jueves, 12 de abril de 2012

Perfilando franceses


Perfil de Fernando Francés, director del Centro de Arte Contemporáneo (CAC) de Málaga


Será que su sombrero custodia la perspicacia, el ingenio de lo contemporáneo, la precisión del arte. Será que la exigencia en el reflejo de sus gafas distrae miopías ajenas. Por su canosa contemporaneidad segura de principios y valores o por sus ideales, propios de la cortesía afectuosa de un crítico de arte por excelencia. Quizás sea por la expresión digna de la cortés reverencia del talento. Tal vez por su sutileza, sin más.


Él era aquel señor que intentaba secuestrar la modernidad en un museo. Una modernidad que luchaba contra el tiempo y cambiaba a cada segundo. Pero la secuestraba de tal forma que, sin  pedir rescate alguno, ésta se aferraba a las paredes de su segunda casa, el Centro de Arte Contemporáneo, y allí desnudaba descaradamente su silueta.



Aquel hombre, trajeado, que deshacía chaqués a la orilla de la playa por un paseo antiestrés. Y deshojaba corbatas en plena primavera al mismo tiempo que el olor a mar envolvía una Málaga confiada, desde la que el parador acuchillaba costas para derretir miradas.


Tomaba vino blanco en copas de exquisito perfil, siempre en compañía. Manteniendo, tras su cuidada ocupación, a la agricultura y a la arquitectura como formas de alienación posibles. Y despertaba ironía en los pinceles desgastados por el arte, en la admiración cual Manhattan ensimismada, allá por el 29, a la creación del  MOMA.


Sumergido, en su subconsciente, en la banda sonora de El último mohicano, su preferida. O cualquier forma de pop – rock con influencia bit. Sumergido e inmerso, como la mezcla de los pigmentos en el lienzo.


Era aquel crítico de arte, él,  calzado de charol y escultura incipiente. Cercano, en un suelo con reflejos culturales perennes, conservando con sutileza la distancia correspondiente a protocolos oficiales. Aquel que imaginaba la recreación de El árbol de la vida en su centro de arte. “Imágenes místicas, un guión que se reconstruye continuamente, surrealista, una historia dura, compleja, un final épico pero mágico”.


Lo era, él, un contemplativo de la inocencia al que le atraía de un cuadro la elegancia y el saber estar de los detalles. Con ejemplos como la instalación de Jason Rhoades, exposición que destaca por encima del resto, calificada por los que la disfrutaron con un descriptivo “black pussy”.


Devorador de la originalidad comedida, a modo de secuela por el paseo emotivo de la modernidad como base de todo. Incondicional de los pequeños gestos, los minúsculos detalles, las imprescindibles pinceladas. Preciso en la temperatura de color, exacto en el tacto de lo sublime. Aquel señor. Fernando Francés.