jueves, 26 de julio de 2012

El ego es un negocio



Hace algún tiempo, creo que seis años más o menos, Le Petit Prince sostuvo mis manos. O al revés.

Fue como desbordar las manualidades aprehendidas y canjearlas por comisuras más esenciales. El comienzo de un bricolaje literario, pudo haberme susurrado Antoine de Saint-Exupéry. Recuerdo un viaje a caricias de asteroides que desterraba cualquier verdad absoluta hasta ese momento.

Pero el `Drama de los baobabs´, ese que me asustaba cuando caminaba por los pasillos de mi ya segunda casa, no era un cuento.  Yo, incipiente con lacitos en los rizos, lo descubrí ingenua, temiendo entre juguetes rotos primerizos brotes de depravación. Y siguen creciendo.

Los baobabs, llámese (in)democracia del siglo XXI, moral capitalista legalizada o consumismo en beneficio siempre diestro, perforan con sus raíces dondequiera que se deje aflorar una semillita. Y en el primer siglo del III milenio germinan y brotan a la velocidad de la luz.

También había, en aquel Principito que seguía sustentando mi fuente de información táctil, curiosos personajillos. Había y hay. Siempre un rey autoritario merodeando repúblicas. Los vanidosos no se pueden contar con los dedos de las manos, las que sujetaban aquellas páginas. Borrachos en depravación multimedia y demagogia, hombres de `negocios´, faroleros o sujeta velas y geógrafos, esos creadores de distritos distantes.

Hemos creado, a nuestra imagen y semejanza, un demiurgo exuberante que riega los baobabs por penitencia. Las ramas empiezan a obstruir la capacidad literaria, la imaginación, la poesía, la libertad. Perforan con sus raíces, baobabs de impertinente egocentrismo, la autodeterminación que debería formar parte de nuestro yo. Y no la imposición que actualmente precisa de un ego matinal que despilfarra todo lo que no esté dentro de un sistema, su sistema.

Ego, tal cual. Un ballet de Ópera que se corteja a sí mismo. Compra y venta, comercio, rendimiento, rentabilidad. Siempre contando números, rojos. Negocio. Ya decía El Principito que `el lenguaje es fuente de malentendidos´. Pero las personas mayores nunca lo comprenderán…


Columna publicada en La Opinión de Málaga el jueves 26 de julio de 2012