lunes, 5 de noviembre de 2012

Los tacones de la literatura





El calzado de LA literatura, en femenino, posee esa cautela que inquieta la desfachatez del género opuesto (hablando en términos retóricos, o no). Con el consuelo, si así lo fuera, de rimar tacones inestables con pentagramas movedizos. Y el alivio de poder asesinar a Platón y a su definición de la mujer como degeneración física del ser humano. Al menos con la forma tan peculiar de matar que tiene Chantal Maillard.

La huella femenina siempre ha estado presente en el marco poético, con unos derechos que, año tras año, han demostrado un merecido primer plano en el estante de la valentía. El nacimiento, más o menos homologado, de la mujer escritora como tal podría emanar de Alemania allá por el siglo X. Hroswitha de Gandersheim, religiosa benedictina, que murió dejando poemas, leyendas, dramas y su dignidad. Desde la Décima musa, protagonistas exquisitas del Triste oficio de Malilyn Bobes. Lirismo con mirada propia en progreso constante, que siempre tarda en llegar. Faldas con transparencias de la impotencia que hace unos años acechaba el tópico «detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer». La mujer ha pasado por el obstinado papel de ser considerada una simple musa, y ha tenido que mantener esa fantasía para sostener la literatura de numerosos autores. Una lista interminable de nombres podría corroborar la sádica forma de desigualdad que aún sigue vigente en muchos términos, aún ciñéndonos solo en la literatura. Son pequeñas dosis de Gabriela Mistral.

La literatura femenina no alcanza a tener doscientos años. Algo muy ambiguo, pues existen debates en los que la posición de tratar la literatura femenina como tal se considera un error. A su vez, se presupone que hablar de ella es aceptar las diferencias. En escenarios como este, Virginia Woolf divaga en Un cuarto propio sobre la posibilidad de que Shakespeare tuviera una hermana. En femenino singular o masculino colectivo, la literatura mantendrá sus pies en aquel autor que demuestre serlo, siempre que le dejen demostrar.


Columna publicada en La Opinión de Málaga el jueves 1 de noviembre de 2012