martes, 8 de marzo de 2016

El malabarista de recuerdos


Mi vida yacía tendida a falta de respiración asistida. Despojado de sensaciones rutinarias  y acunando pretenciosas verdades absolutas, me disponía a decir adiós de nuevo. Tanto afán de independencia había hecho de mí un hombre solitario que, como habitualmente, se apresuraba a averiguar con prisa la dársena que le correspondía.

Ya me había acostumbrado a viajar de un lado a otro, por una causa precisa o buscando alguna en otro lugar. Como Unamuno me afirmó en uno de mis traslados: “Se viaja no para buscar el destino, sino para huir de donde se parte”.

Poco a poco me sumergí en aquel mundo de cruces de miradas y asentimientos con la cabeza. Al principio, me encontraba nervioso por desconocer paradas y trayectos. Pero asimilé la belleza de esa sensación de incertidumbre.

Siempre con música, algún libro y una libreta de notas para recordar historias fruto de mi imaginación y de mis impulsos. Me sentaba en el asiento del autobús que me había sido asignado y colocaba todas las cosas que portaba en el asiento de al lado. Siempre elegía asiento con ventanilla para mirar hacia el exterior pretendiendo acoger todo el paisaje en mi mente.

Concretamente prefería los asientos que se encuentran justo en medio de una ventana, separados de los marcos para tener una visión más amplia. A su vez, también los escogía deliberadamente para estar alejado de las cortinas. Incluso cuando el sol penetraba por el cristal, optaba por permanecer observando por el ventanal.

A veces, cuando alguien se sentaba a mi lado, quedaba sorprendido por las historias que sin conocerme me contaba. Algunas señoras mayores lograban asombrarme. Diversas situaciones muy peculiares se amontonaban en cada viaje en mi libreta de notas.

Con el tiempo, fui haciendo mía aquella sensación. Exceptuando muy pocas ocasiones, siempre viajaba solo y lo prefería así. Cada vez que tenía que hacer un viaje lo organizaba al milímetro y esperaba con afán que llegase ese momento.

Los trayectos los vivía como un cambio de dimensión, pero despacio para asimilarlo. Rutinariamente tenía que cambiar de lugar y consiguientemente de forma de actuar. Pasaba de un ámbito de mi vida a otro totalmente diferente: del familiar al universitario, del de pareja al laboral, del de ocio al de obligación… Estos cambios entrañaban un cambio de registro que se me hacía más fácil y llevadero al pasar por el placer de descansar mis preocupaciones e inquietudes de parada en parada del autobús.

La mayoría de las veces que me trasladaba a algún lugar nadie me acompañaba para decirme adiós y nadie me esperaba para darme la bienvenida. Pero me gustaba así, dejando atrás de forma brusca un mundo para adentrarme en otro. De hecho, en los momentos en los que por alguna razón alguien me acompañaba a las estaciones me sentía incómodo.

Pero si recuerdo algún momento con precisión es, sin lugar a dudas, cuando Andrea me acompañó a la estación. No me sentí incómodo, al contrario. Previamente el día anterior me comentó que iría a la estación de Atocha a despedirse de mí. Un acto que me pareció demasiado bondadoso viniendo de ella.

Consecuentemente ese día organicé la maleta milimétricamente, como si incluso al despedirse fuera a ver lo que había en su interior. En mi monótono estilo de vestir me las ingenié para parecer más compensado. Inclusive pensé meticulosamente en el resultado final de mi aspecto. Conocía a Andrea desde hacía varios años y sabía perfectamente lo que le gustaba. Por lo que me procuré una presencia que no suscitara ni elogios ni destacara defectos. Me propuse ser, para la última vez que nos íbamos a ver, alguien con apariencia elegante pero desenfadada.

Respiré profundamente. Pensé comprar algo para dejárselo como recuerdo, pero lo creí inoportuno porque denotaría mi tristeza. Irónicamente, ella y yo sabíamos que volvería a Madrid, pero por alguna extraña razón conocíamos que ese era el momento indicado para separarnos, el momento clave que dejaba abiertas las despedidas solitarias.

Llegué pronto a la estación, tanto que no sabía qué hacer, cómo comportarme, dónde quería que me encontrase. Quizá haciéndome el desinteresado en un bar, hojeando libros para dejarle la impresión de ser un intelectual o simplemente sentado a la espera para que supiese que era a ella a la única que quería ver.

Pasaba el tiempo e incluso llegué a pensar que se había olvidado de mí. Compré el billete y, cuando me dirigía a buscar la dársena, una mano congelada tocó mi espalda. Me di la vuelta, estoy seguro de que notó como se ruborizaban mis mejillas pero adopté un comportamiento cruel. Una pose fría que había copiado de ella: como si no me importase nada, como si las cosas no tuviesen valor, simplemente sucedieran.

Andrea siempre tenía prisa y miles de cosas por hacer, así me lo hizo saber una última vez. En realidad nos despedimos: ni un abrazo, ni un beso, ni una palabra de las típicas que se suelen decir en estos momentos. Solamente me dijo que así estaba mejor, refiriéndose a mi aspecto y a mi forma de actuar. No se daba cuenta de que poco a poco había ido copiando su comportamiento. Yo era una copia deliberada de Andrea.

Me dirigí a bajar las escaleras mecánicas. Siguiendo mi instinto respecto de lo que creí que ella haría: no miré hacia atrás. Siempre me quedó la duda si ella pensó lo mismo o incluso volvió la mirada. Pero yo no lo hice. No sé cómo bajé las escaleras sosteniendo un libro en mis manos. Estuve tan concentrado en cómo debía comportarme que no me había dado cuenta cuándo ella lo depositó allí. Era un libro sin importancia, como todo lo que ella solía hacer: sin importancia, sin objeto alguno, sin intenciones. Un libro sin más, que seguramente alguien le habría regalado a ella.

Andrea tenía la filosofía de que si no le das importancia a algo no la tendrá. Por eso no guardaba nada con aprecio. Así que coloqué el libro al lado de mí, muy cerca del hueco entre los dos asientos, lo dejé adrede en una posición de caída segura o de olvido si esto no llegaba a suceder.

Sentado ya en el autobús a punto de salir de la estación, centré mi mirada en la gente que se despedía desde fuera del autobús. Nunca había tenido envidia de esa sensación, pero me pareció curioso. Andrea se fue incluso antes de que hubiese bajado las escaleras para encontrar la dársena. Nunca nadie que acompaña a alguien a la estación se queda a unos pasos del límite. Siempre el acompañante es aquella persona que llega hasta el momento final, inclusive están los que hacen señales desde fuera del autobús como si no hubiesen tenido tiempo de hablar o los que suben al autobús para ofrecer un último beso.

Recliné el asiento y me dispuse a leer el libro que había preparado para este nuevo viaje. Aún quedaba impreso en mis ropajes el olor a tabaco barato de Andrea. A veces era vomitivo; otras, delicioso.
“Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos”. Fernando Pessoa ocupaba ahora todos mis sentidos. Me parecía un ser maravilloso. ¿Por qué no podía estar loco si es lo que pretendía? Me di cuenta de que la gente no nos conoce como verdaderamente somos. Podemos parecer personas correctas y sencillas y esconder en un baúl más de 25000 escritos en los que utilizamos 72 heterónimos.


Yo solo había tenido compañía en mitad del trayecto y ahora ya llevaba más de media hora en el autobús.  Había tenido una despedida sin despedida. Un gesto que si no fuese por el libro que me había regalado parecería un sueño. Pero el libro ya no estaba.