jueves, 24 de enero de 2013

Firma o fama




Ya no se escribe a lápiz o con ánimo de ensimismar; tampoco se lee despacio y con afán de conmoverse al compás de la literatura (o lo que queda de ella). No se cocina la prosa, se descongela precipitadamente al amanecer por la necesidad de engullir. Se relata, quizá, de una forma depresiva a la velocidad de la luz. No hay tiempo, no queremos que haya. Ese todo que ya es privado o, como poco, está absorto en un plural inaccesible, se estrecha tanto que sus esquinas se van resquebrajando entre los mismos de siempre.

Sentados en cualquier sitio, dondequiera que pueda reposar lo que nos queda de conciencia, recordamos algunos los trozos de lo que fue y tal vez alguna vez vuelva a ser. Pero quedamos al descubierto, tiritando por las calles y sucedáneos con bufanda, en ese bucle de eternidad. Una librería se esconde en la esquina de ese camino entumecido, admitimos en ella la rememoración de los grandes de siempre comparados con los que ahora hacemos grandes por un columpio de petulancia. El escaparate altera siempre «el buen quehacer», vanidad.

Más allá del paso de cebra, si lo hubiera, aparentemente al lado de donde se compran y venden los razonamientos retrógrados y los argumentos futuristas, otra eternidad en forma de pentagramas. Más de lo mismo: recopilaciones de los grandes, alguna que otra versionada con ese arte de entropía que llevamos en las venas y novedades ruidosas que despiden un marketing exorbitante. También hay un punto medio, algo que rescata a nuestros tímpanos del suicidio colectivo, pero escaso en su diámetro.

Al final, antes de llegar a los rubores de un melodrama con complejo de avenida, más veneración en forma de cine (casi siempre extranjero) e idénticas confrontaciones de unos clásicos de renombre y unos ¿actuales? sin más. Una equiparación muy injusta, la verdad. Salvando las distancias y exceptuando algunos epicentros de ingenio y originalidad.

Se pueden contar con los dedos los libros, discos o películas que se salvan de ser uno más entre los típicos que hay que tragarse por la firma o por la fama. Y, tal vez, muchos de los que se salvan pasan desapercibidos.

Columna publicada en La Opinión de Málaga el 24 de enero de 2013