viernes, 26 de octubre de 2012

Poesía en la bañera




Furiosa pero tranquila. Amaneció así, entre las orillas de una poesía que se desbordaba por los costados. Sumergida, en el interior, pero sin estar totalmente dentro. Tumbada en una bañera.

Los dedos de sus pies parecían dulces pasas, salvo por el sabor de la cal del agua algo templada que seguía cayendo. Los dedos de las manos eran cutículas perversas que aguantaban todo su peso para que no flotara en la superficie. Doloridas, las manos, casi dormidas en su intento de ser mayor. El resto de su cuerpo era como un vaivén de contradicciones. Un pez, tal vez, con aletas sumisas y respiración asistida.

Tenía en una mano el anillo que le había regalado su madre, quizá el único que le habían regalado, que se reflejaba en forma de cinismo. Y un vestido rojo, muy rojo. (No recordaba la razón por la que se había metido en la bañera vestida, pero allí estada.) Aquel atuendo tan colorido llevada un lazo a la espalda, con la misma función que las cuchillas de afeitar que utilizaba R.  Bonito lazo, preciosa usura.

Debajo del agua todo le parecía eterno, más sofisticado por las fisuras. Todo se veía con destellos de sutileza y traición, de pasión y descaro. Eran las gotas de agua, las que seguían, haciendo alarde de la fuerza de la gravedad, susurrando cosquillas entre su meñique del pie izquierdo. Eran suaves y calmadas, pero sus oídos le decían lo contrario. Inmerso su rostro en un mar de hipocresía, el eco agregado de aquellas gotas de agua rozaba sus tímpanos con la delicadeza de una aguja oxidada. Pero eran los círculos, el efecto de las gotas en la superficie, lo que la mantenía en el fondo de aquella bañera.

Dirigió su mirada hacia la superficie esquivando tales círculos y, con el más puro sosiego, observó cómo, paralelas a sus pupilas de luciérnaga, flotaban un par de miopías cansadas de estar en cautividad. Estaban allí, justo encima de sus ojos acaramelados pero cansados del sabor a sal. Dos lentillas conservando su dosis de falta de enfoque hacia lo lejos y más de lo mismo de astigmatismo. Las veía tan frágiles y solitarias, pero valientes. Tras un largo viaje, más bien unos minutos, las lentillas habían decidido liberarse de su cordura.

 No veía ni oía nada más en ese cuarto de baño que había decidido adueñarse de ella. Solo las gotas de agua y las miopías flotando. En un intento por mantener las gotas de agua encarceladas, movió el pie izquierdo, cansado de cosquillas, para cortar el grifo. Desorientada en su devenir, por la penetración exquisita del agua tibia en su cuerpo, decidió que la derecha era la izquierda. El agua comenzó a caer a borbotones con una temperatura más acorde a su piel, haciendo que involuntariamente (o eso creía) introdujera rápidamente el pie en el sitio en el que había estado hasta hace un momento. En ese balanceo de regreso, algo cayó en la bañera.

De repente los ojos le escocían y el agua se volvió roja por momentos. Un suspiro la despertó del infierno. Así comenzó todo.