miércoles, 2 de julio de 2014

El ego es un negocio

El hombre que sabe escribir es superior a los demás, a Raúl del Pozo se lo ha confirmado Galván


El café americano se sigue sosteniendo entre unas manos que tiritan demasiado. Tres siglos después de que se vislumbraran las primeras sombras de lo que más tarde pasó a llamarse Periodismo literario, aún se mantiene intacta la sospecha recíproca entre escritores y periodistas sobre la mezcla de ambas formas de literatura. Se continúan aprisionando las tazas de café sin que denoten la impaciencia, el delirio y el resquicio de preguntas retóricas que las miradas dejan entrever. La historia del Periodismo literario se basa en supersticiones, hay que asumir esa realidad. Si posamos la mirada en la literatura de las estanterías a veces muertas, a finales del siglo XVIII ya se encuentran resquicios de Periodismo literario en obras como, por ejemplo, Diario del año de la peste de Daniel Defoe. Muchas teorías de libros perecederos y diversas hipótesis de la `élite del conocimiento´ se han enredado desde entonces para quedar de lado cuando el dueño de El ruido de la calle, Raúl del Pozo, resume toda esa vorágine interminable de vaivenes y huidas en una sola expresión: “El hombre que sabe escribir es superior a los demás”. Lo único innegable y obvio es el ego intrínseco de todo `junta letras´.


A Raúl del Pozo se lo ha confirmado Galván: “El escriba es el oficio superior siempre”; y quién soy yo para quitarle razón. Tal vez, la actualidad no sea el mejor momento para idolatrar oficios y pasiones. Ahora que cualquier mínimo movimiento es motivado por el beneficio económico y la literatura sufre las consecuencias de una sociedad que reside en las esquinas más banales. Tras el despertar que trajo consigo la democracia, volvimos a introducirnos en el sueño profundo del conformismo y la resignación. Ante esta realidad, todo parece más liviano si lo analizas desde una mesa en el Café Gijón pensando en los años 60 y 70 cuando, sin dinero en los bolsillos, ilusos periodistas y literatos se codeaban con Fernando Fernán Gómez, Gerardo Diego, Paco Rabal, Antonio Gades… La gloria literaria se diluía en un café.


Al igual que opinaba Francisco Umbral, Raúl del Pozo no distingue entre periodistas y escritores, para él: “La persona que combina ambos dones y los siente de verdad es capaz de crear mundos”. Quizá la objetividad sea para muchos la diferencia entre periodismo y literatura, pero Umbral negaba la existencia de esta en la prensa criticando a quiénes contrariaban su postura. Para él, el único elemento diferenciador era la extensión de los textos. El gran Francisco Umbral comparaba el periodismo y la literatura con un piano tocado por Wagner o tocado por Chopin; el piano siempre es el mismo. Tal vez sea excesivo establecer que en la escritura no hay diferencias, al menos en estos tiempos en los que cualquier pedazo de realidad se analiza, se fragmenta y se encasilla. Vivimos en la época de las clasificaciones vulgares. Pero en origen, la escritura es escritura, por más diversidad de estilo, mensaje, soporte o fin que exista.


El Periodismo literario pasó por el filtro de la clasificación como entropía inversa allá por la Ilustración a causa de la simultaneidad inconsciente del auge del oficio del escritor y el surgimiento de los periódicos como forma divulgadora de cultura. Pero la definición exacta de este enlace entre realidad y literatura aún se encuentra desnuda. Para el columnista y redactor del diario El Mundo, Antonio Lucas, el Periodismo literario simplemente es que sepas a qué huele el cuerpo de una mujer dolida, el cuerpo de un inmigrante puteado, a qué huele la patera en la que esa gente cruza el estrecho para ser aquí maltratados, a qué huelen Las Barranquillas en el antiguo poblado chabolista de Madrid cuando estaban todos los yonquis allí tirados.


Guillermo Busutil, columnista de La Opinión de Málaga, define el Periodismo literario como una forma de periodismo que consiste en contar la realidad con una mirada, un lenguaje y una estructura literaria. Insiste en que uno de los principales males del periodismo actual es que se ha perdido la evidencia de que desde hace mucho tiempo los periodistas no saben escribir ni contar. Luis Miguel Fuentes, columnista de El Mundo Andalucía, afirma que el periodismo no puede olvidar que maneja palabras y que el arte de las palabras se llama literatura. El director del diario Málaga Hoy, Antonio Méndez, comenta que no entiende bien la definición del Periodismo literario, pero sostiene que desde la época de Umbral no ha aparecido ningún personaje de esa envergadura.


Así pues, se pude apreciar que la expresión `Periodismo literario´ no consta de una descripción clara y concisa. El periodismo surgió como forma de escritura, dentro de la literatura, si se puede llamar así. Ya en 1845 José Francisco Pacheco preguntó a la RAE si el periodismo descendía de la literatura. En realidad, la opinión como forma de Periodismo literario es el primer género existente por el simple hecho de que es la propia raíz del periodismo. Después nació la noticia, y en los años 20 del siglo XX: La interpretación. Como decía Umbral: El artículo es un género literario que sólo niegan los incapaces de hacerlo bien. La columna es el género que más estrictamente cumple los requisitos del Periodismo literario, siendo así por ser el heredero del artículo de costumbres característico de Larra. Y es dónde el exacerbado `yo´ parece desvestirse de la falta de personalidad del resto de los géneros.


Hoy en día, muchos periodistas quedan seducidos por el negocio del ego en su forma como columna y por el divinismo que muchas veces conlleva. En España el periodismo se convierte en una tragicomedia. Tal vez porque en este país se cultiva y se alaba la columna de una forma a veces exagerada. David Torres lo corrobora. La columna, aparte del reportaje, es donde el Periodismo literario vuela con más fluidez por la libertad que trae consigo. Antón Losada explica este fenómeno de una forma muy curiosa; según él: España necesita de las columnas porque prefiere que le mastiquen las noticias, es más fácil hacerse con una opinión que informarse y crear la tuya propia. Además, sostiene, los periódicos prefieren pagar menos a un señor que escribe sentado en su sillón que pagar más a un corresponsal que podría llenar las páginas de información.


La posición más alta dentro del columnismo la ocupan Manuel Alcántara, Jaime Campmany, Antonio Gala, Eduardo Haro Tecglen y Baltasar Porcel en su afán por escribir casi todos los días del año en sus respectivos periódicos (El Correo, ABC, El Mundo, El País y La Vanguardia). Generalmente, los temas desarrollados en las columnas se dividen entre costumbrismo y política. Pero para hablar de ello hay que diferenciar al Periodismo literario del nuevo periodismo y de los escritores de periódicos. Tres formas de periodismo tal vez con una misma forma pero distinto fin.


Desde los años 60 el Nuevo periodismo ha vivido entre las polémicas de las distintas clasificaciones mientras luchaba por definirse como algo necesario. Una forma de periodismo que no mata la labor informativa, si se sabe utilizar. Muchos periodistas y escritores critican la mezcla de literatura y periodismo, pareciera que dos ámbitos aparentemente distintos no pudieran crear una nueva forma de escritura. Jorge Luis Borges, por ejemplo, decía que el periodismo acanalla la prosa y calificaba a Hemingway de mal escritor llamándole periodista. Ortega y Gasset insultaba del mismo modo a Azorín. Oscar Wilde, Ernesto Sábato, Charles Dickens... numerosos escritores huyen del periodismo y así lo muestran en sus escritos. Pero, ¿por qué se huye de una mezcla de géneros?


El Periodismo literario es una manera de escribir que combina la forma que puede utilizar un novelista y el contenido que muestra un reportero. Es una designación necesaria al igual que las `películas´ adoptaron ese nombre aunque eran una mezcla de grabación de voz y fotografía, como cuenta Norman Sims en el libro Los periodistas literarios o el arte del reportaje personal. El Nuevo periodismo surgió en los años sesenta hasta mediados de los setenta y desciende del Periodismo literario, Tom Wolfe o Joan Didion son algunos de sus representantes. El Nuevo periodismo ha sido muy criticado a causa de que algunas de sus características mal entendidas lo pueden alejar del periodismo. Y, por otro lado, los escritores de periódicos, son autores no periodistas que divulgan su opinión en forma de artículo literario en un periódico. Esta división es un tanto efímera y disonante en mí opinión: Para ser periodista no es necesario estudiar periodismo.


“Los columnistas no tienen por qué ser periodistas”, admite Soledad Gallego Díaz. La antigua directora adjunta del diario El País comentó, en un acto de esos en los que la gente se reúne para escuchar las sentencias que otros sueltan al aire, el I Congreso Internacional de Columnismo y Periodismo de Opinión que se celebró el 28 y 29 de noviembre en la Universidad Complutense, que el hecho de tener un título simplemente da un bagaje en algunas ocasiones, pero que también lo pueden tener otras personas que no posean ese título. Defiendo esta idea hasta la saciedad, aunque a los que opinan como yo se nos tache de no defender la profesión. La profesión se defiende en la calle, demostrando la capacidad de cada uno, contando historias. Yo, personalmente, no soy cuarenta asignaturas aprobadas. Tomemos el ejemplo de Umbral que sólo asistió un año a la escuela, el botones que acabaría siendo ídolo para muchos.


El columnista Luis Miguel Fuentes distingue al periodista del escritor de periódicos aunque a veces, dice, se unen. El periodista cuenta lo que pasa y el escritor de periódicos debe hacer sentir al lector lo que pasa (y eso sólo se puede hacer con la literatura), comenta. Añadir la sensación al hecho, transmitir el asco, la rabia, la decepción, la esperanza o el desconcierto que nos deja la montonera de la política y la actualidad. Eso es el Periodismo literario. Dice Ortega que el literato no es otra cosa que el encargado de despertar la atención de los desatendidos, hostigar la modorra de la conciencia popular. Y no hay mejor lugar para eso que un periódico. Luis Miguel Fuentes recuerda, al intentar definir al periodista literario, cuando Umbral hablaba de `periodismo de arte´ o la frase de Félix Bayón: “La poesía no es otra cosa que la exactitud y es por eso por lo que el periodismo no ha de darle la espalda”. El columnista no estudió periodismo y afirma que la carrera no da el oficio. “Me da la impresión de que el estudiante de periodismo cree que está estudiando el oficio, cuando sólo se lo están presentando. Cree que basta con aprobar las asignaturas y se olvida de formarse más por su cuenta, de aprender más historia, más filosofía, de saber más cosas, y de leer para aprender a escribir. El periodismo no es una carrera, sino un monacato que sólo se aprende con toda una vida de leer libros, comer sopa, escuchar mentiras y volverte descreído igual que calvo”, explica.


La crisis del periodismo hace que, generalmente, se tenga más en cuenta la formación del periodista y se critique a los `intrusos´ debido a que ocupan puestos de trabajo que determinada gente no asume como merecidos. El tema de la crisis del periodismo ya es un tópico, pero las secuelas golpean fuertemente a la cordura. El número de peldaños parece no acabarse nunca, no se llega a ninguna parte. Papel o pantalla, periodismo tradicional o digital. Las trincheras psicológicas se han hecho añicos mientras nos divertíamos probando cacharros nuevos. Ya no se escribe a lápiz o con ánimo de ensimismar; tampoco se lee despacio y con afán de conmoverse al compás de la literatura (o lo que queda de ella). No se cocina la prosa, se descongela precipitadamente al amanecer por la necesidad de engullir. Se relata, quizá, de una forma depresiva a la velocidad de la luz. No hay tiempo, no queremos que exista el tiempo. Ese todo que ya es privado o, como poco, está absorto en un plural inaccesible, se estrecha tanto que sus esquinas se van resquebrajando entre los mismos de siempre. No nos acordamos del miedo que le tenía a los automóviles Rafael Alberti. Compartía ese pánico a la velocidad de lo inconsciente con sus amigos, también poetas, Pablo Neruda y Federico García Lorca. Los tres, arropando el miedo con sus manos, cruzaban calles asediadas por el tráfico en un conjunto que Alberti llamaba “casi rayano en lo tragicómico”. A veces, escribir es lo único que puede liberar a ese conjunto de Alberti, Lorca y Neruda, lidiar con esa tragicomedia. Aunque las musas, deshabitadas, se confunden con banales teorías.


La crisis del periodismo afecta a la escritura, a los temas tratados y a la forma con la que se cuentan; opinión que comparte Ana Barreales, redactora jefe de Diario Sur. Señala que actualmente los periodistas literarios que destacaría de su periódico son Manuel Alcántara, Antonio Soler, Garriga Vela, José Vicente Astorga y Pablo Aranda; y los periodistas literarios por excelencia para ella son Gay Talese y Juan Bonilla. La redactora no es muy optimista en cuanto a la situación actual del periodismo, sobre todo en la ciudad de Málaga. Explica que quizá este tipo de periodismo sea más importante en los suplementos y en las revistas que en los periódicos. Ana Barreales no ve al Periodismo literario como algo necesario compartiendo de algún modo la forma de pensar de Antonio Méndez, director de Málaga Hoy. Para este último, escribir bien es solamente una herramienta; la investigación y todo lo que sea profundizar en la información está por encima de cualquier elemento accesorio. “El periodismo debe estar bien escrito pero eso no quiere decir que debe armarse con elementos literarios, muchas veces sobran.” Aunque, destaca a Pablo Bujalance, un gran periodista literario de su periódico.


Antonio Lucas explica que Latinoamérica nos está danto una gran lección debido a la situación periodística por la que pasa España: “Han nacido un montón de páginas webs fantásticas muy impetuosas a la hora de recuperar la crónica, el reportaje de largo recorrido. Pequeñas publicaciones como The Clinic en Chile o The Soho en Colombia, si no me equivoco. Revistas que han ido creciendo a golpe de recuperar eso que se había perdido que eran las grandes crónicas. Para la gente que ahora termina la carrera y que en un momento dado finaliza con una riqueza mayor con respecto a los que salían hace veinticinco años, hay una senda abierta para reporteros extraordinaria. Tenéis mucha competencia y el enorme problema de que aquí en España no sucede como en el otro lado del Atlántico. Aquí en España las cosas están en un proceso al revés, de contrición. Se tendrán que romper de alguna forma las costuras y empezar de nuevo.”


 “En España, desde el final de la Guerra Civil, y exceptuando a González Ruano, no ha estado muy considerado el Periodismo literario”, remarca Guillermo Busutil. Se prefería más el rigor puramente informativo y el sesgo literario fue el salvoconducto de los corresponsales de guerra. En gran parte por la influencia de Herr y sus crónicas sobre Vietnam y porque de él se contaminaron posteriores maestros como Manu Leguineche y Maruja Torres. Otro refugio del Periodismo literario fue el columnismo, pero en casos muy concretos como los de Umbral y Manuel Vicent. Ahora, incluso, se ha perdido el reportaje que es uno de los mejores productos del Periodismo literario o se han acotado en las reservas de las revistas dominicales. En La Opinión de Málaga, dice Guillermo Busutil, hay periodistas que tienen esa mirada y ese uso del lenguaje. Lucas Martín, que además ha sido premiado, con sus reportajes sobre la Costa del Sol y gente del cine. José María de Loma en algunas de sus columnas políticas y especialmente en verano donde recupera las peripecias de un personaje que creó como personaje literario de humor. Y el propio Busutil en sus columnas y también en sus libros como Noticias del frente: Un mestizaje entre Periodismo literario y literatura al estilo norteamericano.


Hay muchas personas que se definen como periodistas literarios, pero pocos lo son de verdad, como Corpus Barga, Chaves Nogales, Gay Talese, Tom Wolfe o Michael Herr. Pasando por el gran Gabriel García Márquez, recientemente fallecido. Siempre que he escuchado a alguien hablar de Gabriel García Márquez ha sido desde unos dulces pliegues en las cuerdas vocales. Siempre con entonación precisa y revestidas coletas de calificativos envidiables. Gabo sabe cómo hacer que cualquier aleteo se pose sobre las lánguidas repisas de las vocales rimadas. Sabe sostener, desde sus pobladas cejas en custodiada lejanía, cada pedazo de realismo mágico. Sabe relatar la vida, como quien relata la desilusión de un pedazo de soledad en aproximadamente 350 páginas.


Ya no existe ese rubor en las mejillas de la literatura. Charles Baudelaire empezó a escribir Las flores del mal al apenas darse cuenta que había cruzado los 20 años. Rimbaud, también a los dos décadas de vida, ya había escrito toda su obra poética. Ahora, si la literatura, la imaginación y el pensamiento crítico se acercan a la Universidad, pasan inadvertidos. Un estudiante, como máximo, puede llegar a barajar unas 500 palabras, ¿qué diría Cervantes que utilizaba 12000 en sus obras? No se dan cuenta de que cualquier cosa que se perfecciona demasiado acaba cayendo en la miseria de lo artificial, del deseo fingido, del culmen más inútil. Como decía Daniel Dennett en relación a la construcción del soneto: “Nos obligan a abandonar algunas de las excelencias conseguidas con dificultades y así sucesivamente, dando vueltas y más vueltas”.


El culmen de la monotonía se cierne tras la conformidad extrema ante las situaciones más inútiles, entre los días ajenos y las agendas. Con la muerte de Gabo, la prosa colombiana subyace tras los relatos partidos y los trajes como obligatoriedad detrás del escritor de Aracataca (Colombia). Siempre, partiendo de cierto apego a la realidad en sus escritos que se transponen lucidamente en poesía. Siempre, recordando a La Metamorfosis de Kafka, con la delicia que suscita conocer un trágico final pero necesitar la explicación del mismo. Con ese talento de narrador y su concisa preocupación por su lugar de origen. Una timidez, menos acentuada con el paso de los años, que se convirtió en periodista por el simple hecho de paralizar el Derecho al concederle unas palabras a Clemente Manuel Zabala; cuento tras cuento. Cuando se van personas como Gabriel García Márquez el periodismo y la escritura sufren una regresión en el tiempo.


Luis Miguel Fuentes explica que hay poca gente que escriba realmente bien. El Periodismo literario suele esperarse en la columna, el reportaje y el periodismo cultural, pero cada vez más los supuestos especialistas (económicos últimamente, sobre todo), o los analistas políticos haciendo de pitonisos o aulladores de los partidos, están haciendo que los artículos pierdan calidad literaria para limitarse a ser prospectos del dinero y de los gobiernos. Además, a veces se intenta hacer Periodismo literario con literatura mediocre o mala. Luis Miguel Fuentes opina que el Periodismo literario ha ido decayendo al mismo tiempo que la propia industria literaria. Dice que la literatura está negándose a sí misma para ganar dinero con costureras, vampiros, historias de reinas. “Muchas de las firmas populares que nos encontramos en las columnas parecen cocineros escribiendo. De todas formas, aunque cada vez más escondida, creo que en los periódicos aún hay mejor literatura que en las cajas de cereales que se venden como libros”.



Ya desde el siglo XIV periodistas y literatos devoraban a la Real Academia Española a través de polémicas. Entre los atisbos de Mariano de Cavia y la imposibilidad de obstaculizar una actividad, el periodismo, franqueada por la soberbia. Pero las noticias ya se conocen o, al menos, se desarropan; la literatura es lo que hace de un hecho una historia, de un desfalco un final con moraleja por el que intentar sobrevivir. Raúl del Pozo echa de menos aquellos tiempos: “Para ser periodista no había que ser caballero como ahora”. Cuenta que el periodista siempre ha sido trasnochador, bohemio, bebedor, canalla. Expresa con seguridad que todo eso lo lleva la profesión. Pero, aunque los tiempos hayan cambiado, lo que nunca hay que olvidar es que no se puede vivir como un español sentado con mala leche aprovechando la columna para meterte con la gente, “el periodismo no es contrapoder, es algo más sencillo: Es contar lo que pasa joda o moleste a quien joda o moleste. Pero los periodistas a veces se creen que tienen una misión en la vida que es salvar la democracia, salvar el país”.


“El Periodismo literario, sobre todo en Málaga, ha brillado por su ausencia durante mucho tiempo y salvando los nombres de hace años como Héctor Márquez, Javier Cuenca, Guillermo López Vera, Luiso Torres o Juan María Rodríguez -éramos un grupo de francotiradores- y de los actuales que he citado y de algunos otros, como Pablo Bujalance, no hay mucho más que rascar. El Periodismo literario sirve para distinguir a un periódico. Actualmente todos los medios son un reflejo de las mismas noticias, casi de los mismos titulares. No olvides que hay gente que comienza a leer la prensa por la página de su columnista. A Málaga le vendría bien que hubiese más”, detalla Guillermo Busutil. Lo que se ha impuesto en Málaga, desde hace unos años, es darle espacio a gente que le gusta escribir y que lo hade gratis. Pero no son ni periodistas ni tampoco escritores, aunque se lo crean, defiende Busutil.


Madrid sigue siendo el centro neurálgico de la columna, para mí: La forma de Periodismo literario más auténtica. Pero al sur, dónde el orgullo premeditado y los círculos cerrados se confunden con el decorado, Málaga sigue mostrando literatura en sus periódicos. Quizá, bajo un análisis concienzudo, sea difícil encasillar a algún periodista malagueño como periodista literario con todas sus aristas. Existe el Periodismo literario en Málaga, pero está acomodado, resignado, acostumbrado a la humedad y a las musas deshabitadas.


Tras asumir las delicadas delimitaciones del Periodismo literario, así como sus aristas y las diversas opiniones que suscita, al menos nos queda la certeza de que, sea como sea su clasificación o definición, dependiendo de los que lo traten como objeto, el ego necesita de su figura. Numerosos periodistas y críticos crearon polémica en torno al uso de la primera persona en estos textos. Los nuevos periodistas, sobre todo, hablaban demasiado de sí mismos en sus publicaciones. Pero el entorno del periodismo ya ha aceptado la existencia de esa forma de vanidad que llega a ser incluso deseada por el lector.


Antonio Lucas critica esa pose egocentrista del periodista. Destaca que, sobre todo, esa vanidad `inconsciente´ nace a través de las actuales redes sociales. “Es peligroso, hay que tener mucho cuidado con porque genera egos como zepelines y no hay cosa más ridícula que estar un tipo viendo permanentemente cuantos `me gusta´ o retuits tiene para saber si está gustando su trabajo o no. Genera en el periodista a veces una sensación de `pecho palomo´.” El periodista ha notado mucho este cambio a la vanidad a través de las nuevas tecnologías, explica, ya que desde los diecisiete años está trabajando en el diario El Mundo y ha notado como se ha transformado una pasión en un elogio constante.


Los periodistas desarrollan a veces un complejo de superioridad que demuestran en sus textos. He de decir que, al hablar del periodista literario, este hecho incluso les es favorable. Se crea un mito alrededor de ellos: El ego es un negocio. Son estos testimonios una muestra de la actual era de la vanidad. No son estos párrafos ninguna aproximación a un altivo discurso generalizado. Tampoco son lo opuesto, un manifiesto de insignificancia y timidez de los que a veces chirrían por los vagones. Son, simplemente, la definición de algo que no existe, al menos, como parece que existe. Partiremos de lo que ha quedado de mundo desde la `Ilustración´ hasta ahora. Con respecto a la vanidad, nunca hubo clase media. Cuando aún gobernaba aquello de la razón, los humildes por méritos propios observaban a los vanidosos con cierto respeto. Diría miedo o, incluso, temor, pero estaría mintiendo. Una minoría formada por egocéntricas aglomeraciones que se encontraban en la cúspide sentenciaban a sus anchas. Supongo que un egocentrismo tal cual es algo que hay que admirar, hasta cierto punto.


La cuestión radica en que el tiempo ha pasado, y los narcisistas ahora no distinguen clases. Hasta un mínimo resquicio de intelecto carece de modestia. Seguramente antes también los había, por suerte o por desgracia. De sobra es sabido que el individualismo es el calificativo perfecto del siglo XXI, pero la rivalidad que trae consigo hace de la humildad el valor impecable que casi no tiene cabida en estos momentos. El narcisismo vende, es rentable, hay que aceptarlo. Vivimos inmersos en un estado constante de aforismos, por llamarlos de alguna forma. De mandamientos autoritarios dignos de esta nuestra era, la era de la vanidad. Pero, déjenme sospechar si esa soberbia con matices excéntricos no es sino una consecuencia del miedo.


Como decía Miguel Delibes: “el periodismo es un borrador de la literatura y la literatura es el periodismo sin el apremio del cierre”. Pero ahora el Periodismo literario se balancea en la inestabilidad de la modernidad. Aquellas tertulias de los cafés que reunían a muchos de los grandes escritores y poetas se van deshaciendo poco a poco. Se recuerdan, por ejemplo, las tertulias del Café Gijón: A la izquierda, entre las dos últimas ventanas, Eladio Cabañero y Buero Vallejo eran algunos de los que se sentaban a la hora del café. El otro extremo del Gijón, dicen, era ocupado por pintores. La noche en la que llegué al Café Gijón, obra de Francisco Umbral, resume con ironía y delicadeza muchos de los momentos allí vividos. Al igual que en este lugar emblemático de Madrid, la capilla Sixtina de Málaga, como denomina Manuel Alcántara a la bodega El Pimpi, también se va disolviendo.


Escuchar un poema de la voz de Raúl del Pozo transforma esta realidad en un sentimiento de nostalgia. El dueño de El ruido de la calle entra al Gijón y se sienta, normalmente, en la mesa que se encuentra a la derecha, al lado de la primera ventana, cuando no merodea al vaivén de la máquina tragaperras. Recuerda momentos y anécdotas. Raúl, pidiendo un trato de tú que facilita siempre las cosas, hace memoria y sonríe. Esboza una media sonrisa, sólo media. Con una impecable blancura en su cabellera, pestañas cobrizas y un antes y un después confuso en las cejas, mantiene en todo momento la serenidad en la mirada. Los recuerdos van de la mano de la certeza de saber que los momentos que relata Raúl no volverán. Aún quedan rastros de aquellas tertulias, pero no se hace nada para que sobrevivan, para que surjan de nuevo. Multitud de personas llenan ahora esos lugares que recogieron lo mejor de la literatura. Trajeados e inconscientes rodean las mesas como si el decorado formara parte de un museo que es obligado ver. O, peor aún, confunden esos cafés con ciertas terrazas que pudieran estar en el Muelle uno u otro nuevo puerto.


Como dice Luis Miguel Fuentes, el Periodismo literario no tiene nada que ver, pues, con los suplementos literarios y otros dominicales, cuya oferta se hace hoy por arrobas, sino que está incardinado en la maquinaria más íntima del periódico, en su cilindrada ideológica e intelectual. Una buena columna vende más que el rancio destape o la muerte de un torero. Porque los columnistas, como los rockeros, de los que algo tienen, son unos viejos muchachos que nunca mueren. Explica Beltrán Gambier, a raíz de la vida eterna del Periodismo literario, que lo que nunca se debe olvidar es que una buena columna debe contener una dosis de cinismo, un toque de ironía, una moderada exacerbación de egos propios y ajenos, un poco de humor y de locura, “tiene que parecer escrita como si fuera la última de tu vida.”