jueves, 26 de enero de 2012

Señales de humo psicodélicas




Cerrar los ojos muy fuerte encarcelando unas pupilas envidiosas entre pestañas decoloradas. Aspirar profundo dejando el aire a un lado de la mortalidad y llenar unos pulmones, cansados de respirar, de nicotina barata. No es más verdad la que se grita más fuerte…

El aire es un simple enemigo del humo al derretir la ceniza ante la luna. ¿Qué hay más hermoso que eso? La luna, acostada sobre tu manta.

Expuesta a la luz de la noche  vaciando de vida esperanzas ajenas, costumbres foráneas, en un balcón solitario. Los baldosines estaban rotos, rompió a llorar. Las sillas, desiguales figuras de plástico blanco sucio por el tiempo pasado. La mesita de verano con su imponente clasicismo en forma de mantel, el tendedero como decorado, imperceptibles motas de polvo…

No era primavera, no quería serlo. La nocturnidad aterrorizada paraba el frío en el balcón. Susurraba a las nubes, que no estaban. Escondida con timidez en un pijama oscuro y un pelo suelto con el que la brisa jugaba. En una mano los recuerdos de un mechero sin llama, la otra intentaba no desvanecerse en sus labios por el calor, fugitivo el humo. Creo que mordía el silencio.

Por supuesto, las luces de las ventanas vecinas distraían la oscuridad, pero no las podía ver. Las únicas luces que veía eran estrellas, fugaces hipócritas de venganza, fingidos los deseos. Mas el cielo ya era eterno, aunque efímero su recuerdo.