martes, 30 de agosto de 2011

Microrrelato I: Musas de novela


Poderosa, embrujada, mágica, iluminadora. Labios carnosos, rojos y apetecibles. Dientes de marfil, carcajada perfecta. Así era su sonrisa, la sonrisa de ella.
Vagaba por la ciudad, buscaba las cosas pequeñas. Con sus ojos iluminaba todo Manhattan. Con esos ojos color caramelo, brillantes, sinceros. Con su nariz, intentaba captar cada grano de café, cualquier olor a chocolate caliente; rastros que se mezclaban de una forma exquisita con su perfume de rosas. Rosas que extrañaba. De las de verdad,  rosas de espinas, rosas rojas.
Su caminar, un ir y venir de saltitos indecisos pero seguros, un chapoteo que la desplazaba del suelo. Con paso firme, sus pies acariciaban cada calle. La caperucita de los cuentos hechos novelas, con su vestido rojo agitado por el viento que movían los amarillos taxis que aceleraban a su lado.
Sonreía cada vez más, hasta que las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. Jugaba a un juego silencioso. Elegía su víctima por la calle y la miraba fijamente a los ojos, como a ella siempre le gustaba. Sonreía sin separar la mirada hasta que la persona escogida pasaba por su lado. Poca gente le devolvía la sonrisa, pero esos pocos la hacían muy feliz. Se preguntaba qué costaba una sonrisa, una simple mueca de felicidad.

Así podría comenzar una novela, cualquier libro; bueno, no, cualquiera no. De este modo podría comenzar una historia, un cuento de fantasía, una obra de amor…
Sentada en la Biblioteca Pública de Nueva York, en uno de los fríos bancos de la entrada, de color blanco roto, de tacto sutilmente áspero por el paso del tiempo. Una tarde entera sentada en el mismo banco. Tiempo para despedirse de Irene.
Tal vez los libros atrapaban de una forma sublime, algún tipo de brujería ilegal, de hechicería que hipnotizaba con el sonido hueco de los pasos que producían un elegante eco en las paredes repletas de miles de estanterías con libros. Quizás aquel sitio era mágico. Una tranquilidad dispersa por el aire, una serenidad sin complejos.
Rodeada de tantos libros y sin saber cual elegir. Para simplemente tocarlo, rozar sus páginas y oler ese aroma de papel antiguo. Muchas puertas abiertas y sin saber cual escoger. Como la vida misma.
Por la cabeza correteaban miles de personajillos, Pinocho, una Blancanieves cansada. Le seguían de cerca reflejos de los deseados principejos de los poemas. Alguna que otra madrastra, enanitos charlando con unos históricos muy maleducados. Creo que soldaditos, fantasmas de los del cine de terror, presidentes que no se escapan ni en los cuentos… A pasitos más lentos y relajados, supervivientes de las grandes catástrofes, asesinos y ladrones de sueños. Miles de señores y señoritas, damas y vagabundos que  recordaba en sus cosidos diecinueve.
¿Por qué esos personajes? ¿Por qué el autor habría escogido esos y no otros? Tal vez tú puedas ser  protagonista de un cuento. Un autor tímido disimulando su presencia entre la gente en la calle. Un escritor que escribe su próxima novela entre el tumulto de gante que pasea por Times Square. Que, de repente, ve como un resplandor en la noche a la chica del vestido rojo y la introduce en su obra. La sonrisa desenfrenada obliga al ancianito a apretar la pluma hasta hincarse sus propias uñas en la palma de la mano. A escribir sin parar, a convertir a la chica de la sonrisa en la protagonista.
La chica dobla la esquina, las miradas se apagan. Nada ha ocurrido para los paseantes. Ningún suceso ni acontecimiento. Solo los pequeños detalles han cambiado. El anciano ha encontrado a su musa e inspiración entre la ignorante mirada de los transeúntes. Y, lo más importante, el autor ha sonreído a la chica de la sonrisa.