viernes, 22 de marzo de 2013

La era de la vanidad

No son estos párrafos ninguna aproximación a un altivo discurso generalizado. Tampoco son lo opuesto, un manifiesto de insignificancia y timidez de los que a veces chirrían por los vagones. Son, simplemente, la definición de algo que no existe, al menos, como parece que existe. Partiremos de lo que ha quedado de mundo desde la `Ilustración´ hasta ahora. Con respecto a la vanidad, nunca hubo clase media.
            Cuando aún gobernaba aquello de la razón, los humildes por méritos propios observaban a los vanidosos con cierto respeto. Diría miedo o, incluso, temor, pero estaría mintiendo. Una minoría formada por egocéntricas aglomeraciones que se encontraban en la cúspide, algo directamente proporcional según la Biblia a propósito de la `buena nueva´, sentenciaban a sus anchas. Supongo que un egocentrismo tal cual es algo que hay que admirar, hasta cierto punto. ¿Cómo será ese sentimiento? Tiene que ser superior a confiar en sí mismo. ¿Será una certeza absoluta, que emana quién sabe de qué desgarro neuronal, en cualquier acción que se ejecuta o piensa?
            La cuestión radica en que el tiempo ha pasado, y los narcisistas ahora no distinguen clases. Clase social mental, me refiero. Hasta un mínimo resquicio de intelecto carece de modestia, o no. Seguramente antes también los había, por suerte o por desgracia. De sobra es sabido que el individualismo es el calificativo perfecto del siglo XXI, pero la rivalidad que trae consigo hace de la humildad el valor impecable que casi no tiene cabida en estos momentos. La vanidad vende, es rentable, hay que aceptarlo. Vivimos inmersos en un estado constante de aforismos, por llamarlos de alguna forma. De mandamientos autoritarios dignos de esta nuestra era, la era de la vanidad. Pero, déjenme sospechar si esa soberbia con matices excéntricos no es sino una consecuencia del miedo. Ahora sí, miedo en mayúsculas. Pánico a no ser superior, mejor dicho, pavor a no estar tan seguro de sí mismo que nadie te mire con respeto.


Columna publicada en La Opinión de Málaga el 21 de marzo de 2013