sábado, 27 de abril de 2013

“Un poeta en un periódico es un personaje muy sospechoso"





Antonio Lucas es uno de los máximos exponentes de la nueva poesía española. Columnista y redactor de cultura de El Mundo. Ha escrito varios libros por los que ha recibido diversos premios.


¿Cómo prefiere que le llamen: poeta o periodista?

Un poeta dentro de un periódico es un personaje muy sospechoso. Es más fácil aceptar a un economista escribiendo de sucesos o a un historiador del arte escribiendo de economía que a un poeta. Pero yo cuando estoy entre vosotras que sois compañeras de profesión soy periodista. Ni más ni menos. En mi casa no soy nada y para mis amigos soy Luqui.


Un poema o una columna, ¿qué le es más satisfactorio?

Son satisfacciones distintas. El poema tiene una demora, un reposo, es otro lenguaje completamente distinto. Es otra forma de mirar la vida, de descifrar el mundo, de descifrarte en él. Y la columna es una cosa más inmediata, más nerviosa, probablemente más urgida por la actualidad. Dónde uno viene a manifestar un acuerdo o un desacuerdo de manera muy clara, sin demasiados ambages aunque utilices un lenguaje, como es el mío, de voluntad más estilística, barroca. Pero, en cualquier caso, son territorios muy distintos y deben ser distintos. Es decir, se puede aprovechar el ejercicio de la columna del lenguaje más poético, más lírico, puntualmente, en algún destello. Pero creo que son caminos que deben andar en paralelo, sin rozarse y cada uno está bien dónde está.


¿Influye la vida periodística y literaria en la vida personal?

Sí, influye en todo. Salgo con escritores y periodistas a tomar copas. Nos juntamos todos en ciertos bares. Y al fin y al cabo es mi vida. Es decir, no tengo otra vida detrás de esas cosas que me gustan tanto, de esas herramientas que utilizo cotidianamente como es la literatura por un lado y el periodismo por otro. Literatura y periodismo, que no poesía y periodismo, sí se juntan y determina mi vida. La gente con la que me junto de algún modo también confecciona mi identidad, me hacen ver cosas nuevas y me hacen entender ciertos aspectos del hoy que es inevitable que tú reconozcas cuando hablas con gente que tiene o maneja distintas ideas a las tuyas. Entonces sí, todo el mundo de la literatura y del periodismo al fin y al cabo es mi vida, mi mundo, es mi gente.


¿Para escribir columnas tiene que separarse un poco de su vida personal? Mucha gente escribe interpretando un personaje, una vida que no se tiene, sentimientos que no se sienten…

Me seduce mucho la idea de interpretar a cierto personaje. Umbral lo hizo muy bien, por ejemplo, era un hombre con mil máscaras a la hora de escribir sus columnas, su periodismo. Pero, de algún modo, debajo de todas esas máscaras había una raíz esencial que era la de él, la de sus daños, la de sus entusiasmos, la de su percepción de las cosas. Yo no me alejo ni me acerco. Hay días que escribo una columna más íntima porque me lo piden las manos y otros días en que es una cuestión más aséptica respecto a mi vida, que tiene que ver a lo mejor con la política, con la actualidad más inmediata. Entonces va en distintos registros. Es cierto que inevitablemente cuando uno escribe no es el mismo tío que habla, cuando escribes racionalizas. Pero yo no me enmascaro demasiado, probablemente las mismas impertinencias que digo hablando las digo escribiendo.


¿Cree que las redes sociales ayudan a crear esos personajes que derivan de una profesión como la que usted tiene e incluso cambian la vida personal?

Es verdad que hemos entrado en muy pocos años en un vértigo muy excepcional respecto a la recepción que tiene el periodista de su propio trabajo de manera muy inmediata, porque hace diez años aquí en el periódico era imposible calcular quién estaba leyendo el periódico tus columnas, tus reportajes o tus crónicas. Y hoy en cuanto sueltas una columna inmediatamente tienes un feedback y eso genera inevitablemente una atención en ti y una cierta vanidad que es lo que tiene de patético en todos nosotros la atención a las herramientas digitales o a las redes sociales como un espejo. Y eso puede crearte a veces el despiste de pensar que cómo este tipo de columnas o de ideas me las aplauden más, voy a tirar por aquí que es lo fácil en vez de arriesgar y probar otro redoble de tambor por otro lado que no ha gustado dos días antes, que nadie ha encontrado esa necesidad de retuitearlo. Es peligroso, hay que tener mucho cuidado con porque genera egos como cepelines y no hay cosa más ridícula que estar un tipo viendo  permanentemente cuantos `me gusta´ o retuits tiene para saber si está gustando su trabajo o no. Genera en el periodista a veces una sensación de `pecho palomo´.


¿Las redes influyen también en la literatura?

Puede influir del mismo modo. Lo que pasa es que la literatura se hace más lenta, es decir, generalmente el escritor no lanza todos los días una novedad. No hay escritores que escriban a diario en un periódico, excepto Umbral y ahora Raúl del Pozo. Pero los periodistas que ejercen la literatura no escriben a diario. Puede influir, pero es distinto. Creo que el novelista de éxito sabe que tiene éxito y llueve sobre mojado. Piensa en Javier Marías que no tiene Twitter, que es un novelista de enorme éxito además de ser un excelente columnista. Yo creo que esa gente ya tiene su ego acondicionado a su estatura. Twitter no da más ni menos.


¿Cómo definiría el periodismo literario?

La esencia de lo que es el periodismo literario no ha cambiado. El periodismo literario es una forma de hacer periodismo. Lo que hay de troncal es el periodismo en sí. Luego hay un periodismo más analítico, de investigación y uno que tiene en su posibilidad de registros la literatura bien infiltrada e injertada. Los grandes maestros del periodismo español, desde Larra pasando por César González Ruano, Ramón Gómez de la Serna, Eugenio Montes hasta Manuel Vicent, Raúl del Pozo o Carmen Rigalt, todos han ejercido de algún modo, Maruja Torres o Rosa Montero, un periodismo literario.

El periodismo literario es que sepas a qué huele el cuerpo de una mujer dolida, el cuerpo de un inmigrante puteado, a qué huele la patera en la que esa gente cruza el estrecho para ser aquí maltratados, a qué huelen Las Barranquillas en el antiguo poblado chabolista de Madrid cuando estaban todos los yonquis allí tirados. Todo eso se hace con palabras, con la argamasa de la literatura.


¿Cómo ve el futuro de los jóvenes periodistas que quieren dedicarse al periodismo literario?

Bien. Ahora mismo Latinoamérica nos está dando una lección estupenda, han nacido un montón de páginas webs fantásticas muy impetuosas a la hora de recuperar la crónica, el reportaje de largo recorrido. Pequeñas publicaciones como The Clinic en Chile o The Soho en Colombia, si no me equivoco. Pequeñas revistas que han ido creciendo a golpe de recuperar eso que se había perdido que eran las grandes crónicas.

Para la gente que ahora sale de las facultades, y que en un momento dado sale con una riqueza mayor con respecto a los que salían hace veinticinco años, hay una senda abierta para reporteros extraordinaria. Tenéis mucha competencia y el enorme problema de que aquí en España no sucede como en el otro lado del Atlántico. Aquí en España las cosas están en un proceso al revés, de contrición.  Se tendrán que romper de alguna forma las costuras y empezar de nuevo.


Tal vez, si usted fuera uno de esos futuros periodistas que aún están en las aulas ¿vería su futuro profesional saliendo del país u optaría por quedarse en España?

¡Ni loco! Me habría ido, este es un país despreciable en ese sentido. España está humillando a la gente joven como no se merece nadie que la humille. Está lapidando a tres generaciones: la generación de la gente que tiene cincuenta y cinco años y que por los EREs se ha ido a la calle que ya no va a encontrar trabajo probablemente en su vida, la generación de los treinta y tantos a los cuarenta y cinco que está en una incertidumbre absoluta y cómo pierdas el compás de este momento es muy difícil que vuelvas a encontrar el estribo y la generación vuestra que es la de las becas y sin embargo no os van a llegar a estrenar. Que le den por culo a este país, es en ese sentido uno de los territorios más siniestros que hay en Europa. Hay que huir de aquí.


La mayoría de los jóvenes están indignados. ¿Usted está indignado?

Ya indignado no estoy porque, además, creo que el concepto de indignado se ha modulado tanto que forma parte de lo que el sistema ha querido hacer de él. Yo estoy completamente decepcionado, muy activamente, con esto que hay. Desde las columnas suelo hablar de lo que el ciudadano no debe aceptar cuando está en un estado de derecho presuntamente. Si se pueden rescatar los bancos se pueden rescatar las universidades. Todo eso que nos están vendiendo que es la alternativa única para salir de la crisis es una trampa montada y fingida por poderes absolutamente neoliberales establecidos con una perfectísima hoja de ruta sobre lo que es la crisis, gente para la que la crisis está siendo un verdadero éxito porque están ganando más dinero que nunca. No es un problema de estar indignado, lo que me parece es que, con la responsabilidad compartida entre todos (unos más que otros) hay que luchar contra ellos. Han hecho de este país una porquera. Han estafado a gente analfabeta para firmar preferentes, han estafado a deficientes mentales, están echando a familias enteras por no pagar una deuda de tres mil euros de una casa. Eso es un crimen, un país que hace eso no merece nada. La gente joven tiene que salir, porque vuestra vida es un capital y un patrimonio tan incalculable para países que sí tiene opciones para vosotros que vendérsela a esta panda de mantas que os van a tener de becarios hasta los cuarenta y tres y os van a impedir desarrollaros como ciudadanos… Que les den por el culo.


¿Qué transformaciones ha notado desde que usted estudiaba a los jóvenes que ahora cursan periodismo?

Me invitan a universidades con bastante frecuencia. La gente dice que tienen menos interés, pero no, hay gente con interés y otra que no lo tiene. El problema no está en los estudiantes, está en la propia carrera que es una estupidez. Estudiar una carrera de periodismo a día de hoy tal y como están confeccionadas las facultades de periodismo es una pérdida de tiempo. Tú sales de la facultad y no tienes ni idea de escribir una noticia porque no te han enseñado. Te han enseñado a lo que puede ser leer un periódico, si es que han llegado a eso. Pero no te han enseñado a cómo se hace un periódico de principio a fin. Saber diseñar una página está muy bien pero cuando llegues a un periódico no vas a tener que diseñar una página, o si lo vas a hacer no va a ser con las herramientas con las que te han enseñado en la facultad porque hay editores nuevos. La fractura no está entre estudiantes, está en esa cosa primitiva que es la universidad española establecida como está establecida. Que es un nido de corrupciones también.


¿Cómo vivió sus inicios en el periodismo? ¿fue fácil encontrar un lugar?

Fue muy fácil. Si dijera lo contrario sería un desagradecido. Empecé a trabajar en el diario El Mundo, que es en el único sitio en el que he trabajado, en tercero de carrera como becario y llevo diecisiete años aquí. Era una época distinta: había ingresos, dinero, se expandían las empresas. Fue sencillo. Había que trabajar mucho,  como ahora. Pero ahora se trabaja el doble y por menos dinero. Entonces se trabajaba bien y se ganaba muy bien. Yo he echado muchas horas en este periódico y muy contento de haberlo hecho. Ha habido veces que he estado veinte horas aquí metido, he salido a las seis de la mañana, pero éramos jóvenes y éramos felices. Éramos muy pobres pero muy felices como decía Hemingway.


¿Cuál es el lugar habitual desde dónde escribe su columna o desde dónde se inspira?

En un despacho que es en el que Custodio Pastor hace los encuentros digitales del periódico. Han ampliado su despacho, han quitado uno pequeñito que había que era territorio de nadie, yo lo llamaba aula de alto rendimiento, porque me encerraba ahí y escribía las columnas. Ahora las escribiré en un despacho que le han puesto a Custodio en el que me han reservado una mesita. Siempre las escribo a la misma hora, a la hora de comer. De dos y media a tres menos cuarto siempre me meto ahí con un sándwich y a las cuatro y media salgo y ya me voy a mi sitio.


¿Cómo encuentra el tema perfecto para escribir la columna?

A  veces lo encuentras muy claramente viendo los periódicos y de repente ¡pum! O has escuchado la radio por la mañana,  la televisión. El tema de algún modo va macerando en tu cabeza. Otras veces vienes a tientas, vienes aquí, que es una tremenda ansiedad, escribes con los huevos en la garganta porque no tienes tema. Se hace con bastante miedo, es una responsabilidad. Yo no conozco a nadie que se haya sentado a escribir la columna así, a la remanguillé, como si fuera un breve de sección. Te lo piensas, recalculas cada frase. Es un ejercicio de relojería, son dos mil quinientos caracteres y las palabras tienen que ajustar porque con una de más o de menos patina todo y haces el ridículo. Mi madre me llamaría muy enfadada si hiciera eso. Hay que buscar los temas aunque algunas veces haces el ejercicio del vuelo sin motor.


¿Cuánto puede tardar normalmente en escribir su columna?

Yo tardo una hora y media entre que me siento, veo un poco el tema y lanzo la primera frase a ver cómo cae en el folio. Depende de lo cómodo que me sienta hablando del asunto, si tengo que calcular mucho dónde tengo que frenar o no tengo que frenar. Hay temas que son delicados. Hay que pensar que uno escribe para la gente y no puedes faltar el respeto a ciertas ideas y sabes que hay gente que puede sentirse ofendida con ciertas ideas tuyas. Temas como la religión. La política ya da igual porque está en un descrédito tan absoluto que lo más suave que puedes llamar a un político es corrupto. En otros temas hay que ser muy cauto, porque uno tiene que saber el medio en el que escribe, los lectores que tú tienes los heredas del medio en el que escribes y es gente que merece siempre un respeto.


¿Le influencia ese público?

Los lectores que uno tiene son los amigos y gente que te conoce. Generalmente a tus lectores les pones cara: conocidos, alguien que se te acerca en un bar o en el metro. Les pones nombres y apellido porque los tienes cerca.


¿Algún consejo para los actuales estudiantes de periodismo?

Los consejos no valen de nada. Que a por todas. Es un oficio hermoso, el mejor oficio del mundo como decía García Márquez. Que está lleno de trampas como todos los oficios, pero hay que echarle mucho entusiasmo, coraje, arrojo y muchas ganas. Vosotros seréis, probablemente, los que disfrutéis del renacimiento del periodismo.