jueves, 28 de febrero de 2013

Mecenas subvencionados



Apáticos se volvieron los críticos, los mecenas de este siglo y los dueños de tan holgado liderazgo; también los consumidores de tales nicotinas.  Ante todo esto, la figura que por estas fechas se pose ante cualquier obra, tómese como ejemplo aquel cuadro de Juan Pablo Castel en la novela El túnel, mirará con indiferencia los trazos al mismo tiempo que volcará sus pupilas en la muñeca en la que sostiene las agujas del reloj y seguirá impasible. Nadie morirá, eso sí, pero tampoco nunca nadie descubrirá en la ventanita a una solitaria mujer mirando al mar.

            Desde alguna escena parecida a la que muestra esa ventana, que las hay aunque por ahora no se dejen aderezar con finales tan poéticos como los de Ernesto Sabato, contempla inquieta una subasta en proceso. Impotente casi y dispuesta a guardar febrero entre sobres, consiente el tráfico de pequeñas ventanitas con similares sensaciones de desgaste. Obras de arte que se subastan desde el Ateneo de Madrid. Es como si se rompiese un trozo de Romanticismo en la distancia, como descoser ciertas puntadas del último año de vida de Larra. Pero da igual, porque desde bastante tiempo no se tienen en cuenta esas ventanas. Ninguna señora de peluquería con maquillaje tenue, ningún señor de mediana edad y corbata, ningún grupito de ansiosos adolescentes o ancianos… Ninguno o casi ninguno se deslumbra ante una obra de arte. Quizá porque ya todo está muy mecanizado.

Cualquier resquicio de disfrutar entre el silencio y el arte se reparte en los minutos que sostenía aquella mujer en la muñeca. Supongo que esto ocurre desde hace ya mucho tiempo, pero se acentúa últimamente en mis visitas por algunos de los centros que con austera decencia muestran exposiciones que se prestan al asombro. Puedes acercarte completamente sola a una exposición pero en milésimas de segundo estás presa en un grupo como si fuera una visita turística. Sientes la presión de sus pupilas en la espalda, percibes los pasos y extraes de ellos las indulgentes subvenciones de cada rincón y padeces los efectos de una multitud completando su recorrido sin más consideraciones justo cuando tú estás absorta en la ventanita.


Columna publicada en La Opinión de Málaga el 28 de febrero de 2013