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jueves, 23 de mayo de 2013

Las entrañas de la fotografía



Hay días en los que la primavera no se atreve a entrar por la ventana, se resiste y tú te resistes con ella. Llora quizá desde lo más alto y las lágrimas resbalan en los cristales. Entonces te sientas y sopesas la posibilidad de revisar el pasado, en un halo de intimidad decorosa, a base de fotografías.  Al principio fue Blow up, aquella película de 1966 basada en Las Babas del diablo de Julio Cortázar. Tras aceptar que las fotografías son algo más que sencillas imágenes, se suceden los momentos de inquietud. Comienzas a abrir ese cajón, sacas un álbum de fotos y terminas con el salón repleto de recuerdos: imágenes mal encuadradas de aquella cámara que no sobrevivió a las torturas prematuras de la curiosidad y caras que habías olvidado desparramadas en el sofá. Después The Public Eye, tal vez por el simple hecho de colmar una obsesión al escuchar a Paul Simon, Nickelback, Weezer, Ryan Adams, Rod Steward o The Who recordándonos las entrañas de la fotografía en algunas de sus letras, mientras se tensan los entresijos de los Premios Príncipe de Asturias. ¡Qué delirio! También Smoke, aunque tan sólo sea porque fue co-dirigida por Paul Auster, y Retrato de una obsesión. Entretanto, las fotos se vuelven etéreas y nos descubrimos de repente delante de una pantalla. Se desatan los destellos de cómo asustar a Annie Leibovitz sin casi hacer nada, sólo con publicar indiscriminadamente esos disparos de smartphone recién estrenado. También capturas de emociones guardadas en alguno de esos aparatitos tecnológicos que se nos hacen imprescindibles y atiborran de flashes impulsivos ese mínimo de decencia fotográfica que si tuviéramos en cuenta de vez en cuando no sacaríamos a pasear tan a la ligera. The Bang Bang Club nos traslada al reporterismo de guerra, a esos retratos ya sin alma. Escampa y la esencia de la fotografía tiembla al volver a desatarse de forma inconsciente. Esos pequeños dispositivos móviles vuelven amenazar con calidad bajo cero a la vez que determinados cursos fotográficos se organizan simplemente para masticar adjetivos.



Columna publicada en La Opinión de Málaga el 23 de mayo de 2013

jueves, 21 de febrero de 2013

Un smartphone para Gila



Entre cánticos ensordecedores vistos como la originalidad más soberbia se tiñe la lóbrega y castiza instalación de cada circunstancia.  Con la Generación del 27 despavorida y justo en ese momento en el que la literatura se escribe con la punta de la lengua, cabe preguntarse si es factible aceptar que aquel pigmento que se resbala desde los más elevados preceptos de la lógica es real. Se duplican los alfiles entre arrabaleras enajenaciones, mientras. Cabe interrogarse a sí mismo, cuestionarse y dejar de escribir-reescribir o fingir leer al mismo tiempo que se destiñen los razonamientos sugestivos a base de ventanas rotas. Ventanas o defunciones colectivas disfrazadas, modo carnaval, de `contornos´ virtuales.

            Desde Amazon, querido Amazon desprovisto de reseñas. Desde la más remota aproximación a la sensación que un ministro de cultura pudo aminorar con un desnivelado e inestable levantar de cejas días pasados. Aún queda la resaca de unos premios de garrafón en el resplandor artificial que siempre, sin falta, despide su calva (des)velada. Gila hubiera destinado cada halo de comedida indulgencia al subsuelo. Vestidos de charol enfurecido, como ápices de la catarsis más ficticia que un contrachapado de impaciencia pueda soportar, siguen comiéndose a los alfiles.

Bien, pues no quiero decir que por tales ventanas que caían de forma precipitada desde el escalafón de los estrepitosamente `optimizados´ tengan que apuntillar con fuerza sus brotes de posicionamiento reversibles. Aunque no sé si lo pienso. Tampoco que los Amish sean la solución perfecta a una mezcla de ingenuidades con calvicie y abrumadores florecimientos de demencia online. Simplemente se sugiere una corredera, a veces. Un bozal o un mea culpa con entonación extenuada. Un ser pusilánime que invada lentamente ciertas conciencias con pretensiones de exterminio, pero que sólo se queden en pretensiones. Acaso un regreso al costumbrismo ingenuo, alguna dosis de surrealismo. Quizá, un smartphone para Gila. 
Columna publicada en La Opinión de Málaga el 21 de febrero de 2013

domingo, 14 de octubre de 2012

De `Axe Wound´ a Tim Burton



La infancia se mantiene en conserva cuando los ajetreos diarios no permiten precocinados como entremeses. Se custodia entre manantiales de profecías y conjeturas sin aliento. La niñez, esa amalgama de ficción y realidad de mentira, bosqueja los retales de un comienzo confuso.

Es un cortometraje, el primero de una tira de obras cuanto menos calificadas con el adjetivo desdeñable. Tim Burton amenazaría esta compostura eterna con una ecuanimidad desbordante, o no. El negativo que cubre la perspectiva de lo imaginario se viste con eso, con la amenaza de ser perpetuo y la compostura de parecer razonable. Por eso, las películas de este director, escritor, diseñador y productor estadounidense se arropan de la inocencia de un mal menor como es la infancia. Films poseídos por el fantasma de su niñez. La sombra de un niño introvertido con matices góticos y oscuros.


También, en la penumbra burtoniana, prevalece el recelo ante lo aberrante. Figuras ilícitas en el plano de lo estilísticamente poético. Aparecen monstruos en sus películas. Seres con mayor emisión de emociones de lo que de un humano se podría esperar. Personajes sacados de las más recónditas esperanzas pasadas, basando su vida fílmica en un vaivén de adorables atrocidades. Axe Wound (traducido como `herida de hacha´), alias que recibió Tim Burton de pequeño por sus `juegos´ un tanto atrevidos, gotea los restos de hombre consumido a películas de terror cuando era niño. Con la brevedad de ser fiel a Vicent Price, actor de cine estadounidense conocido principalmente por sus películas de terror,  en su filosofía de la imaginación.

“El cine es el mejor cuento de hadas” comentaba Burton en una entrevista hace algún tiempo. De ahí que cimente sobre él toda su fantasía extraordinaria.  Lo podemos ver en Frankenweenie su nueva película que se estrenó en España el 11 de octubre. Esta historia nace en 1984, pero Disney se negó a llevarla a la pantalla debido a que su trama contenía altas dosis de terror (ahora contratada con otro `estudio´). Un stop-motion cargado de nostalgia en lugares de Burbank, su ciudad natal. El 3D destaca la importancia del trabajo artístico que hay detrás del montaje. En la película aparece Winona Ryder, siendo la tercera vez que trabaja con ella; se ausenta esta vez Johnny Depp, un anclado generalmente a los trabajos de Burton.


Pero aparte de reanimar su niñez en `cuentos de hadas´ como este, Tim Burton es un pequeño poeta en silencio. En 1997 publicó un libro de poemas The Melancholy Death of Oyster Boy &Other Stories. Memorias de un `misfit´, inadaptado en el inglés más profundo, acotaría en mi perspectiva de cinéfila a secas. Como decía Billy Corgan, "una canción, un cuadro, una poesía no te va a gustar más o menos si sabes que pensaba o sentía el autor al hacerla, te gusta o no te gusta, y punto". Y creo que llevaba razón.



sábado, 2 de abril de 2011

Festival de cine de Málaga


Sales a la calle, notas el calorcito de la primavera malagueña en tu piel, paseas tranquilamente… De repente, un aluvión de gritos al aire, la gente se agita, se agolpa y los flases invaden cualquier rastro de luz natural.

Sigues a la multitud y logras camuflarte fácilmente entre ella. Te familiarizas con el ruido mundano y descifras que todos gritan al unísono “Carlitossss”. Pero… ¿quién es Carlitos? Apresuradamente un niño que supera el metro de estatura por escasos centímetros se abalanza corriendo a través de la alfombra roja que conduce su camino hacia el hotel. Los gritos cesan súbitamente, las masas se tranquilizan y empiezan a comentar (por cierto, el niño era actor en la serie de Los Protegidos).

Así, pasa el festival de cine de Málaga, un día tras otro. Gente que pasea decididamente por las calles de la ciudad en busca y captura de un famoso con el que hacerse una foto, que esperan largas colas, que se agolpan en las puertas de los hoteles y teatros. Fans incondicionales de actores, películas, largometrajes…

En los lados opuestos al efecto fan, gente  inmutable ante la presencia de los actores invitados, que caminan por las alfombras colocadas para el evento como si fuera un día normal, gente segura de sí misma que no se deja influir por las masas; una posición a elogiar.


Y, en la otra orilla, personas que saltan la pura indiferencia y el efecto fan y se colocan como masa persiguiendo famosos. Ya no por el hecho de seguir a los actores, sino por seguir a famosos. Por echar fotos a 4 GB /hora, por criticar la ropa o la forma de comportarse de los denominados por las masas “famosillos”, por pedir autógrafos y después preguntar quién era…

De esa forma es la sociedad, tan diferente en un mundo tan globalizado. Con diferentes puntos de vista acerca de un simple evento anual. Posiciones criticables entre sí, pero respetables por educación.