jueves, 21 de febrero de 2013

Un smartphone para Gila



Entre cánticos ensordecedores vistos como la originalidad más soberbia se tiñe la lóbrega y castiza instalación de cada circunstancia.  Con la Generación del 27 despavorida y justo en ese momento en el que la literatura se escribe con la punta de la lengua, cabe preguntarse si es factible aceptar que aquel pigmento que se resbala desde los más elevados preceptos de la lógica es real. Se duplican los alfiles entre arrabaleras enajenaciones, mientras. Cabe interrogarse a sí mismo, cuestionarse y dejar de escribir-reescribir o fingir leer al mismo tiempo que se destiñen los razonamientos sugestivos a base de ventanas rotas. Ventanas o defunciones colectivas disfrazadas, modo carnaval, de `contornos´ virtuales.

            Desde Amazon, querido Amazon desprovisto de reseñas. Desde la más remota aproximación a la sensación que un ministro de cultura pudo aminorar con un desnivelado e inestable levantar de cejas días pasados. Aún queda la resaca de unos premios de garrafón en el resplandor artificial que siempre, sin falta, despide su calva (des)velada. Gila hubiera destinado cada halo de comedida indulgencia al subsuelo. Vestidos de charol enfurecido, como ápices de la catarsis más ficticia que un contrachapado de impaciencia pueda soportar, siguen comiéndose a los alfiles.

Bien, pues no quiero decir que por tales ventanas que caían de forma precipitada desde el escalafón de los estrepitosamente `optimizados´ tengan que apuntillar con fuerza sus brotes de posicionamiento reversibles. Aunque no sé si lo pienso. Tampoco que los Amish sean la solución perfecta a una mezcla de ingenuidades con calvicie y abrumadores florecimientos de demencia online. Simplemente se sugiere una corredera, a veces. Un bozal o un mea culpa con entonación extenuada. Un ser pusilánime que invada lentamente ciertas conciencias con pretensiones de exterminio, pero que sólo se queden en pretensiones. Acaso un regreso al costumbrismo ingenuo, alguna dosis de surrealismo. Quizá, un smartphone para Gila. 
Columna publicada en La Opinión de Málaga el 21 de febrero de 2013