viernes, 7 de octubre de 2011

Encuentros desafortunados

¿Escribir para qué? ¿Por qué? ¿Para quién? Para mí misma, desahogarme, crear realidades paralelas. Las que me gustaría que existieran o las que en lo más profundo del abismo nacen para recordarme que lo único inmortal en esta vida es tu mirada.

Quizás por miedo, soledad; quizás por ti. Y  llorar, y sentir que las lágrimas no salen de los ojos sino del corazón. Que no puedo parar de escribir y de secarme las lágrimas para volver a  escribir. Que los párpados escuecen por tu ausencia. Que tal vez la respuesta, tal vez no saber cómo preguntar.


Sentir rozar las lágrimas contra el teclado del ordenador, y ese nudo en la garganta… ese nudo en la garganta que duele. No saber explicar con palabras lo que tan fácil sería con un gesto. Un gesto que ni siquiera sé hacer porque…  no sé, simplemente no puedo.

Y aprenderme las letras de memoria de tu nombre, y teclearlas mal, equivocarme, por los nervios o por un subconsciente que intenta secuestrarme de las llamas del infierno.

De nuevo relajarme, respirar y sentir el silencio de la noche y lo que es más duro, el simple silencio. Querer y desear con todas mis fuerzas que el coche de vuelta a casa corra más rápido, tan rápido que no sienta la velocidad. Las sombras de los árboles se pierden por la calle, los reflejos inconexos de un intento de rayos de sol. Las luces, los intermitentes, las bocinas…

Sentir la velocidad cuando un sobresalto da un vuelco al corazón, neumáticos ante baches recién construidos. De repente, tranquilidad. No ser capaz de separar realidades, con la mirada fija al cristal, entre parpadeos de iluminadas ilusiones. Gente que pasea cerca, que corre, que saluda al viento. Parejas al lado de una acera sin más abrigo que el de unos brazos compartidos.




Calles vacías, paseos solitariamente huérfanos. Unos pasos, los míos; pies descalzos mojados que no sienten el agua, el frío, las rozaduras, tus rozaduras.  Un silencio casi total que da miedo. Con el inocente destello del agua de una piscina vacía que me recuerda a tu mar, ingenua memoria.

Llaves por el suelo, escaleras que nunca se acaban de subir en zigzag por las consecuencias de tu presencia. Zapatos rasgados, portazos que no se escuchan, cristales rotos que se hincan en la piel sin apenas notarlo; cristales precisamente de olor otoñal a caramelo, cristales de mi perfume, nuestro perfume.

También llamadas en la puerta que no pienso abrir, oculta en mi eco víctima de la música. Momentos de una desesperación ya tranquila por asumir tu ausencia. Lágrimas que ya no mojan mis manos, ni nada alrededor, porque simplemente no mojan. Saliva que se traga en un intento de aceptación.