jueves, 20 de septiembre de 2012

A Woody con amor


Con una edad sumisa, como la que se sitúa entre una niñez alborotada y una adolescencia `peculiar´, cualquier madre suelta la típica frase para paralizar en seco la imaginación desmesurada de su hijo. Y una de las más típicas, al menos que recuerde, es `tú ves muchas películas´. Así, de un plumazo se desviaban las fantasías hacia una realidad más ficticia aún que la imaginada.

Pero en el momento en el que nos damos cuenta de que esa forma de utopía es necesaria obligatoria e imprescindible para sobrevivir, aparece Woody Allen. Un cóctel entre el característico cine americano con la diferencia más que visible entre la realidad y la ficción que representa, y el cine europeo (carente de esa diferencia) que irrumpió en su modalidad de creación cuando estas películas llegaron a Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial. Woody: ese híbrido consecuente de prestidigitación en vena. 

Antes que Woody fuera Woody, ya se comportaba como Woody; desde que nació debajo de una montaña rusa sobre tierra firme en el Bronx. Siempre rechazando que sus películas fueran  autobiográficas. Duda que se origina en el momento en el que no se distingue el personaje de la persona en sí. Chaplin dejaba de ser un actor cuando salía de la pantalla, cambiaba su estilo, su forma de `hablar´. Allan Stewart viste, `sonríe´ y camina en una película del mismo modo que lo hace en su vida diaria. Aunque según dice el director que se esconde tras unas gafas oscuras “mi vida, en comparación con mis películas,  no es tan divertida ni tan emocionante”.



Ese señor que supo leer antes de escribir y que se emocionaba al ver Blancanieves mantiene a todos los cinéfilos pendientes de su última película A Roma con amor. Algo así como cuatro historias independientes enlazadas en La ciudad eterna que ha despertado malas críticas entre los espectadores. Quizá la curiosidad que sobrevuela las mentes entre bastidores es justo esa, si la película es tan mala como algunos subrayan. Pero como comentaba el mismo Woody Allen, si a alguien siempre le salen las cosas bien es porque se censura a sí mismo creando el estilo que el espectador quiere ver. En cambio, al leer la vida de un verdadero artista se reconocen como tales los fracasos en su currículum vitae. El cine (sólo) es una escuela para aprender a vivir.



 Columna publicada en La Opinión de Málaga el jueves 20 de septiembre de 2012