lunes, 15 de abril de 2013

El umbral del surrealismo


El Museo Reina Sofía se llena de arte perverso, anarquista, divino, déspota. Salvador Dalí capta desde el interior toda la atención de su entorno contemporáneo. 200 obras se reúnen recogiendo el delirio del catalán gracias a la colaboración del museo con el Pompidou.


            El hiperrealismo metafísico, ya no surrealismo, deja su huella en cada rincón denotando un mundo ilógico. Como Dalí dijo algún día, si hubiera muchos como él el mundo sería inhabitable. Un mundo, un país, que actualmente pone en duda la monarquía, cuando él se declaraba monárquico pero no políticamente, sino metafóricamente. El pintor, apolítico hasta en sus obras, roza el umbral de surrealismo. Acaricia cada límite con una tesitura sublime y desgarradora.


            Dalí se admiraba a él mismo, no es para menos, y deja que cada visitante del museo lo admire con una ternura exorbitante. No hacen falta testimonios ni justificaciones para aceptar esta afirmación casi catastrófica. Cada mirada que se posa sobre sus obras define sus pinceles con exactitud y alabanzas. Cada susurro que se pasea por los pasillos del museo acorrala a Dalí en una adulación constante.


Gala, su mujer, su musa, está presente en cada trazo de la exposición. Mostrando cuadros con toques oníricos que reflejan la parte más personal del pintor.  Las pinturas destacan su época más paranoica y ególatra. El narcisismo supremo de un artista encarcelado en sus obras. Dalí es el simple chapoteo de un egocentrismo que se deja querer. Dalí es la lógica de lo defectuoso, el razonamiento insensato de la imprudencia, es el asesinato de la razón a manos de un intelecto extraordinario.