jueves, 5 de enero de 2012

Mi roscón republicano


Y siempre se exprimen las horas, se busca un minuto de silencio en el que los bebes duermen sus lloros y sonríen descalzos. Al encontrar ese preciado tiempo lo único que pasa por mi cabeza es escribir. No importa el sitio porque siempre es en tu mente.

El cantautor de turno ahoga los gritos de los hinchas del partido de fútbol del televisor de la cocina, aunque su grave voz en el leve volumen retumba a modo de dolor de cabeza. Ibuprofeno para cenar, reflex de postre de domingo.

Las manos se congelan a la vez que los ojos se cierran. Las lágrimas se asustan.

Y, dicen que vienen los reyes…

El alzhéimer a casi veinte años de constante infancia me recuerda que  el único rey de mi  niñez era un León. Nunca me gustaron los cuentos, aunque metaforizarlos es mi pasión. Todo el mundo irá a ver los tres maltratadores de cabezas a caramelazos.

Recuerdo que una vez fui pastorcilla, de sueños. El traje me apretaba las muñecas con encajes granates. El blanco de mi mandil peleaba por encontrar su sitio entre las manchas de caramelos. Llevaba una faldita al color del encaje cabreado y unas medias negras que terminaban en unos pies cansados.

Recuerdo, también, que mis rizos de seis años se enredaban en una alegre coleta. Mis gafas eran de Tintín. Miope de ilusión, ilusionada de poesía.
Las manos que me llevaban a la carroza estaban ásperas, dolían al rozar las mías. Eran grandes experiencias al tacto. Daban igual las rozaduras, daban igual porque eran suyas.

Las carrozas, los reyes, los caramelos… Nada importa excepto la ilusión de un niño a la inmaterialidad de una estrella. Los ojos de expectación al cruzar sus pupilas con una coronita de cartón.

Los reyes no importan, las monarquías son superficiales.

Y, lo mejor, cuando el tumulto de gente se dispersa y las carrozas se aparcan. Volver a casa con una pequeña bolsita del supermercado llena de caramelos rotos. Dormir. Dormir con los ojos abiertos. Ojos como platos que siempre intentan fastidiar la faena de `los reyes´.

Andar despacito en la oscuridad de la noche para meterte en la cama de alguno de tus hermanos, de tus padres o en la casa del perro. Y esperar a los reyes.

Despertarse al olor del chocolate  y el brillo de los regalos en ese árbol al que ya casi no le quedan bolas. Abrir, destrozar y sonreír. Pero no importa el regalo. Importa el envoltorio de mamá, el día de juego con papá, las peleas entre hermanos. Y el chocolate.