miércoles, 25 de julio de 2012

Anticuentos para no dormir




Me pides que escriba un `algo´, una historia quizá, nuestra historia tal vez. Y es difícil. Mucho. Porque cancelas mis metáforas, que son como mi forma de ser. Entonces ¿qué debo hacer sin mis formas?
Creo, firmemente, que el diseño de mi personalidad no admite remodelaciones. Es como una reliquia que he de guardar, la única, si no cuento contigo.
Por eso, la palabrería de `había una vez´ no me sirve en la distancia. Empezaré con `Supuse que habría alguna vez…´
Por suponer, desperté de un sueño en el que nunca había utilizado peluches. Tú ya sabes, ositos para no dormir.

Y es que una vez existió una niña que nunca dejará de serlo, pero le gustaba ser así. Sonreía siempre, creo. Esa niña nunca había dormido con peluches, de hecho nunca le habían llamado la atención. Aún así alguien había llenado su habitación de miles de ellos. Pero huyó y se creó su independencia infantil.

Caminaba sobre su literatura imperfecta a la vez que saboreaba el humo que la tranquilizaba y la mantenía en su imperfección.

Un día, o una noche, llego un peluche llamado `Osito´ que le llamó la atención. Él, seguro (en teoría) de sí mismo, pensaba que la había atraído por eso, pero no. La seguridad es banal en un mundo en el que nada es seguro.

Ella deambuló a su lado durante un tiempo porque se dio cuenta de que el osito era sólo una apariencia creada por un hombre que no sabía destapar su romanticismo innato. Osito se consideraba a sí mismo alguien con  `un gran interior´ pero no sabía que le faltaba lo esencial: esa locura de niño.

Él se encariño con la niña perenne. Quería cuidarla, mimarla, aconsejarla… Pero no se daba cuenta de que la agobiaba con tanto concepto innecesario.

 De repente, ella descubrió por qué Osito la mantenía a su lado, él pedía ayuda a voces. Dentro de ese peluche controlador y calculador existía alguien que necesitaba libertad. Necesitaba sentir, Necesitaba un anticuento.