sábado, 10 de septiembre de 2011

Always on my mind



A veces es mejor no decir lo que se siente, tus ojos se ocupan de gritarlo al viento por ti. Un Alejandro Sanz de recopilaciones. A veces las agujas no cosen solo telas viejas. A veces con hablar no es suficiente para expresar el país de nunca jamás creado para ti. Un océano es simplemente un charquito, una tormenta una lágrima, un tornado un suspiro. Pero, solo a veces.
Descubrir de repente que el tiempo es solo un tic tac silencioso de recuerdos y esperar con ese tic tac el metro que te lleva a tu destino. Compartir sonrisas ocultas al escuchar anécdotas de la ancianita que está sentada en frente. Gente con experiencia, con ganas de contarle al mundo sus vivencias, sus libros de vida. Acariciando con sus manos, uñas rojas mal pintadas, un pelo blanco espumoso largo hasta la cintura. Un pelo que recorre su rostro y se enreda con una horquilla en forma de lazo. Ropajes viejos, zapatos rotos, olor a café.
Paradas equivocadas, historias que se quedan en el vagón o en los pasillos siempre uptown. Música de verdad, no artificial y con atuendos. Sonido de verdaderos apasionados mostrando al mundo su sueño por un pequeño intercambio con monedillas. New York Times ahogados en maletines. Un John Markoff desconocido que se asoma por la esquinita.
Dicen que cuando llevas 21 días haciendo lo mismo se convierte en rutina, monotonía. Pero hay cosas que si fuesen rutina sería fácil acostumbrarse a ella. Vivimos saludando, dando bienvenidas y diciendo adiós. Todo cuento tiene principio y final, aunque siempre puedes volver a leerlo.
En esos finales todo se acumula, agujeros negros en los que las estanterías ya no pueden sostenerse. Por secciones, ordenados alfabéticamente, por colores o por fecha. Montones de manicuras celestes y disfraces falsos. Rinconcitos de Cómo agua para chocolate.