domingo, 11 de marzo de 2012

Las rubias, los años…

El año de la rubia, novela de Jesús Nieto Jurado


Encontrar el momento adecuado siempre es difícil, hacemos que lo sea. Instantes secuestrados entre encuadernados granates de protocolo que mantienen, cual prosa encarcelada, apenas 85 páginas de vívidos recuerdos por más que mortales sean deseados, o no. La inmortalidad literaria del querer y no poder. La generación lírica del botellón.

Esos veinte años que discrepan de las arrugas y adormecen la juventud por ausente. Por pura hipocresía. Por falsa, por distante, por vacía. Esa adolescencia que huyó al verle y resbaló sus consecuencias al alcohol y la literatura. Al menos.

“La memoria es en ocasiones una putada incesante” exclama el protagonista de una novela que narra las sensaciones de un verano congelado a panorámicas de inexactitudes. Unos meses que aún queman en los párpados. Un año que vuelca sus costas en la silueta de una impotencia frustrante basada en minifaldas, acentos argentinos, aires de ricachonas… (Tal vez sobra el plural en estas palabras.) “Fría, maldita y única.” Estefanía. La rubia metaforizaba el verano en su cintura.

Él, venerando una madurez de antojos ante la inocencia. Manías con complejo de héroe con una sinrazón colocada al azar en una época equivocada. Tal vez deliberadamente perversa que alimentaba su ego en contra de pijos veinteañeros de facultad. La tiranía de los años que iguala generaciones a caprichos.

El verano fue su castigo por pura aceptación anacrónica de una edad maldita, puede que los ojos azules de ella lo ahogaran aún más. En el imaginario, que no tan alejado de la realidad, era el niño del bañador rojo.

Un mártir por elección propia. Un don nadie que anhelaba un paraíso rubio donde mezclar placeres de fin de carrera y calmar apretados momentos en los que el pantalón desearía ser liberado. Buscador incansable de su felicidad particular “una extraña sucesión de medias, rubias y vaginas domeñables.”

Madrid era su salvación, después de Estefanía. Era la modernidad que lo separaba de “un barrio que no late ante el tiempo”. Su ciudad, lo era cuando apuñalaba el Mediterráneo dejando playas inanimadas de geometrías a disparos de apariencias. La nacional 340. La Gran Vía.

Noches de San Juan fracasadas que se reflejaban en cervezas ya recalentadas por altas dosis de verano insaciable. También quinceañeras a punto de perder la virginidad. Fantasías volcadas en columnas de actualidad por casualidad y compañías ajenas que compartían con él experiencias de encadenadas desdichas.

El año de la rubia es ese que desata la pasión de descoser encajes a  orgasmos utópicos, a la vez que defiende la existencia de un perdón irascible ante la impotencia. La compresión de las prostitutas, la ubicuidad de prostíbulos de conciencias.  Es esa novela que resume el amor en un “intercambio de fluidos, una compraventa de voluntades…” Es ese año que inspira poemas libidinosos.