jueves, 2 de mayo de 2013

¿Autobiografía casual?



No hay ni que decir que nada es casual. Nada. Oigo a la gente al pasear, quizá, por El Paseo de la Castellana, por Recoletos, por Gran Vía… Tal vez sólo los escucho cuando detengo los pasos. Casualidad, suerte y azar golpean mis oídos. ¡Qué inmoralidad! Las casualidades son las justificaciones más primarias, más a mano, más ridículas y absurdas. Simplemente hay que introducirse en los versos, mejor dicho, en las evidencias de la lírica, de los 77 menos 36 años de Alejandra Pizarnik para darse cuenta.

            La misma pregunta miserable en todas las presentaciones de libros. El idéntico devenir inexacto que vapulea precipitadamente las obras de cualquier escritor, de esas personas que crean la verdadera Historia, muy distinta a la `oficial´. La cuestión es que el autor siempre se ve en el desaprensivo infortunio de justificarse en su otro yo que son sus letras, de argumentar una especie de excusa barata o aceptación a precio de coste con respecto a si sus escritos son autobiográficos o no. Pero, claro que lo son, aunque se diga lo contrario. Tenemos distintos `yo´ y ese esa es la incógnita. Somos las copias del ser humano más vulnerable e inerme de cara al exterior, a la monotonía mundana. Pero de puertas hacia dentro somos lo que queremos ser. Y quién diga lo contrario tiene un gran afán de mezclar realidades. El escritor es su literatura, el pintor su obra, el cantautor su letra…

Tal vez los escritores no sean los protagonistas exclusivos de sus libros, son almas suspendidas en situaciones imaginarias, personajes secundarios que no se tienen en cuenta. O sí, son pura prosa a voces. Generalmente autores acunados entre personajes, fuera y dentro de la retórica, como Umbral en sus columnas. Acaso pueden ser La Restauración de un inconsciente, El retrato de ella quienquiera que sea: la musa, el deseo, la lejanía de un posible que no llega o pasó de visita. Fernando Alonso Barahona me recuerda esa desmesurada rutina de dar explicaciones sin tener por qué, sin necesitarlo, porque la respuesta está en los libros. 

Columna publicada en La Opinión de Málaga el 2 de mayo de 2013