viernes, 8 de marzo de 2013

Matar a Maquiavelo



Siempre ha existido una división muy marcada en la sociedad: por un lado están los gobernantes (o así se hacen llamar) y por otro los gobernados (o eso se creen que somos). En mitad de esa segmentación se encuentra el espacio público. Principalmente, se puede decir que en ese espacio los periodistas hacen de intermediarios entre gobernantes y gobernados. He ahí donde juega un papel muy importante la libertad y la censura.

            Nicolás Maquiavelo y John Milton coincidieron en el Renacimiento escribiendo cada uno una obra que defendía una y otra parte de la balanza. Maquiavelo escribió El príncipe (1513), un tratado que sobreestimaba, dicho de algún modo, a la realeza. Generalizando los conceptos y trasladando al presente aquella prosa, podríamos decir que, es muy permisivo con ciertas altas esferas. Dicen que Napoleón y Conwell siempre llevaban un libro de este filósofo político y escritor italiano.

Por su parte, John Milton, poeta y ensayista inglés, escribió la primera obra que pedía la libertad de expresión. Areopagítica, de 1644, es un tratado que defiende los derechos civiles y critica la censura.

Los gobernantes, según Maquiavelo, se encuentran en una posición superior al resto de los mortales. Se posiciona a favor del autoritarismo y defiende que el fin justifica los medios. Muchos príncipes de aquella época estuvieron influidos por la prosa del filósofo, e incluso algunos de los líderes más cercanos a nuestros días toman de alguna forma el ejemplo de lo que Maquiavelo que escribió.

Pero John Milton estuvo ahí en ese momento y plasmó la clave necesaria para que el autoritarismo y esos príncipes condecorados no se impongan a los ciudadanos: la libertad de expresión. El equilibrio entre gobernantes y gobernados se encuentra en la existencia o no de censura.