miércoles, 30 de enero de 2013

La historia de lo que aún no era historia



No siempre hay un principio y un final para todo, al menos que se pueda definir con precisión y claridad. La historia de la historia, redundancia inherente, se basa en suposiciones y acontecimientos que oscilan según el punto de vista desde el que se analicen. El principio, sobre todo, es muy inseguro. La importancia radica en que para entender lo que pasa justo ahora hay que remontarse algunos años atrás, algunos o muchos.

             El comienzo es un dilema entre explicaciones míticas y científicas. Los sucesos se tambaleaban entre ciertas fechas inestables y un poco de imaginación. Pasaban los días, si la concepción del tiempo actual nos permite hacer esa afirmación, entre hechos que no se consideraban trascendentes. Alguien, un buen día, se preocupó por dejar constancia de lo que sucedía, puede ser que así empezara todo. Nos situamos en las Guerras Médicas. Los versos que reflejaban aquellos momentos, dado que era más fácil recordar así lo que se contaba, dieron paso a la prosa de la mano de Heródoto. Suponiendo cierta la incertidumbre de aquellos tiempos.

            Así, la historia se consolida como una forma de indagar, rechazando figuras tales como Homero por el hecho de que inventar alterando lo que sucedía al vaivén de la creatividad de la mente no es hacer historia. El tiempo nos juega una mala pasada a la hora de relatar lo que ocurría, pues no se percibía como ahora lo hacemos a través de las agujas de un reloj. La concepción de este cambió con la llegada de la Revolución Industrial, la verdadera clave de esta revolución no fue la máquina de vapor, fue el reloj.

            Hoy en día vivimos pendientes de las horas, de los minutos, anclados en un calendario que secuencia todos nuestros movimientos. Un calendario gregoriano modula nuestros movimientos, adoptado tras pasar del lunar, el solar y el juliano. También del republicano, creo que no hace falta explicar por qué pasamos de este último.

             Las cosmogonías se utilizaban por la necesidad de saber los orígenes, para ubicar los recuerdos en el pasado. Los personajes eran míticos (el dios Ra o Jesucristo, por ejemplo). En una adaptación de ese pasado a la actualidad, Rajoy, nuestro presidente del gobierno, cumpliría el papel de una reencarnación de la figura central del cristianismo.

            Aún existen pueblos sin historia, también los hay que la utilizan para todo: libros, películas… La serie “Isabel” condensa algunos de los intentos por revocar nuestra historia. Quizá no los concentra como debería, me remito a los fallos, por decirlo de algún modo, que la serie contiene en lo que se refiere a la manera de copiar esa historia.

             La forma de relatar la historia depende de la época entre otros muchos factores. Desde la Edad Media con unos temas y formatos impuestos, pasando por la Ilustración llena de ensayos y concepciones antropológicas, hasta la Edad Contemporánea caracterizada por una amalgama de formas y argumentos muy discutibles.

            La Historia no comienza con la escritura. No si nos detenemos a reflexionar tan solo un instante. La forma no marca una época u otra. Dentro de la Historia en general encontramos la historia de la comunicación, y dentro de esta a su vez a la historia del periodismo. Claro que quizá desde finales del siglo XIX la comunicación se constituye como una nueva historia.