domingo, 23 de marzo de 2014

El ruido doloroso del silencio a media noche

Me había estado persiguiendo durante mucho tiempo y yo había estado esquivando desde el principio mis propios deseos. Pero ya era tarde. Fingí que ya nadie me vigilaba ni me escuchaba tras la puerta. Escondí las respiraciones que caminaban tras de mí dibujando una silueta insoluble. Dejé que me encontrara sin oponer resistencia.

Durante días, aparenté haberme olvidado de él, como si no estuviera, como si aún tuviera derecho a desaparecer. Y elegí una noche para que acabase todo esto. Miré el reloj, me apetecía decidir sobre la propia suerte de mi asesino. Reconozco que me vestí de color rojo a consciencia, me puse aquellos pendientes con los que le vi por primera vez. Los zapatos eran de charol, de esos tacones que dejan tras de sí un eco inmune. La chaqueta me iba a estorbar, así que la coloqué en la percha para que cuando te llamaran para recoger mis cosas de la habitación no estuviera arrugada. A parte de eso, solo llevaba rímel deseoso de acariciar mis mejillas paralelo a diluidos salinos.

Salí a la calle hasta encontrarme con sus pasos. Él ya no se escondía. Manteníamos la misma distancia que separaba las esquinas de nuestra cama de matrimonio. Adoraba el olor a césped recién cortado, el ruido doloroso del silencio a media noche, las farolas que se acuestan porque sí. Me dirigí hacia el lugar donde me di cuenta de que me perseguían por primera vez. Detuve mis pasos, me giré hacia atrás y le miré a los ojos. Me sonrió y le rocé los labios con mis dedos fríos y temblorosos. Con la mano izquierda me acarició el pelo, con la derecha me dibujó un río de delirio que se desbordaba desde mi pecho. Sentí calor, mis mejillas empezaron a tornarse cálidas a la vez que tiritaban. Notaba cómo mis costillas se iban despedazando hasta que, por fin, una punzada rozó tan dentro de mí que me hizo esbozar una sonrisa. Un nudo en la garganta pudo detener mi forma cruel de darle las gracias.


No sentí nada más, creo que me duele ahora más que aquella noche. Sólo recuerdo que se volvió tembloroso y me puso su mano en el pecho para frenar el río que se me desbordaba. Introdujo su mano en mi pecho hasta hacer que formara parte de mi cuerpo. Aún siento sus dedos enlazados en la incoherencia.