martes, 5 de febrero de 2013

Ceguera moral



Sucede que a veces lo que nadie ve es lo que todo el mundo mira. Es como oír y escuchar, pura inercia. Mirar es algo que no podemos evitar; pupilas incandescentes siempre desesperando la ingenuidad. Parpadeos, guiños y lágrimas. Pero ver… ver es un síntoma del encasillamiento moral. Se ve lo que se desea (o lo que no), se distingue sólo lo que culturalmente está asociado a nuestros cercados prejuicios y/o pretensiones. Mirar es involuntario, casi siempre; ver es lo que usted está haciendo justo ahora, en teoría.

 “Nuestra vida es una incertidumbre. Un ciego revolotea en el vacío en busca de un mundo mejor cuya existencia sólo suponemos”, decía Virginia Woolf. Esta gran figura del modernismo literario tenía mucha razón. Todo se deduce a partir de las 300 páginas (casi siempre) que, apoyadas sobre su figura, nos ven desde la estantería. No nos miran, no conscientemente. El libro, tardío en su ruptura con la sobriedad, nos desafía. Nosotros lo miramos, no lo vemos, quizá denostando las rozaduras que, hace algún tiempo, se derramaron como tinta ensangrentada entre sus retazos. Por supuesto, retazos con el olor tradicional, sin ornamentos Paper Passion.

José Saramago aprehendió a ver ensayando sobre la ceguera, aunque ya destacaba por diseñar cumplidos desde el Nobel de Literatura de 1998, o no. El resto, generalizando en un desatino de ecuanimidad detonante, aprendemos (sin haches ni mudas) exclusivamente a fuerza de miopías con monturas Marc Jacob o Roberto Caballi. Sí, con descuento. Y sin dar nombres, como Saramago hacía porque son obvios, rellenamos las costuras de las retinas fugaces con disputas de (im)pulsos nerviosos. Las páginas que se mecían en aquella estantería se desploman poco a poco sin hacer ruido. Ya no ven, miran desde el suelo hacia un cielo-techo hipocondríaco. Tras un descenso imperturbable se esparcen por el suelo y tiemblan. ¿Ahora si las ve? Se atisban desde un ángulo cuadriculado pidiendo recompensas, propinas, rescates…


Columna publicada en La Opinión de Málaga el 31 de enero de 2012