domingo, 14 de julio de 2013

Simples portavoces


La televisión era ese aparatito visiblemente indefenso que decoraba el salón. Era, además, un artilugio con tantas dosis de ingenuidad que su efecto se torna malévolo e insidioso. Era, casi, un utensilio malcriado que terminaba por dejarse ver en todas las habitaciones de la casa, un objeto consentido y mimado que no cesaba de musitar entonando unos mensajes manipulados que daban la acústica perfecta con un alto grado de lloriqueos y sollozos. Era y es, no sé qué tiempo verbal es peor, el centro de atención. Un parquímetro voluntario que cuenta las horas bajas y las mentes distraídas; la pena es que no tenemos por qué echarle monedas, pero se las echamos.

 Groucho Marx era uno de los pocos que se retiraban a otra habitación a leer un libro cuando alguien encendía la televisión, puede que fuera el único. Y es que “no se percatan de que la televisión es tal vez aún peor que la escuela obligatoria”, como decía Pier Paolo Pasolini. Aunque dicen que cada vez vemos menos la televisión: La Vanguardia publicaba hace poco que el consumo de televisión había bajado según datos de Katar Media. Ahora se supone que vemos la televisión alrededor de cuatro horas al día de media por persona. Pero creo que el problema no está en el tiempo que le dedicamos a la televisión, sino en qué programa, serie, informativo o debate vemos en esas cuatro horas.

Una conversación, de esas matutinas que no llevan a ninguna parte en la mayoría de los casos, sobre la `despedida´ de Ferran Monegal de la televisión despertó mi impotencia ante esas sentencias y frasecillas acomodadas (como las referidas a lo mala que es la televisión, qué ironía) y luego de manifestarlas se olvida y vapulea su sentido. Ahí estaba Monegal calificando de falsos a los programas de opinión y debate, adjetivando al mundo de teledirigido, y atribuyéndonos a los periodistas calificativos como tambores o portavoces, “se va hacia una profesión de relaciones públicas”. Y es que en realidad, tiene toda la razón.