jueves, 9 de mayo de 2013

La resignación de esos locos bajitos



El culmen de la monotonía se cierne tras la conformidad extrema ante las situaciones más inútiles, entre los días ajenos y las agendas, desde las conmemoraciones más altaneras a las felicitaciones más vanas. La resignación de resumir la vida en una serie de eventos políticamente correctos, inauguraciones feroces y preventivas citas en la línea de una antología defectuosa aún sin publicar.
Esos locos bajitos de Joan Manuel Serrat, los que cargan con nuestros dioses y nuestro idioma, nuestros rencores y nuestro porvenir, se teñirán de rutinas y aniversarios y nadie podrá cambiarlo, nadie lo intentará. Siempre será así. Los minutos de esta nuestra rutina incorrecta pasan en un Hamilton Frogman Crono o un Montblanc Summit como los que sostienen las concienzudas articulaciones de nuestro querido presidente del gobierno. Aparcando en un desliz de vasos sanguíneos los segundos estrangulados por relojes de alta gama de aquel sutil pero dramático Eduardo Zaplana. Y magnificando, por oposición descifrada y eternamente traslúcida, el paso del tiempo inconcluso quizá se detenga en el Longines Evidenza ocasional del Señor Rubalcaba. Simples acotaciones, mesura inapreciable, de las rencillas acompañadas con copas de champagne.
A secas se evaporan los años y las intenciones de decir basta. Se quedan a las puertas pero sin poder parar el tiempo. O acelerarlo, estilo Rosa Díez en ese ímpetu de protocolo purista y visionario. Para los sindicatos tal vez los tempos sólo constituyan un desmesurado y devastador código morse. Y para el resto no se mueven las manecillas del reloj, ¿verdad? Hasta que todos se cruzan por las esquinas en las que Joaquín Sabina encontró sus primeros acordes. Horas y horas detenidas ante el dramatismo de un sinsentido provocado, en la sala de espera de una comisaría plastificada con vestiduras irónicas, demasiado irreales para aceptar que no lo son. Puntualidad desmedida que incinera los Pensamientos finales, tan cronometrados como relataba Vicente Aleixandre.

Columna publicada en La Opinión de Málaga el 9 de mayo de 2013