sábado, 13 de octubre de 2012

Sinónimos ambiguos



Decía María Moliner que una crónica es una “historia en la que se van exponiendo los acontecimientos por el orden en el que han ido ocurriendo”. Pero ¿qué pasa cuando todo es desorden? Cuando los que organizan esa `historia´ no tienen `nada que ver´ con los acontecimientos que se suceden. Es más, cuando quieren diluir esos acontecimientos a simples ocurrencias o grietas en un marco ya muy desgastado. Ocurre que ese artículo basado en la entropía se articula mediante la imagen de sinónimos ambiguos, tanto lo son que enturbian la conciencia.

Y es que érase una vez una novela negra, al estilo de Raymond Chandler en su ensayo El simple arte de matar, que despedía policías acompañados del calificativo infiltrados y los antidisturbios atacaban lo que ellos mismos provocaban. El decorado del 25S, justo ese. Como mera espectadora de la ficción instaurada podías participar de una manera u otra en este género de la literatura tan acompasado. Yo elegía otra. Vaqueros inherentes preferirían ser de terciopelo. Pero todo se volcaba en una miscelánea.

Has de saber lector, de esta doctrina española contemporánea, que nos situábamos en plazas y glorietas, entre caras de desconcierto y esperanza. Por momentos todo era unidad, la desaprobación ante las injusticias era el todo que nos envolvía. Pancartas y gritos de una fe que en cuanto los historiadores podían la deshacían a patadas.
                                                                                                                         
El 23 de octubre se volverá a suceder lo que denominaría vergüenza ajena. No por el pueblo, por supuesto, sino por los responsables de que este país reduzca su dignidad a un banquete de migajas (paseándolas incluso en el tópico de la Fiesta Nacional). #RodeaElCongreso desde las 19h a partir de unos debates que se realizarán en la Plaza de Neptuno. También el 25 con `jornadas de lucha descentralizada y desobediencia civil´. Y el 27 de octubre, tan lejano como cáustico en el símil de Einsenstein, manifestación estatal. Desde la Plaza de España, Callao, Cibeles, hasta la Plaza de Neptuno.






Este jardín baldío que será el paisaje que habitamos
necesita de tu camino sin ortigas ni avisperos.
Cuánta melancolía entre el rumor
de furgones policiales y de escudos,
cuántas ganas de estrellar el cántaro en el suelo,
abandonar el surco que lleva hasta la fuente
y rodear con antorchas el palacio de otoño.

La casa está incendiándose y ellos señalan la cama sin hacer
y recuperan el blanco y negro de los nodos y los cuervos.

Dónde está el poeta aquel que señale al rey desnudo,
dónde las canciones y las crestas coloreadas,
melodías de los clash como un adaggio
nocturno de tierras subterráneo.

Nueva York sin Lorca es una estatua sin antorcha ni pasado
y un registrador de la propiedad sonríe desde la tribuna
y habla de una España inventada: silenciosa y silenciada.

“Quiero felicitar a los cuerpos de seguridad del estado”
dices tan rubia y tan lejana,
tan miércoles de ceniza y vivaespaña,
tan tarde de pilates y barrio Salamanca.

Neptuno atlético, vencido, acorralado
regala su tridente al indignado
y así estamos rezando al dios del mar
para que sople las velas de tu barco
y te salve del exilio que elegiste
al comer la fruta del árbol Loto.

En tu ausencia te diré
que cíclopes y dioses asediaron nuestra casa,
 que tratamos de salvar los muebles y la vida,
que este jardín baldío
que será el paisaje que habitamos
te espera con la lluvia de este otoño.
Un otoño de comienzos y bigbanes
en que el mundo entero está mirando
tu regreso, tus dudas, tu lamento,
tu hueco en el jardín abandonado.