sábado, 9 de febrero de 2013

Silencio a voces




Después de todo, lo que importa cuando llegas a la sección de cultura de un periódico tal vez sea el mero hecho de aceptar que sigues vivo, para bien o para mal. Vivo: en un sentido literal un tanto hundido en la miseria; literario, si se quiere ahondar más en las cicatrices. Rozando titulares con los dedos como si se quisiera absorber la tinta por la piel e imprimir en ellos las gotas de café que se adueñan de nuestras huellas dactilares. Viendo como se despeinan las hojas y nos despeinan con ellas. Despiertos o aún naufragando entre legañas, como convenga. Al fin y al cabo, tragar saliva se ha convertido en un acto reflejo. Convencidos de la sobriedad que destroza día a día nuestra mutilación anticipada, cabe la posibilidad de llegar a las páginas de ese rinconcito de una industria que se derrama sin muchos reparos, casi siempre sosteniendo la impotencia entre manoplas.

Hay un ente inmortal que debiera, en ese instante prófugo de cavilaciones malignas, introducirnos sin pensar en un rumor de espejos, como mecía Emilio Prados en sus versos. Tal cual. Adentrarnos profundamente en un estrepitoso crujir de neuronas rotas por aislamiento colectivo. Y profundizar tanto en esa melodía, producto de la ausencia de sonido que arrojan pantallas estrafalarias, que el ruido sea insoportable. Tanto, que se extienda ese silencio a voces y todo quede amarrado, atado con la presión suficiente para desbordar caudales de minimalismo.   Y, en el transcurso de esa aceptación con antecedentes, no pasar las páginas como si fueran el decorado de las cucharadas de cafeína. No amputar pedacitos del hoy en día o tragarlos a modo de anticonceptivo. Al menos, aceptar solemnemente que, alguna vez, estuviste vivo. Así caben menos cavilaciones maltrechas. La tierra está sorda, Cernuda tenía razón, abarrotada de interjecciones sin compostura, de silencios. El agotamiento que conlleva ingerir ciertos transgénicos genera una duda de tiempo perfecto, suscita página a página un futuro translúcido.

Columna publicada en La Opinión de Málaga el 7 de enero de 2013