jueves, 29 de noviembre de 2012

Patente de corso




Más por costumbre que por creencia, se suele cambiar la decoración por Navidad: lazos, campanitas, calcetines… y, por supuesto, el árbol. También turrones y otros medicamentos contra los prejuicios. Esta fecha se impone como orden del día. En un festín de hostilidades se conmemora todo: lo jugoso, lo parlamentario, lo indignante, lo sensacionalista. Es absurdo poder de determinar cada cronograma de vivencias a puntuales homicidios, una fatídica división del tiempo en forma de coincidencias. Toda la entropía familiar hace hueco a la fe, o a la simulación de ella. El Portal de Belén se adueña del espacio, de la nieve artificial y de los retazos de conciencia. Cada año, las figuritas que conforman ese altar sin reticencias iban aumentando; eran una colección de ocurrencias que iban tomando forma, o eso parecía. Los niños jugaban con esas figuras como si de una casa de muñecas se tratase y el resto de la familia casi llegaba a sustituir a la caja tonta por aquel esporádico rincón de figuraciones. Casi.

Bajan las temperaturas y en ese convencional portal también. Por un cambio en la `ingenuidad´ del Papa, dejamos de calentar a Jesús. El buey y la mula, la calefacción que parecía impasible en el pesebre, se deshacen ahora por obra y gracia. Quizá el calentamiento global haya modificado algunas piezas de esa historia que, por afán de unos y minimalismo de otros, prescinde de matices. Tal vez un ERE (expediente de regulación de empleo) justifique la desaparición de animalitos con sino de funcionarios en El Portal. Por suponer, puede que ahora prevalezca la independencia por encima de todo y Artur Mas sea el precursor de ese efecto tramoya. ¡Ah! No, que la eliminación del buey y la mula del pesebre la dicta la Biblia.

El Papa, con totales facultades para destruir, que no transformar, hábitos de bienaventurados, destapa el desahucio de los pobres animalitos. Pueril falacia para vender un libro. Arturo Pérez-Reverte, se las ingeniaría de otra forma, o no. Ya sé, la culpa la tiene la patente de corso. El escritor y periodista español se apropia de ella por el navío alquilado que constituyen sus intervenciones. El Papa… El Papa es el que las otorga.


Columna publicada en La Opinión de Málaga el 29 de noviembre de 2012