miércoles, 28 de marzo de 2012

Nuestra primera vez, o una de ellas


No había nada más, y no era necesario. Ni barrocos testamentos de inseguridades  machistas ni, mucho menos, la capacidad de ensimismar masas a puñaladas de columnas inefables, las que siempre precedían.

Sólo estaba él y yo, o una parte de mí que desearía formar parte de la lluvia. No recuerdo la hora exacta, la memoria bloquea lo superfluo cuando la oscuridad de la noche comienza a rozar pestañas.

Los sentidos se ponían de acuerdo y se deshacían ante el agobio, la impotencia, una barra libre de caricias al alba. Anochecía en su mirada cuando los dedos de mis pies comenzaron a rozar la arena  de la playa. Y sumergían entre pequeñas huellas inestables la debilidad del placer. Hasta lo más profundo, mis dedos, que acompañaban pisadas desnudas inconscientes, insultaban prostíbulos baratos de barrio.

Caía, cada vez más, desde el infierno, el resplandor de los susurros al oído, y gritaban. Ensordecían chapoteos en la orilla despertando un fervor  incandescente en las miradas ajenas. El olor era a sal. El mejor aroma, la mejor fragancia, tu mejor perfume.

Sal, también, era a lo que sabía el amanecer acorralado. Y justo en ese momento, en el que mis labios robaron un trozo de mar, la espuma del agua cubrió nuestro cuerpo del frío. Las huellas se borraban al mismo tiempo que envolvíamos en sal nuestras mejillas. Las sonrisas…

Destapamos las olas entre trópicos, a lo que Henry Miller soltó una carcajada al aire. Empapados de caricias y jugando con ellas a la vez. Subió la marea.


                                                                                         

          Gracias, Dani, por el mejor cumpleaños de mi vida.