometrados como relataba Vicente Aleixandre.

Columna publicada en La Opinión de Málaga el 9 de mayo de 2013

jueves, 2 de mayo de 2013

¿Autobiografía casual?



No hay ni que decir que nada es casual. Nada. Oigo a la gente al pasear, quizá, por El Paseo de la Castellana, por Recoletos, por Gran Vía… Tal vez sólo los escucho cuando detengo los pasos. Casualidad, suerte y azar golpean mis oídos. ¡Qué inmoralidad! Las casualidades son las justificaciones más primarias, más a mano, más ridículas y absurdas. Simplemente hay que introducirse en los versos, mejor dicho, en las evidencias de la lírica, de los 77 menos 36 años de Alejandra Pizarnik para darse cuenta.

            La misma pregunta miserable en todas las presentaciones de libros. El idéntico devenir inexacto que vapulea precipitadamente las obras de cualquier escritor, de esas personas que crean la verdadera Historia, muy distinta a la `oficial´. La cuestión es que el autor siempre se ve en el desaprensivo infortunio de justificarse en su otro yo que son sus letras, de argumentar una especie de excusa barata o aceptación a precio de coste con respecto a si sus escritos son autobiográficos o no. Pero, claro que lo son, aunque se diga lo contrario. Tenemos distintos `yo´ y ese esa es la incógnita. Somos las copias del ser humano más vulnerable e inerme de cara al exterior, a la monotonía mundana. Pero de puertas hacia dentro somos lo que queremos ser. Y quién diga lo contrario tiene un gran afán de mezclar realidades. El escritor es su literatura, el pintor su obra, el cantautor su letra…

Tal vez los escritores no sean los protagonistas exclusivos de sus libros, son almas suspendidas en situaciones imaginarias, personajes secundarios que no se tienen en cuenta. O sí, son pura prosa a voces. Generalmente autores acunados entre personajes, fuera y dentro de la retórica, como Umbral en sus columnas. Acaso pueden ser La Restauración de un inconsciente, El retrato de ella quienquiera que sea: la musa, el deseo, la lejanía de un posible que no llega o pasó de visita. Fernando Alonso Barahona me recuerda esa desmesurada rutina de dar explicaciones sin tener por qué, sin necesitarlo, porque la respuesta está en los libros. 

Columna publicada en La Opinión de Málaga el 2 de mayo de 2013

jueves, 25 de abril de 2013

Las venas del silencio


Silencios embadurnados en un constante desperdicio de confesiones. Somos así. Esa es la conclusión resumida y conceptualizada en un haz de términos incoloros y reposados, sin intentar abrir las cicatrices, que se derrama al prestar un poco de atención a unas cuantas mesas en las que sólo quedan los restos de mezclas de bebidas alcohólicas, colillas ensalivadas y objetos innecesarios de los que solemos llevar encima pero no sabemos por qué.
Silencios por hablar demasiado, pero siempre de lo mismo. Por ser siempre unos niños que al llegar a descubrir ciertos dogmas ya sólo saben aferrarse a ellos. Nos afianzamos en un lugar, ya sea por lo que nos han contado de él, lo que hemos vivido o lo que pensamos que podríamos hacer en ese sitio, y lo realzamos como si fuera nuestro Dios. Nos encerramos en una ideología, aunque ya dicen que no existen, asistimos a mítines dónde dicen lo que queremos oír, en los que se cuenta lo que ya sabemos, pensamos y respiramos. Leemos el mismo periódico, la misma sección, el mismo columnista. Lo mismo pasa con las cadenas de televisión, las emisoras de radio, las páginas webs€ Pareciera, por no suponer que es así de forma testaruda, que necesitamos diariamente que nos confirmen lo que pensamos, que nos den palmaditas en la espalda. Vemos todas las películas de ese autor que creemos todopoderoso, quizá sólo veamos películas románticas, de miedo, de ficción€ Sólo leemos poesía, o ensayo; novelas históricas o simplemente no leemos. O, lo que es peor, continuamente recomendamos lo mismo. Elogiamos a las mismas personas. Siempre.
Silenciosos por afirmar que alguien no puede ser bueno en lo que hace si no piensa como nosotros pensamos. Por juzgar antes de hacerlo nuestro, antes de explorar otras realidades que pueden, o no, tener tanta razón como tenemos nosotros. Porque así lo creemos. Por haber secuestrado nuestros propios ideales en defensa de un equipo de fútbol o un concurso de televisión. Callados con la misma estrofa del tipo de música que nos gusta sin probar el resto. Acomodados, resignados, casi sumisos.

Columna publicada en La Opinión de Málaga el 25 de abril de 2012

jueves, 18 de abril de 2013

Las musas de la crisis



Decía Albert Einstein que en los momentos de crisis sólo la imaginación es más importante que el conocimiento. Y es que no queda otra que estimular la creatividad y el ingenio colectivo, por aquello de no empezar a acuchillar simples teorías de recesiones y gráficos manipulados con presuntos culpables. También, porque como le hagamos caso al conocimiento tal vez  lapidemos muchas de las declaraciones que emiten domesticados demagogos, charlatanes y algún que otro perfil del más puro inepto. Total, queda la imaginación de la que muchos espabilados se lucran y no sólo con beneficios económicos.
           
            La imaginación, creatividad, quizá en la lírica o en la mera denotación de un vacío inmenso. Conceptos de los que hay que desconfiar cuando los pronuncian con una mueca irónica, con una débil sonrisa en la boca. Inspiración: musas que surgen de la crisis, del desequilibrio de valores, de emociones, del estremecimiento de saberte perdido por causas ajenas. De ese dolor que silencia una respiración ahogada en palpitaciones enajenadas. De una lágrima, acaso de la que resbala por un rostro de impotencia ante un desahucio, como relata A la puta calle o Últimos días en el puesto del este: una crónica y una novela que no tienen nada que ver pero cuentan lo mismo, como diría su autora Cristina Fallarás.
                       
            Cientos de pizarras en blanco se ensucian en segundos con miles de cifras, números que son personas y lágrimas. Cientos de teóricos: economistas con un buen sueldo, comentaristas maquillados de insolencia, oportunistas con abrigos de piel… Cientos de tertulias en las que día a día se relata lo que es pero parece que fue, lo que se puede cambiar pero se adultera con historias que se creen perennes. Mucho héroe con el estampado de la capa en euros. Mucha crítica peripuesta y comentario vacío de contenido pero abarrotado de palabrería, de términos y situaciones que la gente quiere oír. Terapia, tecnicismo de autoayuda y verborrea digna de mordazas.


Columna publicada en La Opinión de Málaga el 18 de abril de 2013 

lunes, 15 de abril de 2013

El umbral del surrealismo


El Museo Reina Sofía se llena de arte perverso, anarquista, divino, déspota. Salvador Dalí capta desde el interior toda la atención de su entorno contemporáneo. 200 obras se reúnen recogiendo el delirio del catalán gracias a la colaboración del museo con el Pompidou.


            El hiperrealismo metafísico, ya no surrealismo, deja su huella en cada rincón denotando un mundo ilógico. Como Dalí dijo algún día, si hubiera muchos como él el mundo sería inhabitable. Un mundo, un país, que actualmente pone en duda la monarquía, cuando él se declaraba monárquico pero no políticamente, sino metafóricamente. El pintor, apolítico hasta en sus obras, roza el umbral de surrealismo. Acaricia cada límite con una tesitura sublime y desgarradora.


            Dalí se admiraba a él mismo, no es para menos, y deja que cada visitante del museo lo admire con una ternura exorbitante. No hacen falta testimonios ni justificaciones para aceptar esta afirmación casi catastrófica. Cada mirada que se posa sobre sus obras define sus pinceles con exactitud y alabanzas. Cada susurro que se pasea por los pasillos del museo acorrala a Dalí en una adulación constante.


Gala, su mujer, su musa, está presente en cada trazo de la exposición. Mostrando cuadros con toques oníricos que reflejan la parte más personal del pintor.  Las pinturas destacan su época más paranoica y ególatra. El narcisismo supremo de un artista encarcelado en sus obras. Dalí es el simple chapoteo de un egocentrismo que se deja querer. Dalí es la lógica de lo defectuoso, el razonamiento insensato de la imprudencia, es el asesinato de la razón a manos de un intelecto extraordinario. 

jueves, 11 de abril de 2013

Retórica semidesnuda



“Habré de escribir un día cómo el hombre que aprende a amar, a tientas probablemente”. Con estos versos, Cuestiones aplazadas, de Antonio Lucas, ese gran periodista que no deja que pase ni un día sin poesía. Con ellos, con el humo tenaz que perfumó alguna vez el rostro de una artista como lo fue, para muchos, Sara Montiel, y con la eterna juventud de José Luis Sampedro tal vez se pueda afrontar la pereza literaria que despide algún que otro rugido desde la sumergible pero impermeable barra de un bar. Poesía y nicotina: verdad e inspiración.
                   El poeta en el periodismo es aquel Quijote eterno con psicodelias en prosa. La lírica de la sinrazón, del despecho más recóndito;  la ironía de intentar pintar un picasso con unos pinceles quebradizos y arcaicos. Pero los trazos son los que dirigen cada alegoría, los versos son los que desinfectan cada desastre noticiable. Ya desde el siglo XIV periodistas y literatos devoraban a la Real Academia Española a través de polémicas. Entre los atisbos de Mariano de Cavia y la imposibilidad de obstaculizar una actividad, el periodismo, franqueada por la soberbia. Pero las noticias ya se conocen o, al menos, se desarropan; la literatura es lo que hace de un hecho una historia, de un desfalco un final con moraleja por el que intentar sobrevivir.
                   Recordando a César González Ruano se tiñen los rugidos de la barra de aquel bar con resignación e impasibilidad como la procedente del alcohol de las comisuras de sus labios. “Nunca me interesó mucho ni poco el periodismo como al periodismo, y lo tomé como medio más que como fin, procurando desde mis primeros momentos hacer literatura en periódicos, más exactamente que periodismo literario”, decía. Y es que probablemente el mensaje siempre esté ahí, desnivelado, acosado y adulterado con etéreas esterilizaciones, pero se puede adornar. Se puede gesticular a través de literatura. Aderezar con las historias de a pie, con sensaciones. Confeccionar un periodismo de símiles y susurros, de respiraciones y formas de anhelar, concebir una retórica con una vestidura inexorable.


Columna publicada en La Opinión de Málaga el 11 de abril de 2013 

domingo, 7 de abril de 2013

Simples receptores de incoherencias



“Entre lo popular y lo masivo” de Alonso B. es esa reflexión constante que hace de la sociedad una masa simple y sencillamente encasillada en no ser nada. Es la consideración estimable de hacernos manada, parte de un todo que no se inmiscuye, que no parpadea, no reacciona, no respira.

Nos basamos en las afirmaciones de los grandes como Gramsci, filósofo, teórico marxista, político y periodista italiano, para respaldar estas consideraciones. Nos apoyamos en ellas porque nos estamos acostumbrando a no poder justificar lo que decimos por nosotros mismos.

            Desde aquel Daily Courant en 1702 hasta nuestros días con la infoxicación más indigente y mísera. Con el boom de la prensa de masas en mitad de esas dos columnas que se derrumban: una por ingenua e indeterminada, otra por austera y confusa. El primer ejemplo de acceso a la información lo podemos ver con las actas diurnas, pero a finales del siglo XVII es cuando este acceso se empieza a generalizar para todos los públicos. La burguesía hizo que surgieran los nuevos lectores. Y las publicaciones aumentaron gracias a Girardin, periodista y publicista francés,  que multiplicó los suscriptores aumentando la cantidad de publicidad.
  
Surkel destaca el perfil simbólico-dramático de esta prensa popular. Puro drama ya que a la vez que algo se constituye en sí mismo para llegar a mayor número de personas, también disminuye su complejidad, su nivel de investigación y precisión, su información. Lo popular se hace masivo, puede que sean dos conceptos unidos, o que simplemente no nos veamos capaces de separarlos.

La Opinión Pública que tanto defendía Habermas, acompañado por Víctor Sampedro (uno de los mejores profesores de la Universidad Rey Juan Carlos),  juega un papel muy importante en el planteamiento de esa diferencia de conceptos, popular y masivo. La opinión pública destaca el papel de la sociedad, lo popular, no sólo como algo masivo, sino como un ente crítico que participa de la democracia, o lo que queda de ella.

“Si todos los miembros de una sociedad tuvieran la misma cultura no haría falta una cultura popular”, decía el escritor y político Burke. Y es así, pero el sistema está hecho para que todo esté segmentado en base a la información. Le contestaría a Burke con una frase de Gramsci: “puesto que debemos construir el país, construyamos directorios, enciclopedias, diccionarios”. Pero en la actualidad lo popular es masivo, y lo masivo manipulación. 

jueves, 4 de abril de 2013

Manzanas sin paraíso


La autora del libro Delta de Venus habitaba el cuerpo de la inteligencia emocional más sublime cuando realmente empecé a conocerla. Vivía en la figura de una cineasta, poeta y novelista de La Habana. Anaïs Nin vestía de rojo, ese rojo que hace desplomarse a la más profunda neurosis. Cobijaba su recuerdo tras unos labios que provenían del mismo trastorno, del mismo color rojo insaciable. Su pelo: oscuro como su prosa, homogéneo como el éxtasis y el delirio sexual más elevado. Wendy Guerra era Anaïs Nin en el momento en que Posar desnuda en La Habana fue publicado.

            “El erotismo es una de las bases del conocimiento de uno mismo, tan indispensable como la poesía”, dijo alguna vez la escritora estadounidense. Admiro a la dueña y a la intérprete de este razonamiento muchas veces decorado por escrupulosos corpiños. Comparto esa gran admiración con Guerra y su empeño por traer el mejor erotismo hasta nuestros días.  Aunque, de vez en cuando, sonrisas ingenuas brotan de mi subconsciente por esa forma tímida de no llevar razón, por la simple pero costosa aceptación de que exista gente que se exalta con esos diarios al constatarse de la imparcialidad que Anaïs Nin consigue descosiendo su alma en sus diarios, al relatar casi sin sentimientos la parte sexual de su biografía. Exaltar en el sentido de llegar a sentirse intimidado al pasar las páginas de ciertas novelas avant-garde, cuando el erotismo no es más que un verso desnudo arropado por la literatura, es casi la forma más lírica de rozar la ropa interior de una mujer. Esa sonrisa ingenua brota también con Cincuenta sombras de Grey, ese libro tan trillado. Pareciera que leer algo así es como coleccionar mordiscos de manzanas en el paraíso, pero ya no existe el paraíso.

            La liberación de la mujer y Anaïs Nin deberían ser sinónimos, conceptos paralelos, miradas con párpados eternos considerados afines, contiguos. Wendy Guerra lo demostró en aquel diario apócrifo basado en la prosa de Nin, para mí, la mejor hilada que existe en forma de literatura y pausas perspicaces,  con permiso de Henry Miller. El próximo otoño saldrá en España una novela de la autora del blog Habaname. Una de las voces del grupo Bogotá 39 puede volver a hacer que broten esas sonrisas ingenuas. 

Columna publicada en La Opinión de Málaga el 4 de abril de 2013

lunes, 1 de abril de 2013

Vía Crucis perpetuo



Indiferencia. Indiferencia es la palabra que lo cura todo, o eso parece. A veces, ese concepto fluye por un conocimiento interno que te suplica paciencia, un entramado de argumentos mudos que reposan sobre tu vientre cual indignación desorbitada. En esos momentos la respiración se desequilibra en los tempos. Otras veces, la indiferencia surge por pura ignorancia y entonces toda costumbre se lleva una deliberada puñalada en la espalda. A falta de humo y demás nicotinas prefabricadas, buenos son los derivados del incienso, o no.

Hablaba de indiferencia porque en estas fechas la Procesión de ateos, como describía el gran Jabois, acorrala a la coherencia. Sin entrar en temas de fe, el genial `spring break´ americano viste de cera las calles españolas en cuestión de segundos. Mientras el equinoccio de marzo aún reposa la resaca, como de costumbre, nos proponemos enlazar lo moral y lo inmoral, lo mortal y lo… Déjenme que califique con el adjetivo `indiferente´ a toda esta amalgama de contraposiciones y controversias triviales. Indiferente por ese posicionamiento en ninguna parte, por esa neutralidad desencajada que subraya lo anodino de una sociedad acomodada en la penumbra. Sin hablar de las misas meteorológicas con connotaciones irreverentes.

Una mezcla de rubio y blanco pálido con el efecto fan rodeando sus ocurrencias viste con grandes alabanzas esta semana a Málaga. La baronesa Thyssen culturiza esa creencia en una bancarrota divina. También entre el blanco, chapado a la antigua, y el rubio, en compañía, Antonio Banderas le sigue el paso. Envidio a toda esa gente que se posiciona a un lado u otro de la balanza, con fe o sin ella. También a los que divagan entre sus propias indecisiones. Pero no a los indiferentes. No a las reuniones trajeadas que deambulan con sus impertinentes grados de impasibilidad y posicionamiento inexistente. Al conjunto de creyentes a ratos, políticos incluidos, que pasean de vez en cuando su arrogancia por los confesionarios. No a la cultura de la indiferencia en un vía crucis perpetuo.


Columna publicada en La Opinión de Málaga el 28 de marzo de 2013

viernes, 22 de marzo de 2013

La era de la vanidad

No son estos párrafos ninguna aproximación a un altivo discurso generalizado. Tampoco son lo opuesto, un manifiesto de insignificancia y timidez de los que a veces chirrían por los vagones. Son, simplemente, la definición de algo que no existe, al menos, como parece que existe. Partiremos de lo que ha quedado de mundo desde la `Ilustración´ hasta ahora. Con respecto a la vanidad, nunca hubo clase media.
            Cuando aún gobernaba aquello de la razón, los humildes por méritos propios observaban a los vanidosos con cierto respeto. Diría miedo o, incluso, temor, pero estaría mintiendo. Una minoría formada por egocéntricas aglomeraciones que se encontraban en la cúspide, algo directamente proporcional según la Biblia a propósito de la `buena nueva´, sentenciaban a sus anchas. Supongo que un egocentrismo tal cual es algo que hay que admirar, hasta cierto punto. ¿Cómo será ese sentimiento? Tiene que ser superior a confiar en sí mismo. ¿Será una certeza absoluta, que emana quién sabe de qué desgarro neuronal, en cualquier acción que se ejecuta o piensa?
            La cuestión radica en que el tiempo ha pasado, y los narcisistas ahora no distinguen clases. Clase social mental, me refiero. Hasta un mínimo resquicio de intelecto carece de modestia, o no. Seguramente antes también los había, por suerte o por desgracia. De sobra es sabido que el individualismo es el calificativo perfecto del siglo XXI, pero la rivalidad que trae consigo hace de la humildad el valor impecable que casi no tiene cabida en estos momentos. La vanidad vende, es rentable, hay que aceptarlo. Vivimos inmersos en un estado constante de aforismos, por llamarlos de alguna forma. De mandamientos autoritarios dignos de esta nuestra era, la era de la vanidad. Pero, déjenme sospechar si esa soberbia con matices excéntricos no es sino una consecuencia del miedo. Ahora sí, miedo en mayúsculas. Pánico a no ser superior, mejor dicho, pavor a no estar tan seguro de sí mismo que nadie te mire con respeto.


Columna publicada en La Opinión de Málaga el 21 de marzo de 2013