jueves, 18 de agosto de 2011

21 días en Manhattan


“Que estarás haciendo ahora” susurra una vieja canción dedicada que se escucha de fondo. No sé, no sé lo que estoy haciendo ahora. Quizás sería muy simple, escribir. Pero no lo es. Tal vez hablándote al oído sin que te des cuenta. O gritando en silencio que quiero llevarte en la maleta.
Eso, la maleta. Estoy haciendo la maleta. Sí, esa que no puede pesar más de 20 kilos. Esa  que mamá tiene miedo a que pierdas y te hace notitas con tus datos personales para que se las cuelgues, o quizás un gran lazo rosa. Esa maleta por la que el seguro te da 150 euros si la  pierdes. 150 tristes euros por el pequeño mundo material que hay en su interior. Pero al fin y al cabo es un pequeño mundo material. Más paga la gente por uno inmaterial más chiquitito.
Entonces, creo que estoy haciendo la maleta. Por suerte no llevo los típicos objetos sin función objetiva. Los tacones a lo Lady Gaga, el diccionario de inglés al final nunca usado, el tradicional peluche. No me gustan los peluches, la razón, como siempre digo, es que las cosas no se quieren por lo que son sino por lo que representan. Costumbres de dormir siempre en el lado izquierdo…

Bueno, ¿por dónde íbamos? La maleta. Una grande y roja que me acompañará 21 días. Como ese programa de  televisión; 21 días en Manhattan. Cruzaré el Atlántico en busca de Woody. No el Woody de las películas, si no el Woody que toca en un bar. También Tiffany, visitaré Tiffany. Pero por el ingenuo deseo de ver el reflejo de una sociedad material en forma de ceros, la lluvia al otro lado del cristal. Los anillos de oro blanco con diamantes y no sé cuantas piedras preciosas al final solo se llevan en el corazón.
Dicen que tengo que ir a Washington. Que ya que estoy cerca vaya a Canadá.  La gente se cree las historias de Sexo en Nueva York, se las toma muy en serio. Yo solo sé que en las segundas partes de los cuentos de niños que nunca se publicaron los protagonistas no siempre tienen el papel principal. A veces es más fácil colocar unas escaleras mecánicas en la casita de la abuela para ayudar al lobo o denunciar al cazador por eso de las especies protegidas.