jueves, 13 de abril de 2017

“Huelma es por su pasado una fuente literaria inconmensurable”

Las raíces del escritor Juan de Dios Villanueva Roa 

Existe un pequeño pueblo al sur de la provincia de Jaén que recoge en sí todos los versos susceptibles de ser vividos. No deja a un lado lo antiguo: todos los resquicios del pasado mantienen su compostura dibujando recuerdos.  Tampoco lo nuevo: cada gota de futuro salpica sobre sus tierras. Huelma es ese abrazo de tiempos, antagónicos y sin embargo enlazados, que destila literatura.
            Juan de Dios Villanueva Roa es uno de los escritores a los que este municipio vio crecer. Actualmente profesor de la Universidad de Granada, colaborador de varios medios de comunicación y autor de diversos libros, Villanueva Roa pasó su infancia en este lugar del Parque Natural de Sierra Mágina. Una localidad en la que se apoya constantemente para sus escritos: “En la cultura de su pasado, en el contraste de sus gentes, en su suma social…”.
Huelma es por su pasado una fuente literaria inconmensurable”, afirma el profesor tan sólo un año después de la publicación de su último libro: Candela. No hay más que leer una breve estrofa suya para dar fe de ello:
Cada mañana el sol desgarra la madrugada.
Se rompen las calles.
El aliento comprime el pecho.
Las aceras de ayer se estrechan un día más
al pisarlas tus pasos sin rumbo definido.
El escritor cuenta que siendo apenas un preadolescente ya dedicaba su tiempo a leer en la biblioteca libros sobre mitología o de aventuras. “Aunque antes los Tebeos me habían abierto la puerta de la literatura siendo un niño, porque son una de las llaves magistrales que conducen al niño al mundo de la imaginación, de la fantasía a través del color, de la imagen y de la palabra”.

      A Villanueva Roa le asusta la palabra escritor aunque desde su infancia se interesó por esta área: “Es una palabra demasiado grande para apropiársela. Creo que es la sociedad la que debe darla, porque lo contrario sería presuntuoso”. Escribe desde siempre, asegura, mientras rememora uno de los premios para el que fue seleccionado con tan solo trece años. “Cuando pensé que tenía algo que decir a los demás decidí escribirlo, y casi siempre tuve la suerte de que se publicara”, constata.
Esa necesidad de expresarse fue la que lo llevó al mundo literario: “La disconformidad, la necesidad de protestar, el impulso de transmitir algo, algo pequeño, una cosa apenas insignificante, alguna idea, una alternativa, la memoria, o sencillamente desahogarme de algo que me oprimiese en mi interior”.            
Todo escritor conserva en su memoria a alguna persona especial que le despierta de alguna forma el amor por la literatura, un docente que le inculca el sabor de las palabras. En el caso de Juan de Dios Villanueva Roa es Mº Luz Escribano, una gran escritora que fue profesora de la Escuela de Magisterio de Granada “allá a finales de los años 70, cuando la policía nos visitaba en la institución universitaria con cierta frecuencia”, recuerda el escritor. “Ella me hizo percibir cierta sensibilidad en las líneas literarias que hasta ese momento no había descubierto”.
Aunque Villanueva Roa se define como “un lector voraz de los literatos en castellano”, por lo que afirma: “a veces surgen en mis poemas o en párrafos de algún relato semejanzas con alguno del medievo o de los años ochenta, de Colombia o, incluso, de Fuentevaqueros”.
Escribió su primer libro, Atardecer, en el año 1999, el cual surgió “como necesidad de dar respuesta a la necesidad de leer de las personas mayores”.  Atardecer es un reflejo de las vidas de los hombres y mujeres que pudieron ser mis antepasados y mis primeros años. Fue la necesidad de que ellos se viesen reflejados en el papel, sus vidas, sus experiencias, sus aportaciones enormes a esta sociedad que hoy es del bienestar gracias a sus sacrificios; contar cómo era mi pueblo cuando yo era un niño, sus calles, sus costumbres, sus casas, qué pasaba cuando aparecieron las primeras televisiones, cuando sus habitantes, mis paisanos, se marchaban como emigrantes a Alemania, Cataluña, Suiza…”, explica.
Otro de sus libros, El otoño de Lucía, publicado en 2002,  también ha tenido gran acogida. “La mayor satisfacción que he recibido desde que escribo y publico ha sido reciente, cuando una psicóloga se puso en contacto conmigo para decirme que utilizaba mi novela El otoño de Lucía como instrumento terapéutico contra el Alzheimer con una señora de 91 años, pues al ir leyéndola iba recordando su vida. Fue maravilloso ver la fotografía de esta mujer con mi libro en sus manos, arrugadas, finas, casi transparentes ya, con sus gafas, con las que casi quería robar las palabras para recuperarlas en su memoria”.
El huelmense asegura que procura leer todo lo que cae en sus manos, aunque afirma que le atrapa fundamentalmente la literatura del alma. Al mismo tiempo, también escribe sobre múltiples y diversos temas como la desigualdad, la violencia de género, las costumbres sociales, la denuncia… “El hecho de escribir en el Diario IDEAL desde hace veinte años me ha condicionado en la forma de ver la realidad, escribir columnas de forma sistemática te hace analizar la realidad, desmenuzarla para encontrar la esencia, y luego plasmar tu opinión en apenas 500 palabras. Eso te hace especialmente crítico y, si se me permite, irónico”.
Escribe sobre maltrato o caciquismo, pero a su vez también sobre adopciones, amor o comprensión.  “Relatos sobre aspectos cotidianos, que por serlo nos pueden pasar desapercibidos; sobre aspectos lacerantes y disimulados, porque socialmente desde el silencio son aceptados, pero si salen a la luz son repudiados como el alcoholismo”.
Concretamente, su poesía, comenta: “Denuncia la sentimentalidad que sufre el parado, el violado en sus derechos, los silencios culpables de quienes siempre callan, el amor equivocado, la vejez, la soledad, la muerte o el tiempo”. Así podemos observar en sus versos:
Cambiamos un ‘te quiero’
por un ‘te debo’,
tú vales
lo que tus pagos pendientes,
grotescos bulos de muerte.
Pero atestigua que actualmente no se lee poesía, muy pocas personas le dedican su tiempo, “y eso que la poesía es el culmen de la literatura, pero el tiempo se emplea en otras cosas, que desde luego ocupan menos espacio en el alma. Cada cual llena su espíritu como quiere, si sabe o si puede”.

Aun así, el profesor sigue escribiendo. Actualmente está terminando un libro de relatos que se llamará Mariposa Liá. Además, también está finalizando una novela sobre las caras de Bélmez, “una novela que en partes está utilizándose en una universidad de Atlanta, en EEUU, como libro de lectura para aprender español, y en la que juego con la fantasía, con la historia, estableciendo alternativamente relaciones del pasado árabe de la zona, la guerra civil española y el presente, y a partir de ahí surge la novela, con las caras como elemento unificador de la trama”. Asimismo, trabaja en su siguiente poemario “en el que la línea directa entre la palabra y el lector es fundamental, rompiendo con las tradicionales estrofas y dejando al lector su apropiación del mensaje en exclusiva”.
Villanueva Roa centra gran parte de su tiempo, además de al oficio de escritor, en la docencia, en la cual está muy presente la literatura. Un área que se gesta inicialmente en las aulas de centros educativos en los que, comenta, se enseña su historia. Pero “enseñar verdaderamente literatura es aprender a partir de la propia literatura, buscar el rezumo de su esencia, es paladear la palabra y a la sociedad que la ha generado. Y después nos explicaremos al autor y sus intenciones”.
Por ello, expone: “La literatura hay que enseñarla a partir de la literatura, y ahí se explica todo y  sucumbirían todos los lectores. Pero si pretendemos que se llegue a la literatura a partir de nombres, fechas, estrofas y figuras de nombres impronunciables estamos abocando el amor a la literatura y a la lectura en un objeto extraño de deseo. Al alumno hay que hacerlo encontrarse en la literatura, para crecer como persona, para conocerse a sí mismo, para gozar intelectualmente, para provocar la necesidad de pasar de un libro a otro, e incluso de tomar el lápiz”.
El escritor y profesor navega en las dos vertientes, pero entre ambas opciones defiende que es escritor ante todo. “Enseñar es transmitir en directo, ante tus alumnos, escribir es transmitir en diferido. Me retirarán de la enseñanza, donde he ejercido en todos los niveles, desde los niños más pequeños, hasta las personas mayores, pasando por los niveles intermedios hasta llegar a la Universidad; pero no podrán retirarme de escribir, ahí no hay jubilación que valga, es una forma de estar vivo”.
Aunque Granada es la ciudad en la que Villanueva Roa se encuentra actualmente, recuerda con cariño al pueblo en el que pasó sus primeros años: “las escuelas de los carriles, los grupos, donde Don Prisco imponía su norma…” Un lugar en el que continúa presentando sus obras y participando en mesas redondas en las que si bien “algunos de los asistentes  no me conocen, buscan por mi físico las referencias ancestrales en mis abuelos y mis padres. Y siempre atinan”.
El autor afirma que “tiene todas las ventajas el escritor que nace en el medio rural, porque a la ciudad puede ir cualquiera. Ser de pueblo te otorga una ventaja intelectual que jamás adquirirán los que no han vivido en el entorno rural. Las experiencias vitales de la infancia marcan de forma definitiva a la persona, y nada como el pueblo y el campo para definir a alguien. Luego la ciudad puede aportar otras vivencias, pero después, cuando la base humana está ya construida”.
Villanueva Roa explica que hay escritores de Jaén que le han influenciado, “Es evidente que Muñoz Molina es referencia obligada en la literatura actual, pero no olvidemos que se es de donde se pace, y ahí Machado tiene algo que decir, y hasta en San Juan de la Cruz se pueden encontrar imágenes de este territorio. Actualmente hay un grupo de escritores de la zona, un poco dispersos por distintas ciudades, que llevan estos paisajes, estas culturas, esta gastronomía y medios de vida en las venas, y que asoma entre sus líneas de cuando en cuando”.
El escritor cree que literariamente hoy por hoy Sierra Mágina es un esfuerzo para el futuro desde un pasado silencioso, que es un territorio que podrá ser literario porque reúne las características para serlo, porque la fantasía, las imágenes, las gentes, su situación geográfica pueden facilitar que así sea. “Pero algo habrá que hacer para que se consiga, y los elementos culturales y políticos deberán esforzarse en ese camino”.