sábado, 25 de febrero de 2012

Hacer el amor en un Picasso

Puestos a premeditar sobre obsesiones y romper en pedazos idílicos supuestos predeterminados.  “Bagatelas de la vida” decía mi profesor, triste crédulo de su catolicismo innato. Puestos a maquillar momentos pasados.


Dejando a los verdaderos poemas acariciar mejillas ajenas, que tímidas sin experiencia se sonrojan a la vista de un chaqué. Trajes de acomodadas apariencias que pasean corbatas cabreadas y camisas desnudas. Permitiendo a esa poesía romper pentagramas de primerizos sin alma que golpean notas sobre una conciencia desterrada. Y los acordes se derraman, justo en ese momento en el que las luces se apagan.


Puntual acústica la que roza los viernes, siempre los viernes, a la hora de perder el último urbano, nuestro museo privado. En ese instante en que la única ventana de la entrada evidencia un atardecer que anochece despedidas en las madrugadas. Sin que después sea demasiado tarde. Sin que un hasta pronto se convierta en un ojalá constante de mimos  en el recuerdo. Sin encadenados hasta luegos impulsivos…


Justo en ese momento en el que solo el guardia de seguridad ampara sonrisas forasteras en su mal humor frustrado de agonías. Y las alarmas parpadean al ritmo de tus latidos. Los siento en mis manos vestidas de caricias.


Precisamente ahí, inexacta la ciencia, los pasillos y paredes del arte despiertan. Los cuadros se miran y suspiran la ironía acumulada de visitas guiadas sin experiencia. Magnitudes convergentes construidas a base de intentos  y desmanes. Habladurías sobre medir entropías sin necesidad.


En esos minutos en los que unos novatos veinte años a falta de cumpleaños ilegales y otros, apenas cincuenta creo, apuñalados a rutinas y monotonías rozan pinturas a razón de romper cordones de seguridad. Justo el Picasso de la esquina, a posta. El azar es ilógico cuando, en realidad, todo está premeditado.

Intervalos de tiempo los que camuflan encajes y bordados ya sin tela en pinturas derretidas a nuestros pies. Las pinceladas monitorizadas a flashes se diluyen en mi cintura a la vez que tus manos crean colores nuevos, nuevos picassos en lienzos de pieles cómplices. Sonríe la leve cortesía. Acuarelas de perfumes compartidos por abrazos sin voz, o silenciosos susurros. Dibujos de parpadeos que ascienden por minifaldas imaginarias y bocetos en labios permeables por pinceles empapados de colores cálidos.