lunes, 28 de noviembre de 2011

Mis cumbres borrascosas

Hoy solo quiero escuchar el sonido de tu voz. Bueno, no. Quiero escuchar tu silencio. Como cuando no dices nada las cosas se arreglan. La luna y el sol se paralizan. La luna porque es tímida. Y el sol… El sol se intimida.

Hoy solo el agua del mar se llevará las lágrimas inmateriales. Las amistades que jugaron a intentar algo más hace años se vuelven pequeñas. Los amaneceres, los anocheceres…

Aquellas, poquitas, horas, que casi me cantabas. Casi porque solo lo intentabas. En realidad, me reía de ti, nos reíamos juntos. La política se hacía pequeña. El mundo no existía.  La facultad era un patio de colegio, su tobogán tu espalda. La economía crecía a  raudales, montones de sonrisas. Los libros eran solo manuales de desuso. El cambio climático era nuestra culpa.

No hacía calor, no hacía frío. Vivíamos en un anochecer constante de escalofríos. Luego, hablaban las noticias: asesinatos de memorias, suicidios de reconquistas. Decían, las cumbres borrascosas.

También, recuerdo en tu memoria, que en diciembre no nevaba, los copos de nieve se evaporaban al mirarnos. Los partidos de fútbol eran simples juegos de canicas. El árbitro, entonces, era un “ser” respetado. Obama era chino, ojos rasgados, piel pálida.


Luego, decían, Wall Street era mi casa. Y la bolsa rota por desesperanza. Los jueces no cabían en las cárceles, de menores, claro. Los cineastas gobernaban. Ni PP – PSOE, ni Madrid  - Barça.

Además, me aseguraban, los periodistas habían vuelto a las andadas. Escribían con pluma, se manchaban los dedos con periódicos impresos que olían a confianza. Las tecnologías habían avanzado tan rápidamente que ocurrió lo mismo pero al contrario. Un agujero negro, comentan, en un solsticio de verano.

Más aún, creo recordar, la SGAE… Bah, seguía igual. Pero Papa Noel era un niño. Los Reyes se multiplicaban y por competencia se peleaban. Ups. Las  luces navideñas eran halógenas por completo.

No había niñas repelentes, novelas a la hora de la siesta. Clan era la cadena oficial de noticias, Intereconomía estaba en la sexta. Mientras Pocoyo gritaba Dora lo enamoraba. La cenicienta ya caminaba sin zapatos; el príncipe, de puro egoísmo, ni hablaba.

Pero bueno, aquí estamos. Coqueteando con el Plan Bolonia para poder sobrevivir. El Gobierno, vale, es el único que sigue como en mi memoria (o la tuya). Nosotros nadando en un TL constante sin manguitos. Las gafas de buceo, el flotador, las aletas…