sábado, 14 de julio de 2012

Té con canela




Siempre he sabido que soy mortal. Cicerón tenía razón. Bueno, tenía razón en casi todo. Por eso ella había regresado a su pueblo, simplemente para saludar y confirmar una existencia evasiva. Estaba ahí. Colocada encima de su cama, entre sábanas deshechas y cojines por doquier. Estaba en el centro de un tumulto de inquietudes que la gente normal no podía descifrar.

Se concentraba en algo que surgía por ciencia infusa a la vez que intentaba diluir en su taza de té los sonidos (o, mejor dicho, los ruidos) que ese juego de pelota tan sobrevalorado despedía por la televisión de papá. Porque era suya. También recolocaba en el lugar de los conocimientos rotos el crujir de los platos de mamá. Siempre tan servicial, demasiado. Luego coches y conversaciones ajenas que desataban un dolor de cabeza muy de pueblo.

El té con canela. Normalmente té rojo.

Ella se proporcionaba a sí misma su dosis diaria de nicotina visual y sumergía por completo sus pupilas en ella. Sabía que sus ojos no eran verdes o azules, como el mundo esperaba de una secretaría de lo imperfecto, eran mejores. También conocía el secreto de su inestimado perfume a sal. Un mar que apestaba en el centro.

Por otro lado, se podía decir que sus manos despedían caricias falsas. Le molestaba cualquier anillo u ornamentación de pegamento. Toda decoración exterior era símbolo de compromiso, un compromiso que le asustaba. En base al resto de sus cualidades, hay que anotar, como en un diario secreto, que empezaba a valorar sus feminismos perversos y la agonía de sus recuerdos. Era como aceptar la finitud del orbe sabiendo que en la imaginación todo puede cambiar. De hecho, lo cambió.