viernes, 19 de octubre de 2012

Una fábula arrojadiza




El autor de una utopía la guarda siempre y la protege. Custodia sus esquinas amoldándolas contra la mezquindad del despecho. El demiurgo de  tan apreciada fortuna, cubre cada amanecer esa quimera en el solsticio de una nueva estación. Acompasa con la tesitura propia a quién se atreve a entonar cuando se hace el silencio. Corrobora, día tras día, que el estupefaciente que se apoya en libidos inestables y la esfera creada a base de somníferos sin el desinfectante propicio solo obedece por caridad. Famélico a causa del pragmatismo establecido, simplemente balancea esa utopía. La mece en su regazo.

“Que sepulten la utopía” rimaba Luis Eduardo Aute  en una de esas canciones con las que se despierta la noche. Jugaba con ella, con la utopía, como se entretiene a un niño en el momento en el que el sueño acaba. Es así, las fantasías son chiquillos con coloretes embriagados de ambición. Y los verdaderos cantautores, las caricias con las que estos se distraen. Son los paralelismos en el marco de la destreza lo que unifica este recuso pueril, el de metaforizar (por insidioso que parezca) la inverosimilitud de lo mundano.

Una energía de activación, físicamente comprobable, sería el germen de los latidos de las cuerdas de una guitarra, casi siempre inherentes al compositor de bolsillo. Barbas de tempestades en acuarelas y, a veces, un peinado desaliñado con sabor a una alegoría pendiente sustentan el alma de las letras. No es más que un micrófono pegado al pecho con  las pupilas hincadas en una corbata reprobable, además de otros instrumentos en manos de desenterradas utopías. La canción de autor no es más ni menos que eso, una fábula arrojadiza.                                                                                                                                                                   


Pablo Guerrero sabe bien de qué hablo tras esta definición maquiavélica del placer de succionar la poesía con los acordes de un revestimiento musical. Locura, en resumen. Para no matizar reflexivos inconscientes. Ya no decía Aute, “el que hace poesía, el artista, es un personaje que está más cerca del manicomio que de la academia”. Cada cual recoge su fábula como quiere, o como le dejan. 


Columna publicada en La Opinión de Málaga el jueves 18 de octubre de 2012